Malinche. Óleo sobre tela, 2006. Rosa Carlota Tünnermann. (LA PRENSA/U. MOLINA)

Pintura: naturaleza de mujer

Cinco pintoras se unen para cautivarnos con una pintura fresca; su naturaleza las lleva a admirar el paisaje en una muestra del 18 de octubre al 1 de noviembre en Códice, Galería de Arte Contemporáneo No cabe duda que la sensibilidad estética nicaragüense se ha expresado y se expresa actualmente con especial intensidad en el […]

  • Cinco pintoras se unen para cautivarnos con una pintura fresca; su naturaleza las lleva a admirar el paisaje en una muestra del 18 de octubre al 1 de noviembre en Códice, Galería de Arte Contemporáneo

No cabe duda que la sensibilidad estética nicaragüense se ha expresado y se expresa actualmente con especial intensidad en el cultivo de las artes plásticas. Cultivo, dedicación, entrega, estudio y oficio hecho con amor y delicadeza, observación y sentido de autocrítica. Galería Códice presenta ahora a un grupo de cinco pintoras nicaragüenses. Cuatro de reconocida trayectoria (Lourdes Centeno, Rosa Carlota Tünnermann, Giovanna Serrano y Cecilia Rojas) y una de reciente aparición: Sarah Lynn Pistorius.

Lourdes Centeno: más espiritual

Ya conocemos el arte traslúcido, transparencia de transparencias, de Lourdes Centeno. Su búsqueda inefable de lo espiritual, que se refleja tan claramente en su depurada poesía. Su atmósfera húmeda, acuosa, como inundada por aguas amnióticas o de fondos marinos, sus figuras alegóricas y místicas incrustadas en superficies calcáreas o en vuelo al cielo. Lourdes se ha sentido muy bien con este su último período que ahora prosigue intensificando su visión en el misterio de la naturaleza y sus floraciones.

Tünnermann: estudiosa de la naturaleza

Rosa Carlota Tünnermann, impresionante acuarelista, discípula de Frutos Paniagua, es una estudiosa atenta de la Naturaleza, tanto a través del paisaje como de los árboles, las flores y las aguas. Su dominio de la técnica (acuarela, óleo sobre tela) es algo que ya ha sido profusamente señalado por la crítica nacional. Esta vez nos ofrece paisajes nocturnos inquietantes y enigmáticos, extensiones desoladas con árboles negros, marchitos, iluminadas por una enorme luna blanca. Paisajes como atravesados por la sombra de un Delvaux o un Magritte.

La efusividad cromática de Rosa Carlota no esta reñida con la fineza de la línea y el anhelo de perfección formal. Su visión de la naturaleza no es convencional ni mimética: es la visión de un templo, una sagrada selva en donde surge, como diría Darío, la armonía, en este caso, la armonía de sus colores múltiples, tal como se ve en ese cuadro en donde la floresta hunde sus raíces en las aguas logrando un contraste rítmico entre el celeste y azul del cielo y las aguas con la profusión de verdes y amarillos que recuerdan un paisaje japonés o espesuras de algún rococó soterrado. Inspirada en el paisaje nacional, logra una perspectiva nítida y bien recortada de un árbol como el malinche en la hora crepuscular.

Giovanna Serrano: contemplativa de la naturaleza

Algunos intérpretes han hablado de primitivismo y surrealismo al referirse a la pintura de Giovanna Serrano. Me parece que sus cuadros, no todos, están en cierta forma impregnados de esas dos corrientes, pero no de forma categórica. Considero que es una artista que anda en busca de una propuesta original que al final terminará separándose de las dos corrientes aludidas. Al respecto, quiero citar aquí las agudas frases del apreciable poeta, crítico literario y crítico de arte, Anastasio Lovo: “Más que naif, la pintura de Giovanna Serrano la postulo como mágica por la libertad creadora con que ella instaura la autonomía de su obra… Una poética del encanto íntimo contiene esta pintura… Algo elemental como el pan que con su luz doral ilumina al ser con la luz de la vida”.

Su supuesto “primitivismo” es desbordado por una fuerza vital genesíaca que sólo podríamos calificar de cósmica, biológica o biomórfica. Un universo natural en transmutación. Una vida que está floreciendo constantemente inundándonos de una suave quietud y una extraña paz interior. Sus iglesias, sus cúpulas, cruces, estrellas, soles y lunas, sus figuras poco definidas no se corresponden con la composición esquemática del primitivismo nicaragüense. La alegría que nos transmite la contemplación de esas flores, corolas, pétalos, que se desdibujan a lo lejos en forma de globos, es eminentemente cósmica, que no es la de la religiosidad popular tradicional. Lluvia de estrellas y flores, y las plantas verdes o de otros colores ascendiendo lentamente.

Rojas usa el icono de las máscaras

Cecilia Rojas ha logrado de manera brillante y contundente, en el panorama de la plástica nicaragüense, la captación de la máscara como icono expresivo y comunicante. Máscara que bulle por dentro de humanidad, sentimiento, tensión, recelo y, por supuesto, dualidad. Dualidad que es la del rostro humano con su misterio indescifrable y su sino fatal. El Yo y el Otro, el Otro y el Yo. Como sabemos, sus primeros estudios de máscaras están profundamente impregnados del pasado prehispánico y de la influencia, como lo señala Dolores Torres, de “la luminosidad cromática de su maestro Julio Vallejo”. De ahí los títulos de esos primeros cuadros: Raíces Mayas, Etnias.

Posteriormente Cecilia Rojas ha seguido profundizando, con su acostumbrado equilibrio y precisión, unas máscaras-rostros más actuales, más vivos, menos apegados a la dureza casi geométrica de las máscaras y rictus de una raza enterrada. Los iconos que nos presenta hoy reflejan un carácter y un estilo más meditativo y a la vez más rítmico. Rostros fusionados, contrapuestos o yuxtapuestos, en actitud o pose más sumisa, ojos entrevelados con detalles sorprendentes (un rostro sin un ojo) que nos instala en una atmósfera surreal y en las dimensiones de una pregunta o enigma que flota en la estructura compositiva como un sueño o una fantasía innominada.

Pistorius: hiperrealista e irónica

Muy distinta a las anteriores, Sarah Lynn Pistorius trabaja una temática estrictamente social con inequívocos elementos cáusticos e irónicos. Diría que se aproxima al hiperrealismo internacional, si no fuera porque expone sus figuras y objetos con una crudeza tremendista, rayana en un expresionismo al desnudo. Su obsesión es la marginalidad (afectiva, social y sexual). Marginalidad de rostros mestizos y tercermundistas perdidos en el laberinto de la nauseabunda sociedad neocapitalista de consumo. Aquí no podemos hablar siquiera de humor grotesco. Tan terrible es el mundo que muestra. Prostitutas desvistiéndose junto a paredes, llamando o desviando la mirada, trapecistas sosteniéndose de alambres de púas. Una visión escarnecedora de la sociedad del desecho, del detritus: un niño envuelto en una bolsa de plástico como metáfora de la impotencia y del abandono. Un niño en posición fetal dentro de un plato forrado de tela. Rostros nobles e inocentes perdidos en un mundo de objetos mecánicos y muñecos y muñecas de mirada maligna. Las mujeres en total marginalidad contrapuestas a ideales trajes de novias o esposas.

La Prensa Literaria

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