La danza: ritmo del cuerpo

La danza es tan vieja como la humanidad. Expresión del solaz corporal. Pocas imágenes derraman la espontaneidad que tiene ella desde el despegue que toma alturas insospechadas hasta el extremo de irradiar la sensación de que los pies alcanzan la techumbre de los escenarios. Profano o sagrado el espectáculo, recibe la incitación del vital complemento […]

La danza es tan vieja como la humanidad. Expresión del solaz corporal. Pocas imágenes derraman la espontaneidad que tiene ella desde el despegue que toma alturas insospechadas hasta el extremo de irradiar la sensación de que los pies alcanzan la techumbre de los escenarios.

Profano o sagrado el espectáculo, recibe la incitación del vital complemento sonoro: la música. Sin ella, sin la ventura oportuna de su ritmo, el gesto, la mímica, la sincronización acompasada, sufriría la depresión inexplicable e ilógica de festejar su alzamiento en silencio, cuando uno de los factores que ansía es el sonido. Los ídolos del baile, no podrían vivir sin el auxilio del compás.

No hay civilización, cualquiera que sea su dimensión cultural que haya escapado de la influencia de la danza. Genios la han diseñado hasta con puñales a bordo.

Al sólo introducirse, esta expresión crea el ritmo o le obedece. De esa lealtad parte su identificación con la música. Convéngase pues: danza es música y música es danza.

Salvador Cardenal Argüello solía decirme que toda ella es bailable y popular, que en su paisaje están pintados los extremos del blanco y del negro, es buena o es mala. Bach, el maestro, es bailable. Su creación después de tantos años ha sido ininterrumpida seguida por la alegría dinámica de sus brandenburgueses demostrada en las fiestas barrocas donde también vibró el contrapunto visual

La danza evoluciona en el tiempo. No depende de ningún tipo de precisión, incluidos los límites del lenguaje corporal. Además del movimiento, otro ángel la acompaña: la gracia, expresada en innumerables formas a través de las épocas y de las escuelas. La música y acudo a Sergio Lifar, es la interpretación pero su instrumento es el cuerpo humano.

España acaba de poner en el Teatro Nacional Rubén Darío perlas flamencas, solitarias, dinámicas y volantes. Desde que lo gozamos se enseñoreó en nosotros —criterio subjetivo— la sensación de que cada uno de los actos expuestos guardó distancia con lo utilitario. Respiraba el alma pura.

Llevaba impresos los sellos de la espontaneidad como si estuviésemos en un salón privado. La acción surgía de repente. Desde la introducción levantose la temperatura repentina del entusiasmo.

Me refiero en concreto a María Carrasco y sus tiempos flamencos. Ella y sus acompañantes me han sugerido el tema de la danza porque eso fue toda su variada estructura con el gris de la melancolía y los colores vivos de la euforia plena cuando esta se desprende de la soledad y de la maravilla de la colectividad avivada por las palmas de las manos y la sobria pero bien aprovechada incursión orquestal de guitarra, percusión y palmas. Las palmas dando cuenta de la instrumentación humana.

En el escueto rato de la exposición estuvo palpitante la historiografía a través de cuyo espejo pueden verse fácilmente las facetas anímicas de la danza. Sólo dos en a capela fueron suficiente motivo para valorar los alcances del universo de la movilidad pero esta vez en el sosiego profundo de lo que nadie es capaz de descubrir con certeza. Así como hubo melancolía, así como hubo dos contra el mundo en ese a capela, hubo proporción en el afán de innovar en la visión de conjunto. Sevillanas de la vida, Abandonadas, Poema al yunke, al piano, a la guitarra y a la vida, A palo seco. Toda una demostración plural de la danza en este caso española. Se confirmó una vez más que ella es una glosa coqueta del espacio y la música, la voz eterna de Dios.

La Prensa Literaria

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