Conversación

Ese día se dispusieron a hablar. —¿Sí? —dijo ella. —Nada —respondió él. —¿Entonces? —preguntó ella aburrida. Creyeron conocerse con el pasar del tiempo. Tuvieron tres hijos. Eran la familia envidiable. La felicidad se dibujaba en sus rostros. Al cabo de unos años el hombre cayó en la rutina del trabajo diario, hasta altas horas de […]

Ese día se dispusieron a hablar.

—¿Sí? —dijo ella.

—Nada —respondió él.

—¿Entonces? —preguntó ella aburrida.

Creyeron conocerse con el pasar del tiempo. Tuvieron tres hijos. Eran la familia envidiable. La felicidad se dibujaba en sus rostros. Al cabo de unos años el hombre cayó en la rutina del trabajo diario, hasta altas horas de la noche. La mujer limpiaba la casa y preparaba la comida. Los hijos, a ser niños, jugaban.

Un día el esposo se acercó a su mujer, pero fue poco lo que pudo hablar:

—¿Sí?

—Nada.

—¿Entonces?

Esto le trajo recuerdos de cómo el tiempo había consumido los espacios, los sueños, la belleza, las palabras.

Fijó la mirada en el cabello cano de su esposa. La abrazó fuerte en silencio. Casi sin darse cuenta los años siguieron pasando.

Abuelos

En la antesala hicieron el amor. Los abuelos de la muchacha no reparaban en nada. Peleaban por pequeñeces, como suelen hacerlo los viejos. Después los jóvenes enamorados tomaban el control de la situación y veían una película. Lo de ella era el drama. Lo de él el suspenso. El romance que se prodigaban los llevaba a ceder. A diferencia de los abuelos que todo el tiempo discutían.

Una noche, cuando retozaban en el suelo, los jóvenes fueron interrumpidos por risas maliciosas. Eran los ancianos que murmuraban entre sí, dejando escuchar apenas:

—Dejémoslos, nosotros hicimos peores cosas.

Entonces comenzaron su pleito.

Estrago

Se habían mirado a los ojos durante largo rato. Una práctica que compartían desde hacía años. Transcurrieron minutos, sin parpadear. De verdad se amaban. A ratos contenían la respiración. Sus ojos hablaban por mil palabras. Así siguieron su romance silencioso. Tenían la certeza de que nada, ni nadie se interpondría entre ellos. De pronto todo terminó. El encanto se desvaneció tras un velo negro. Era apenas uno pequeño entre los muchos estragos que trajeron consigo los apagones de la Nicaragua de 2006.

La Prensa Literaria

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