Las sinfonías

Muchas veces decimos “voy a escuchar una sinfonía”. ¿Pero qué es una sinfonía? ¿Cuál es su origen? La sinfonía nació amamantada por la obertura, desarrollada a mediados del Siglo XVIII. Se benefició de gozar los sonidos puramente instrumentales de la orquesta que luego se llenó de galas en los conciertos públicos y por la simpatía […]

Muchas veces decimos “voy a escuchar una sinfonía”. ¿Pero qué es una sinfonía? ¿Cuál es su origen? La sinfonía nació amamantada por la obertura, desarrollada a mediados del Siglo XVIII. Se benefició de gozar los sonidos puramente instrumentales de la orquesta que luego se llenó de galas en los conciertos públicos y por la simpatía hacia la forma simple y discreta de la homofonía.

De ese interés colectivo por la sonoridad instrumental de la orquesta, nació el oleaje de musicólogos especializados, empecinados en el estudio de la sinfonía con más fuerza en la segunda mitad del siglo apuntado a la reformulación de la música de cámara tocada con mayor frecuencia en los aposentos de las monarquías. De ahí su nombre “de cámara”.

Uno de los pioneros —para usar un término bien conocido de esta innovación— es Joseph Haydn, el inolvidable Papa Haydn de la familia sinfónica. Nadie le ha roto el impresionante “record” de haber compuesto más de 100 sinfonías rotuladas cada una con ingeniosos nombres propios. Este productivo compositor tuvo como soporte instrumental para crear, al piano forte. El clavecín dominante en la época barroca debía oficialmente suprimirse en 1777 para darle paso a la nueva cautivación.

La cuna de la sinfonía apenas cobijada por los pañales bien pudo situarse entre 1750 y 1775. A partir de esos años enriquecida por nuevos cuerpos sonoros se fortaleció con un milagroso reagrupamiento de millares de sinfonías, sólo en el Siglo XVIII y con abundante clasificación de autores y soportes para que se tenga idea de cómo ese género tuvo su auge apenas nació, mantenido tanto en el advenimiento como en la honda adultez.

De cuatro centros principales partió su evolución: Italia, Viena, Mannheim y París. Sammartini, el padre Martín y Boccherini en Italia y luego los sinfonistas austriacos diversificando y sembrando para la perduración las raíces latinas, de tres a cuatro movimientos iniciados con el “allegro”, movimiento dinámico, eufórico, identificado por el anuncio de una lenta introducción, sin faltar el estilo “divertimento” (diversión) muy clásico e identificado en los júbilos juveniles de Mozart. Quedaba atrás la vanidosa y muy individual tendencia de los solistas.

Para ir al desarrollo pleno de la sinfonía no deben ser pocas las consultas que deberían hacerse si es que es pretendido llegar a un conocimiento más vasto, no arrinconado por las formas disolutas de la generalidad. Recomendación oportuna para conseguir la felicidad de esa búsqueda, sería leer los textos de Eugen Wolf.

Fue también muy gustada la sinfonía en la Francia misma, abrigada en las mansiones de los mecenas surgiendo la forma “sonata” que es la sinfonía plena liberada de la intimidad y reservas de la música de cámara. Música pública y no exclusiva donde caben los tres más reiteradamente mencionados en el género: Haydn, Mozart y Beethoven. El más vivo y descubierto es el primero, objeto de la investigación “haydiana”.

Aunque el término “sinfonía” es griego, la concepción se ha diversificado totalmente hasta el extremo de alcanzar en cualquier rincón del planeta. La gracia universal está en que los instrumentos suenen juntos sobre la forma variada de cuatro movimientos. El Siglo XX los ha hecho aún más ricos en la exposición y separación del lujo temático.

La Prensa Literaria

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