Cabe aquí de seguro exageración, y aún despropósito (
)
por lo menos trato de escribir, que apenas puedo
(José Coronel Urtecho)
1
El testimonio en cuanto género literario (aunque nunca lo fue cabal ni jamás demostrara total lucidez, sino adyacente por anexión apresurada, coyuntural, fue luego declarado autónomo por relajamiento circunstancial de los conceptos y las categorías, fruto de un matrimonio morganático de nuestra literatura de abolengo criollo). Este testimonio nos hereda ciertas actitudes redactoras, ciertas expectativas lectoras, ciertas predisposiciones compartidas. En breve: un código, susceptible de ulterior decodificación, y/o de resemantización. Expectativas creadas en la médula inconsciente del lector nicaragüense, que son aprovechadas con agudeza irónica por EYS, por ejemplo, en La Pajarita Guido.
2
La bibliografía anexa al Galeón de Jamaica evoca y convoca. Es decir invita, extiende una invitación, reclama educadamente la atención de ciertos círculos de lectores ilustrados de la ciudad capital y algunas poblaciones vecinas. Lectores privilegiados que por ironía xolotlana van a representar el papel de sordomudos ilustres, sentados, eso sí, en las primeras filas de asistencia a nuestro concierto de Galeón.
3
Lo curioso, lo digno de festejar, son los puntos de afinidad electiva detectados entre el Galeón de Jamaica y La Hora de Greenwich, de Vino de Carne y Hierro. Aún a sabiendas de que pocas personalidades habrían tan deliberadamente antípodas como LChA y EYS (de no mediar de glosador y árbitro entre las divisas adversarias otro escriba esteliano, capaz de hilvanar ambas obras y ambos temperamentos en un solo hilo argumental).
Veamos: El uso de la intrincada trama del mestizaje como sustrato de motivaciones narrativas pareciera no ser lo único que acerca a EYS y LChA. Ambos son, por origen natal, excéntricos al sistema parroquial de historiografía nicaragüense, en sus versiones granadinas. Ambos atentan (en diferentes contextos, desde diferentes posiciones) contra los rudimentarios esquemas narrativos de nuestra tradición ingenua. Ambos trabajan para establecer nuevos códigos, lo que implica asimilar a fondo algunas experiencias literarias exógenas, y asumir por entero el metabolismo actual de nuestras letras como un problema personal. Además implica experimentar, ejercitarse y dominar nuevos recursos, nuevas modalidades estilísticas, implica exigir y exigirse cambios drásticos en la definición de los elencos y las temáticas.
Ambos escritores coinciden con el destierro definitivo de ciertos tópicos, de ciertas temáticas manidas, coinciden en una renuncia radical a ciertos encuadres de perspectiva estáticos, inertes, renunciando de paso, por principio, a anchas camadas léxicas comunes y corrientes, junto con todo un repertorio centroamericano de recursos estilísticos desfasados, obsoletos, fósiles. Laboran ambos para instaurar un nuevo canon de expresión literaria artística, creando, estableciendo al mismo tiempo una zona de evolución lingüística, reciamente autónoma, fuente de originalidad de expresión, y radical significativo de nuestra identidad colectiva. Zona libérrima, claramente distanciada por densidad y por ámbito de significado, por dinamismo evolutivo, por amplitud de percepción consciente, de los engranajes perceptivos, significativos y evolutivos más lentos, menos lúcidos, del habla regional.
4
El idioma de los nicaraguenses
Porque los nicaragüenses letrados, cuando nos expresamos verbalmente, estamos pisando sobre un consistente suelo idiomático, es decir, sobre el sustancioso respaldo de un idioma nicaragüense, exuberante en léxico y en recursos estilísticos, pródigo en fuentes nutritivas, abundante en matices y giros inusuales, enriquecido con un cuantioso caudal de tropos y de figuras deslumbrantes, dotado con una tradición de experimentación y de aventura, de refinamiento y de esmero en el valor de los sonidos, de rigurosa, de exigente precisión en la exactitud de los términos, sellado al fin con un estigma definido de libertad de imaginación y de gozo creativo.
Territorio libre de analfabetismo real o funcional
Este idioma nicaragüense se cosifica concreto en las producciones de nuestra literatura. Tal es el verdadero corpus lingüístico de nuestra identidad cultural. Un consistente, un rico, un dinámico sustrato de materiales verbales vivos, que le ofrecen sustento sólido, alimentos orgánicos y amplio, fértil ámbito significativo a nuestras expresiones actuales.
5
El yo pecador
Resulta horrible, nos asusta nuestra propia precisión que pareciera extraña. Nuestro píloro posiblemente sepa de exactitudes más que cualquier reloj artificial, sencillamente humano. Llegamos a recelar de esos cerrojos escondidos que tironean, desde los trasfondos de las madrugadas, los hilos mínimos de nuestra voluntad sonámbula.
Lo peor resulta cuando derivamos por pura inercia hacia el tópico de las autoinculpaciones, que infiltra y penetra, que anega a veces, la guardia defensiva de nuestros narradores niquiranos, mangues o chorotegas más lúcidos, más conscientes (con diferentes modos, es decir, según diferentes modalidades temperamentales, para comenzar; y de acuerdo a espectros sociales e ideológicos disímiles, para seguir cortando tela). Variantes de: Manolo Cuadra, Ernesto Mejía Sánchez, Lizandro Chávez Alfaro, Edwin Yllescas Salinas. Las autoinculpaciones de Mario Cajina Vega, vos fijate bien, son más sutiles, son menos frontales que las de los cuatro anteriores. Sin embargo, existen. Deberemos rastrearlas en fino. Luego podremos sumar el torrencial cauce autoinculpatorio que arrastra tantos motivos en la obra de Carlos Martínez Rivas (aunque se trate entonces de otras facetas de nuestra narrativa, tradicionalmente no consideradas en cuanto tales).
La inclusión de Mejía Sánchez en este cuadro, en cambio, alude a la existencia particular de un volumen póstumo de narraciones, donde la vena o la veta autoinculpatoria es piedra sillar y eje de motivaciones temáticas. Textos lúdicos, jocosos con frecuencia, que acaso ofrezcan pistas sustanciales para penetrar en la compacta discreción hermética de algunos otros textos más serios, líricos, especulativos, como La Carne Contigua, o La Impureza, por ejemplo.
Mientras que otros tipos zonzos (aunque exitosos mercachifles) quedan de veletas, loándose, alabándose huecamente a sí mismos (as) y a sus adiposos allegados. Al mismo tiempo que denuestan, denigran y enlodan a unas cuantas familias ajenas. ¿No resulta vergonzoso?
El deber que hereda nuestra propia casa editorial es seguir la primera corriente, seguir repicando los tambores con nuestros redobles autoinculpatorios, con nuestros selváticos golpes de pecho, seguir sonando las estridentes trompetas de la infamia nacional, durante todos los septiembres, durante todos los noviembres, durante todos los diciembres, durante todos los finales de cuaresma, ahora sí, per secula seculorum.