La muerte, morir, morirse y el panteón

Noviembre es mes de los difuntos. El santoral católico lo coloca el día 2, fecha inmediata posterior a la celebración de todos los santos. La feligresía católica y no católica recuerda a sus difuntos, ofreciendo plegarias por el eterno descanso de éstos y visitando sus sepulturas para limpiarlas y enflorarlas, como dicen en el norte […]

Noviembre es mes de los difuntos. El santoral católico lo coloca el día 2, fecha inmediata posterior a la celebración de todos los santos. La feligresía católica y no católica recuerda a sus difuntos, ofreciendo plegarias por el eterno descanso de éstos y visitando sus sepulturas para limpiarlas y enflorarlas, como dicen en el norte de Nicaragua.

A pesar de que la muerte infunde respeto y, digamos también, temor en las personas de todas las edades, de todas las clases sociales, de todo el arco iris político, de todos los credos religiosos y de toda la policromía dérmica, Rubén Darío, con versos profundos y admirables, intentó apartarnos esa imagen trágica cuando dice: “¡La Muerte! Yo la he visto. No es demacrada y mustia /ni ase corva guadaña, ni tiene faz de angustia. / Es semejante a Diana, casta y virgen como ella; / en su rostro hay la gracia de la núbil doncella / y lleva una guirnalda de rosas siderales. / En su siniestra tiene verdes palmas triunfales, / y en su diestra una copa con agua del olvido. / A sus pies, como un perro, yace un amor dormido”. (Coloquio de los Centauros).

Y para la muerte y la acción de morir, la lexicografía nicaragüense recoge voces y locuciones propias que revelan el gran sentido del humor de un pueblo que sabe borrar del rostro más serio el enojo o la pena. Así, el nicaragüense se refiere a la muerte con los apodos siguientes: ‘La Calaca’, ‘La Pelona’, ‘La Quirina’ de origen maribio o nagarando, ‘La Huesuda’.

Asimismo, nuestra lexicografía ha descrito la acción de morir o morirse con abundantes locuciones. Helas aquí: ‘patear el balde’, ’pelar el ajo’, ‘pelar el diente’, ‘irse al hoyo’, ‘pelar el ojo’, ‘clavar el pico’, ‘colgar los tenis’, ‘irse de viaje’, ‘colgar las botas’, ‘estirar la pata’, ‘colgar los caites’, ‘dejar el cacaste’, ‘irse al barrio de las cruces’, ‘irse al cielo’, ‘irse al otro mundo’; amén de estas locuciones verbales, también usamos las formas pronominales: ‘petatearse’, ’piliarse’, ‘estirarse’, ‘palmarse’. No incluyo las diferentes formas de quitar la vida a alguien.

El lugar común a donde van los cuerpos de nuestros deudos es ‘camposanto’, ‘cementerio’, ‘necrópolis’, y ‘panteón’ que, con este significado, es un americanismo, aunque su etimología es griega y tiene una hermosa significación. Efectivamente, este americanismo viene del adjetivo ‘pas, passa, pan’, que en griego significa todo y del sustantivo ‘theos’, que significa Dios, Así, panteón significa ‘lugar de todos los dioses’, que es más significativo que ‘lugar donde duermen los muertos’.

He aquí tres ejemplos de panteón en nuestra literatura:

1. “Parecía ángel de luto, podría ser el serafín de algún poeta triste; porque lucía descuidada y errante con alas caídas en la calle que conducía al panteón”. Gloria Elena Espinoza, La Casa de los Mondragón. p. 317.

2. “Un viento suave recorría el parque de pelota y las blancas lápidas del panteón se recortaban al fondo tras la barda del center field”. Chuno Blandón, La Noche de los Anillos. p. 108.

3. “Al correr jacón del caballo, cruzó el barrio de abajo, pasando por el panteón y atravesando el puente de las Renderos”. Chuno Blandón, La Noche de los Anillos. p. 280.

En nuestra ciudad capital usamos más el vocablo cementerio; en nuestros pueblos el uso de panteón, que tiene arraigo clásico, es mayoritario. Sin embargo, en nuestros pueblos y en la capital los nombres de la muerte, los verbos y locuciones de morir o morirse son de uso frecuente, coloquial y humorístico.

La Prensa Literaria

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