LA PRENSA/AFP

Laberintrífugo

Sopor en movimiento. Humedad adherida al vidrio de una ventana con rostro como alma, estampa que entraña la ciudad con adiós humano, despidiéndonos de nosotros mismos. Y damos vueltas en espiral, tal vez huyendo del fluor, concentrando tiempos. ¡Ay, ciudad, laberinto! No hay luz igual para todos, mas la oscuridad guarda una existencia que no […]

Sopor en movimiento. Humedad adherida al vidrio de una ventana con rostro como alma, estampa que entraña la ciudad con adiós humano, despidiéndonos de nosotros mismos. Y damos vueltas en espiral, tal vez huyendo del fluor, concentrando tiempos. ¡Ay, ciudad, laberinto! No hay luz igual para todos, mas la oscuridad guarda una existencia que no alumbra el neón. Iluminación que no es ascensión, tras dobleces el crimen creciente, corrosivas actitudes de jueces y actores impunes. El sopor; la humedad. Un niño cristal se agota, y vuelve con su sonrisa. El presente es marginal; el pasado está gravado en el andar y se revela a lo urbano salvaje, a lo humano insensible, a lo rural olvidado. El ruido postmoderno se abalanza con fauces de cocodrilo y nuestros oídos sucumben, olvidando la melodía.

El alma que es totalidad va de tránsito, entre automotores apiñados en los by pass alocados, vendedores callejeros marcando el índice de desarrollo, índigos pululantes con rostros trágicos, reporteros a la caza de la parte humana desgarrada, las mentes cautivas de consumo colisionan atribuladas, todo es adicción y compulsión, la ley misma, retorciéndose en monumento de caudillo tricéfalo, monstruos de nuestro tiempo y estadistas de desastres. Lo marginal en turbulencias embarazadas de cambio, aliada a la gravedad y al magnetismo.

En esta ciudad hay ojos de agua, grandes cántaros como portales. Su centro, como en el universo, está en todas partes. Hay un registro celular despechado, de lo que fuimos y seremos, tirando hacia destinos multiplicados, sin llegar a orillas cercanas, aún, por dormidos y postrados, desbocados en la velocidad atroz, devorándonos, inconscientes del linaje oculto, invisible, allá en el tiempo, que también es luz, quizá marginal o céntrico, como escaso puede ser el rico y abundante el pobre, como insignificantes los gobernantes y revelador el ínfimo ciudadano con hambre, a la intemperie, iletrado y enfermo. En esta ciudad, a pesar de las aguas, hay sequía, sin esperanza de lluvia, a no ser diluvio. Y como pasaje de Divina Comedia, un club de ánimas saqueando la gloria e indignando laureles, en el lugar que es centro-margen, periferia en desarrollo y metrópolis con poliomielitis; ahí, donde los lagos y volcanes.

(Del poemario inédito Urbanidad Marginal)

La Prensa Literaria

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