Escultura de Rossi López. (LA PRENSA/U. MOLINA)

Síndrome

Oscilando en el péndulo subliminal de la abstención se encontraba hasta que el cenit de la tentación estival, estalló estruendosamente en el consuetudinario. Era miércoles santo y una calurosa tarde que parecía traer en sus cálidas ventiscas, nieve, sangre, dolor y muerte porque ese día todos los medios transmitían con vehemencia las mórbidas noticias de […]

Oscilando en el péndulo subliminal de la abstención se encontraba hasta que el cenit de la tentación estival, estalló estruendosamente en el consuetudinario.

Era miércoles santo y una calurosa tarde que parecía traer en sus cálidas ventiscas, nieve, sangre, dolor y muerte porque ese día todos los medios transmitían con vehemencia las mórbidas noticias de los ahogados, macheteados, ahorcados y baleados. Parecía como que toda la capital se había convertido de repente en una enorme y trágica pieza teatral. Y el periódico, radio, TV y el Internet eran el crisol que carcomía y cocinaba el alma misma de algunos pobladores.

Tirado en la delirante ciénaga del desierto de la adicción, caminó por el amorfo camino del vicio y la lujuria. Blasfemó buscando piedad en el viento y postrado en la gigantesca sombra de la guadaña que él mismo buscó, justificó su desgracia e impotencia, fabricando mentiras, mitos, supersticiones o echándole la culpa a Satanás y a la revolución. Todas sus lamentaciones, gritos y sollozos fueron a parar al basurero del olvido o el silencio, porque al parecer a nadie le siguió importando su mal o su muerte. “Disco rayado”, “lo mismo de siempre”, “aburre, cómo no se muere de una vez por todas”, “promesas de mierda”, “cuento viejo”, etcétera.

Reptó por cunetas, mercados, zanjas, parques y lupanares. Buscó reyertas y se enfrascó en pálidas discusiones, paranoia y lagunas mentales. Miró demonios, dragones, diablos azules, elefantes rosados, gnomos de papel, cucarachas sobre hielo. Laberintos de oropel en los plenilunios de sol, psicosis, esquizofrenia y total perturbación. Y en las noches tristes de invierno bajo los aguaceros en sus alucinaciones y delirium tremens platicó con Poe y varias veces con Dios.

Cuando la circular recua de botellas llegó a su límite. Hecho un garabato indeleble, bosta, indigencia, energúmeno o quijote trapero que montado en la rocinante noria del Sancho suicidio, en una lontananza del ocaso, aquel día, pudo ver la panoplia de su destino y sentir en sus entrañas un hálito de nueva esperanza que lo ayudó a salir de su equivocada situación.

Recomenzó otra vez circulando con la firme convicción de no volver atrás. Llegó al bermejo y certero crepúsculo de la aromática greda de la conciencia, con-ciencia, conocimiento, sapiencia. En donde la realidad es más real que la misma existencia, porque abarca lo inefable, atraviesa lo intangible y sobrepasa lo trascendental. Por ser simplemente prodigio.

“Había encontrado la verdad o las circunferencias espirituales que oscilan y que no se encuentran en un lugar determinado, y cuyo centro pende en cualquier parte del universo”, me explicó, mientras se mecía en la ahora paralelepípeda senda de la sobriedad, lucidez e higiene mental.

Meciéndose en la hamaca del tiempo, que se encuentra colgada en el añoso árbol de mango que está en el patio de la casa, mirando caer luces en los cargados puertos, bahías y cuencas del estrellado y límpido espacio me terminó recordando con profundas lágrimas centrípetas lo que Ortega y Gasset había escrito al respecto:

“Nada de lo que el hombre ha sido eso será lo ha sido, lo es ni lo será de una vez para siempre, sino que llegado a serlo un buen día y otro buen día dejará de ser”.

Aquella tranquila noche de navidad miré por primera vez, los círculos de Ezequiel en esplendorosa libertad.

La Prensa Literaria

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