- El rol que han jugado los actores en el cine estadounidense, las limitaciones a las que se han enfrentado, reduciéndolos a papeles que justifian su condición étnica
Este mes se celebra en Estados Unidos la Herencia Hispana. La compañía Kelloggs adorna este mes su caja de hojuelas de maíz con una foto del actor Anthony Quinn, quien obtuvo el Premio de la Herencia Hispana en el 2000 (poco antes de su muerte).
Quinn y José Ferrer (puertorriqueño, ganador del Oscar por Cyrano de Bergerac) son los actores hispanos de más éxito en el cine estadounidense. El término hispano se refiere técnicamente a los hispanoamericanos que residen en Estados Unidos o son ciudadanos de ese país, aunque su uso se extiende a brasileños y españoles.
La presencia de los hispanos en el cine estadounidense ha sido desigual. Lo que limita al actor hispano en el cine estadounidense es el acento, reduciendo los papeles que se le ofrecen a aquellos que justifiquen su condición étnica. Debido a esto, el rol que desempeñaron los latinoamericanos en el cine mudo fue más destacado que en cualquier época posterior.
En la década de 1920, una buena presencia física bastaba para que el actor extranjero interpretara una variedad de roles protagónicos más allá de su nacionalidad. Los ejemplos más importantes de este fenómeno son los mexicanos Ramón Novarro y Dolores del Río (ambos primos y oriundos de Durango). Novarro tuvo su momento cumbre como protagonista de la versión silente de Ben-Hur (1926). Novarro y del Río (cuya carrera comenzó en Hollywood) lograron sobrevivir al sonoro como protagonistas al menos durante una década. El primero tuvo que conformarse posteriormente con papeles secundarios y la segunda regresó a su país en la década de 1940 para estelarizar, junto a Pedro Armendáriz, algunas de las mejores películas del Indio Fernández: Flor silvestre, María Candelaria, Bugambilia.
En la época del cine mudo, actuó en Hollywood en papeles de villano sofisticado, el nicaragüense Joaquín Elizondo, quien usaba el nombre de Joaquín Reves. En la colección de ejemplares del diario La Prensa, correspondiente a 1926, hay un extenso reportaje sobre este actor.
La irrupción del sonoro en 1929 redujo a los actores extranjeros a estereotipos étnicos. Las hispanoamericanas como Lupe Vélez fueron latinas fogosas y sensuales, mientras los varones se desenvolvían como Latin lovers, temperamentales e imprevisibles (Ricardo Montalbán, Fernando Lamas). Los que tenían acento alemán se ganaban la vida interpretando oficiales nazis; los orientales (chinos, japoneses) vestían uniforme de soldados nipones, mientras los europeos enamoraban a las turistas norteamericanas como amantes continentales (Louis Jordan, Rossano Brazzi).
Los actores estadounidenses que marcharon a Europa cuando entró en crisis el sistema de los grandes estudios (inmensos talleres de películas con personal bajo contrato) no fueron ajenos al encasillamiento. Encontraban trabajo en dos tipos de películas: los filmes mitológicos (Alan Ladd hizo Orazi e Curiazo; Rory Calhoun, El coloso de Rodas) y los westerns (Clint Eastwood, Lee VanCleef, Lex Barker, etc.). Nadie le iba a asignar a un gringo emigrado los papeles de Jean Gabin, Mastroianni o Belmondo.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la política del presidente Roosevelt de buena vecindad hacia Latinoamérica (y el cierre de los mercados europeos por la guerra), produjo un auge de la presencia iberoamericana en Hollywood, sobre todo en películas musicales. Allí brilló con luz propia la brasileña Carmen Miranda. En la década de 1940, el yucateco Arturo de Córdova tuvo varios roles protagónicos en Hollywood, memorable en El pirata y la dama (junto a Joan Fontaine) y Nueva Orleáns (con Louis Armstrong y Billie Holiday). Armendáriz (quien igual que de Córdova hablaba inglés a la perfección) fue Francisco I de Francia en Diane de Poitiers, con Lana Turner.
La nicaragüense de ascendencia italiana, Lilian Molieri, intervino en muchas películas de la época (fue la esposa del rey Carlos II de Inglaterra en Por siempre ámbar), pero su tez blanca y cabellos rubios impidieron que se abriera paso en el cine angloparlante en papeles de latina, destino irremediable de las mujeres nacidas al Sur del Río Bravo. En los 70, Bárbara Carrera, de la Costa Caribe nicaragüense, logró cierta fama en el cine estadounidense, sobre todo como la villana sensual de Never Say Never Again, con Sean Connery.
Después del auge de los años cuarenta, los mexicanos se atrincheraron en los westerns, haciendo papeles de rancheros o indígenas, algunos, como Katy Jurado y Gilbert Roland (cuya carrera en Hollywood abarcó varias décadas), con cierto éxito. Alfonso Bedoya y el diminuto Pedro González González, ambos con marcados rasgos aztecas, se mantuvieron muy activos. González se especializó en papeles de peón parlanchín. Bedoya tiene su nicho asegurado en la historia del cine como el bandido que mata a Humphrey Bogart en El tesoro de la Sierra Madre.
Curiosamente, en la época clásica de Hollywood, los buenos papeles de indios eran asignados a actores anglosajones de ojos azules (Burt Lancaster en Apache, Robert Taylor en La puerta del diablo, Jeffrey Hunter en La pluma blanca) o a mexicanos con gran apostura física (Ricardo Montalbán fue imponente cacique en Más allá del ancho río, con Clark Gable y María Elena Marquez). La tendencia iniciada en la década de 1970 de asignar estos papeles a auténticos aborígenes norteamericanos (Chief Dan George, Grahame Greene) perdió fuerza después del fracaso de Gerónimo, con Wes Studi. En un alarde de corrección política, hubo quien se quejara de que Studi es cherokee, mientras que Gerónimo era guerrero apache.
A partir de la década de 1990, las mujeres hispanas han tenido en el cine estadounidense una presencia más sólida que los hombres, algo difícil en una cinematografía menos orientada hacia la universalidad que en el pasado.
Con su interpretación de Selena (1997), Jennifer López, nacida en el Bronx, Nueva York, alcanzó categoría de superestrella. La mexicana Salma Hayek, por su rol en Frida (2202), se convirtió en la segunda mujer iberoamericana nominada para un Oscar como Mejor Actriz (la primera fue la brasileña Fernanda Montenegro por Estación Central; la boricua Rita Moreno había ganado un Oscar como mejor actriz secundaria en 1960, por Amor sin barreras).
Entre los actores hispanos nacidos en Estados Unidos destacaron dos de ascendencia cubana: César Romero, nacido en Nueva York (su madre, María Mantilla de Romero, era hija de José Martí), y Mel Ferrer (nacido en Nueva Jersey); Rita Hayworth, hija de españoles, nació en Brooklyn, Nueva York; Raquel Welch, de padre boliviano, nació en Chicago. El actor hispánico al ser trasplantado a Estados Unidos se convierte automáticamente en un exótico, como le pasó al español Antonio Banderas. Su compatriota, Penélope Cruz, no ha logrado colmar las expectativas de su traslado a tierras americanas.
Anthony Quinn no tuvo problemas de acento, pues, nacido en Chihuahua, México, en 1915 (de madre mexicana y padre irlandés), fue criado en Los Ángeles, Estados Unidos. El haber contraído matrimonio con la hija adoptiva del poderoso productor-director Cecil B. De Mille no empujó su carrera. Su limitación no fue el acento sino su piel tostada y su rostro tosco y sombrío, que lo encasilló, durante muchos años, en papeles de villano de todas las nacionalidades imaginables.
El éxito de Quinn como actor se originó en Europa, en los años cincuenta, gracias a películas como La Strada de Fellini y Sed de vivir (producción estadounidense rodada en el Viejo Continente), que le valió el Oscar como el pintor francés Paul Gauguin. Su participación en superproducciones internacionales tipo Los cañones de Navarone y Lawrence de Arabia, cimentó su popularidad. Pero la proyección internacional como estrella de primera magnitud le llegó con Zorba el griego (1963) de Michael Cacoyannis. Este filme hizo ver al mundo el descomunal talento interpretativo y la enorme presencia física y estelar del veterano actor. Entre sus papeles más recordados, posteriores a Zorba, sobresale el Pontífice ruso de Las sandalias del pescador.
Lo más cerca que estuvo de trabajar en una película mexicana fue Viento Negro (de Servando González), pero las negociaciones no se concretaron y el rol pasó a David Reynoso. Quinn intervino en coproducciones internacionales filmadas en México, como Viva Zapata de Elia Kazan y Los hijos de Sánchez, según novela de Oscar Lewis. Tampoco hizo realidad su sueño de llevar al cine la vida de Picasso, Tolstoi o el rey de Haití, Henri Christophe (actores de color como Ossie Davis se opusieron a que un actor blanco interpretara a un personaje histórico negro).
Admirador de los pueblos árabes, otra de sus grandes decepciones fue el poco éxito que tuvo su película sobre el líder libio, Omar Mukhtar, El león del desierto (1979) de Moustapha Akkad. En Mahoma, Mensajero de Dios (1976) hizo de tío del Profeta, debido a que en el islamismo, éste no puede ser representado en pintura, escultura ni por actores.
Auténtico ciudadano del mundo y hombre de vida sexual muy activa, sorprendió a muchos cuando se reveló como todo un macho latino al afirmar que su matrimonio con Katherine De Mille habría durado hasta la muerte de ésta si, en la noche de boda, ella hubiera sido virgen.
Quinn estaba consciente de que la fama de los grandes actores suele desvanecerse con los años (¿cuánta gente sabe hoy quién es John Barrymore?), mientras que la de los escritores y artistas tiende a consolidarse. Luchó decididamente por alcanzar el reconocimiento universal como pintor y escultor. Pero en la vida es difícil cambiar de sombrero con éxito y, muy a su pesar, seguirá siendo recordado como ese griego maestro de vida, que representa mejor que nadie la energía vital del ser humano.