Maitinada entre los santos venidos de los tiempos,
tus santos, exegeta.
Los que asistían en telas vaporosas
al Pentecostés íntimo de los durmientes de antaño.
El azul se desliza por la ventana de la casona
cuando el gato ojos de cerillo se echa a tus regazos.
Y la noche con la vieja cara lavada
te sorprendía con el rosario:
luz emergiendo de las sábanas blancas.
Para entonces las semillas de tu pluma
vivificaron la Granada y sus tradiciones.
Algunos barbados despeinados excluyentes
de tu creación, ahora asisten a tu presencia.
No por tu esencial instinto sino por el verdadero
roce de tu alma, trazas indefinidamente
caminos como los del Levita perplejo ante sí.
Porque las miradas no rajaron tu memoria
y en el reposo de los sueños, pasionario abierto,
alternan con el capricho del destino.
Después te divisé con tu maletín negro lustroso
bajo el candente sol de Managua;
mordisqueabas el mango,
y tu sombra enrojecía, envuelta en el calor.
De esta manera he venido agrupando
los recuerdos por donde los ángeles
subían a tertuliar en las mecedoras del corredor
en las que cabían todos los signos voluntariosos
para ensalzar el museo de tu corazón.