- Prólogo del libro testimonial Galería 4, Celda Número Cinco: Memorias de la Cárcel Modelo, de Pablo Sanabria
Es realmente una valiosa contribución a nuestra memoria nacional y a nuestra historiografía, que alguien con la pluma y la ecuanimidad de Pablo Sanabria haya podido escribir sus experiencias.
La memoria es uno de los dones más preciosos e indispensables de la existencia humana. Sin ella no sería posible la educación que se considera uno de los pilares más importantes de la personalidad ni la supervivencia de los seres vivos.
En cierta forma la educación es memoria. La persona educada, el sabio, es quien posee un tesoro acumulado de conocimientos, reflexiones y habilidades; aquel cuyo actuar presente es acertado porque se nutre de las experiencias y lecciones del pasado. Quien desperdicia las lecciones de la experiencia se parece al estudiante inmaduro que en el último día de clases quema todos sus libros y apuntes. Quien por el contrario aprende de ellas es como el capitán prudente que guarda los mapas que indican los pasajes seguros en los mares y advierten sobre los escollos.
Prescindir de la memoria es como prescindir de la vista. Nadie puede ver, en el sentido racional de captar y entender las cosas del presente, si no relacionamos estas con las cosas del pasado. Al ver un cuchillo yo sé que hiere, porque antes vi que podía cortar, o porque aprendí que objetos semejantes cortan. Entonces entiendo o veo al cuchillo con mayor plenitud que antes.
Por eso son tan importantes las memorias de Pablo Sanabria sobre sus vivencias en la Cárcel Modelo de Nicaragua. Prisionero junto con su padre, a causa de un error, el autor fue protagonista de las primeras experiencias carcelarias en las improvisadas instalaciones de la Zona Franca y luego de la vida que los presos en su mayoría ex guardias somocistas vivieron en la Cárcel Modelo de Tipitapa.
Narradas con mucho frescor y con la veracidad natural de quien ha vivido las cosas y no oído sobre ellas, su historia, sus tribulaciones, son un testimonio indispensable que todos los nicaragüenses deberíamos de conocer. En primer lugar porque son verdad. Su testimonio coincide con el procedente de muchos otros testigos oculares y con hechos plenamente documentados, como la masacre de 13 prisioneros ocurrida a finales de 1979. Por varios años tuve la oportunidad de tener como empleado a un ex prisionero de la Modelo, Efraín Pichardo. Con él conversé muchas horas sobre sus experiencias, las cuales son asombrosamente coincidentes con las que narra Pablo Sanabria.
Al leer el relato se intuye con facilidad la objetividad de su testimonio. Aunque abundan los detalles, la prosa es sobria y relativamente libre de las adjetivaciones y distorsiones emocionales que suelen caracterizar los relatos fantasiosos. Recuerdo en una ocasión cómo Pablo Antonio Cuadra, refiriéndose al testimonio de Bernardo de Cuapa, me decía que en la forma de contar su historia y en las descripciones que hacía de las apariciones de la Virgen, uno podía percibir que este no estaba inventando sino comunicando algo que había visto: imágenes visuales captadas por los sentidos y no por la imaginación. Lo mismo experimenta el lector al leer el relato de Pablo Sanabria.
Estas son pues unas memorias fundamentalmente fidedignas que tienen el sabor de objetividad aún en los detalles. Como tal, son un testimonio de un momento importante de nuestra historia y que permite visualizar, con mayor eficacia que las estadísticas y la prosa histórica o sociológica, parte del drama que vivieron muchos nicaragüenses durante la revolución sandinista. También permite revivir aspectos de la mentalidad revolucionaria de la época. En este sentido son magistrales las escenas que nos presentan la visita al penal de personajes como Edén Pastora y la visita del político, el joven que lleno de buena fe y ardor revolucionario busca rehabilitar a los prisioneros a través de la reinterpretación de sus vidas y de su lenguaje.
La prosa utilizada por Pablo Sanabria para comunicar sus experiencias es ágil, directa y de calidad. Mantiene, sin proponérselo, la atención del lector y va desgranando con naturalidad y sin afectaciones la crueldad y la ternura, los dolores y las esperanzas, las tragedias y los triunfos que vivieron los prisioneros. Aunque el dolor por los recuerdos es compañero inevitable en este tipo de relatos, su narrativa no destila resentimiento ni amargura. Cuenta, retrata, la crueldad humana pero también la bondad ocasional de algunos de los captores. Sanabria no estereotipa ni a las víctimas ni a los verdugos. Su mundo no adolece de la visión maniquea de los buenos y los malos sino que es un retrato de la humanidad, en toda su complejidad; en toda su abyección y en toda su modesta grandeza.
Conocer lo que ocurría detrás de las rejas del régimen carcelario establecido por la revolución nos ayudará a conocer mucho mejor el verdadero rostro de esta. No para demonizar a los revolucionarios, aunque sí para lograr una comprensión más realista que nos aleje de los mitos y de la ingenuidad de quienes creían estar construyendo el cielo en la tierra y que todavía miran con ojos nostálgicos y románticos aquellos esfuerzos por crear al hombre nuevo.
Conocer la vida de la Modelo también contribuirá a contrarrestar la hipocresía. Ante los abusos de prisioneros, como los protagonizados por la soldadesca norteamericana en Irak, es fácil rasgarse las vestiduras. El problema es que muchos de quienes lo hacen olvidan lo que sus propios soldados hacían a pocos metros de sus viviendas en contra de los prisioneros conceptuados como enemigos. La deshumanización es una plaga que afecta a toda la humanidad. Paradójicamente, puede afectar más fácilmente a quienes más convencidos están de la nobleza de su causa. Por eso es tan importante acordarnos de la advertencia evangélica sobre la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio. Por eso son tan importantes memorias como las de Pablo Sanabria. Ellas no revelan solamente cómo pueden ser algunos regímenes políticos sino cómo puede ser la humanidad.