Fresco, saludable y jovial como una lechuga

Mañana intensa de verano. Es un día de sol de Semana Santa, yo leo y descanso en mi casa en Estelí. Cuando soplan las alas ligeras de una brisa, los follajes que me rodean insinúan unos murmullos apenas audibles. Voces sin dueño, sin patria, sin edad, sin idioma, descifrando pasados irresueltos y futuros contingentes. Todo […]

Mañana intensa de verano. Es un día de sol de Semana Santa, yo leo y descanso en mi casa en Estelí. Cuando soplan las alas ligeras de una brisa, los follajes que me rodean insinúan unos murmullos apenas audibles.

Voces sin dueño, sin patria, sin edad, sin idioma, descifrando pasados irresueltos y futuros contingentes. Todo lo llena una calma de vacaciones, impregna el ambiente un paciente silencio de Semana Mayor. Todo lo baña un sol vibrante, energético, motivador, vital, creador de vida nueva. La luz se desparrama, se despilfarra, se retuerce furiosa sobre el pasto de los jardines, arremete como una marejada veraniega contra las vetustas paredes que vibran recónditas con una sorda música sin solfa que los hombres ya olvidamos. La luz quema en lo alto el aire tostado como un manojo de zacate seco, la luz palpita de sed sobre los tejados y se desvanece ciega de gozo en el borde de las ventanas. El cielo altísimo, desnudo de nubes, chisporrotea, cruje, gime asustado de tanto sol. Mientras en los parches cobijados por la sombra se demora una pausa de silencio largamente esperada por nuestros afanes.

Las hojas de las plantas de nuestro jardín saludan con su verde luz que repta, que chisporrotea, que chorrea desde variados ángulos y matices, describiendo a brochazos sueltos los demorados procesos evolutivos del color. Las flores de la trinitaria que revientan parecen, cuando la luz las hiere sesgada y honda, luces electrónicas de discoteca, destellos de una erupción vegetal, las flores que estallan, se desbordan y se derraman sobre las bardas de ladrillo, cubriendo como un sudario púrpura y carmín la quieta soledad de los flancos de las calles escurridas de transeúntes.

A lo lejos, dobla despacio un apesadumbrado repique de campana que reparte avisos de duelo universal, la lenta expectativa que introduce esa campana, los anchos baches que deja en la concatenación de su secuencia, rompen la monotonía de la hora y de la fecha. Mientras disfruto respirando el aire sabroso de mi asueto, liberado de todo el protocolo forense, de la tiranía de sus menudas gestiones cotidianas, gozando de una pausa, vestido de pantalones cortos, de chancletas, contemplando mis macetas, cuidando mis sembríos de flores, o rascándome la barriga de ocio, del placer de no hacer nada por algunos días. Me siento fresco, saludable y jovial como una lechuga en medio del sopor de la tarde.

La Prensa Literaria

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