James Stewart en una de sus películas famosas. (LA PRENSA/ARCHIVO)

Gracia bajo presión

Un forastero aparece súbitamente en un pueblo bamboleado por aires frescos de cambio: la diligencia y el pony express se difuminan al tiempo que aparecen el tren y el telégrafo, por las calles transitan tranvías tirados por caballos y vehículos de motor de explosión como exponente de un robusto individualismo, a través del teléfono de […]

Un forastero aparece súbitamente en un pueblo bamboleado por aires frescos de cambio: la diligencia y el pony express se difuminan al tiempo que aparecen el tren y el telégrafo, por las calles transitan tranvías tirados por caballos y vehículos de motor de explosión como exponente de un robusto individualismo, a través del teléfono de magneto se pueden tramitar operaciones comerciales y el agua corriente es moneda corriente: estamos en el año I del siglo XX.

El hombre esconde un cáncer terminal al pulmón, y desde el momento que un médico tan sabio como compasivo (James Stewart) emite el diagnóstico, dispone los arreglos para morir y ser sepultado con dignidad, empezando por comprar el diario para esfumarse enterado sobre lo que está acaeciendo en un mundo que ya lo sobrepasa.

Pero su reputación lo precede, lo sigue y lo persigue: es un proscrito de fábula. La pradera, la frontera ha claudicado. Toma conciencia del fin de su universo: ha dejado de ser un pionero para convertirse en un mero sobreviviente. El último de los bisontes. Con el estoicismo de un Séneca agreste, el old gunman (John Wayne) se empecina en abandonar “su” mundo con decantada finura, al tiempo que imparte lecciones de tiro y filosofía directa a una viuda de belleza otoñal (Lauren Bacall) y su hijo (Ron Howard, quien con el tiempo se transformaría en un director célebre y sobrevalorado).

Asumiendo el rol de padre substituto y severo mentor implementa su propia paideia para el muchacho. Todo va encaminado para cincelar un criterio, adquisición de autocontrol, capacidad de bastarse a sí mismo, un código de moral y comportamiento imbricado con la formación de un carácter: “Nunca he matado a un hombre que no lo mereciera”, “Tener un revólver no te hará más hombre”, “Siempre hay que dejar una cámara vacía”, “No permito que me contradigan, me insulten o falten el respeto: no lo hago con nadie, nadie lo hará conmigo”, “Mi iglesia son las llanuras y las montañas”, “Ahí no hay puertas: no son necesarias”, “Me gusta esa señora (Victoria de Inglaterra): supo defender sus principios y morir con estilo”, al mismo tiempo que deja limpio “Carson City” en Nevada y más allá del ancho río donde el aire es suave y puro, higienizado de fulleros y gandules.

El Ocaso de un Pistolero (The Shootist, 76) fue el último trabajo de John Wayne quien, como el protagonista, había sostenido una lucha personal por 16 años contra un carcinoma pulmonar: decorosa lápida para una carrera gloriosa. La cinta fue dirigida por el recatado Don Siegel. Su estilo era notable porque no se nota. Como Flaubert.

La Prensa Literaria

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí