Aldo Díaz Lacayo. (LA PRENSA/M. Matute)

La tertulia de Aldo

No puedo fijar con exactitud cuánto tiempo tengo de participar en la tertulia de Aldo Díaz Lacayo. Cada sábado, a partir de las once de la mañana, el dueño y gerente de la librería Rigoberto López Pérez en el Centro Comercial Managua, la convoca desde los primeros años 90. Y es que, sin proponérselo, inventó […]

No puedo fijar con exactitud cuánto tiempo tengo de participar en la tertulia de Aldo Díaz Lacayo. Cada sábado, a partir de las once de la mañana, el dueño y gerente de la librería Rigoberto López Pérez en el Centro Comercial Managua, la convoca desde los primeros años 90. Y es que, sin proponérselo, inventó un centro espontáneo de convivencia donde confluyen generaciones, se analizan temas sociales y políticos, se comentan noticias nacionales y mundiales, se revelan secretos de familias, se dialoga y se ríe a carcajadas. De hecho, su tertulia constituye una gratuita e insuperable sesión de risaterapia y, en vez del “sábado gigante” de “don Francisco”, cada una de ellas es un “sábado tirante”, como las ha bautizado uno de sus más áticos tertulianos, aludiendo a la prenda de vestir que, por razones de salud, Aldo usa para sostener sus pantalones.

Cordial y respetuoso con sus amigos, atento y amable con sus clientes, mandón con Floriluz Martínez Rivas y Julito Pérez Núñez —sus fieles ayudantes— Aldo es y se proclama managüense, optando por el gentilicio culto. “Sos managua” —intento corregirle siempre, en vano. Por eso casi nunca deja de referirse a su prosapia, vinculada a las dos oligarquías de Managua que él ha deslindado: la autóctona, casi totalmente desconocida (su fundador fue el primer alcalde de la villa José Antonio Rovira, tatarabuelo del tres veces presidente de Nicaragua Adolfo Díaz Recinos) y la subsidiaria de Granada que tomó el poder en 1893. Por eso dicta cátedra genealógica hablando de los Díaz Recinos, Díaz Solórzano, Díaz Lacayo, Rivas Avilés, Guerra Lupone, etc. “No es lo mismo el lacayo de Adolfo Díaz que Adolfo Díaz Lacayo” —pone su grano de sal otro de sus contertulios.

En alguna ocasión, al inicio del gobierno Alemán Lacayo (1997-2002), Díaz Lacayo realizó una defensa de la bastardía como impronta familiar afirmando que a un hombre público sólo se le puede descalificar por la huella que deja en la historia; no por su origen bastardo, como lo hizo Arnoldo con el ex presidente Emiliano Chamorro. “La bastardía —disertaba— es parte indisoluble de los pueblos conquistados, connatural al mestizaje forzado entre el conquistador y las conquistadas, a quienes nunca aquellos les reconocen derecho alguno”. Y daba los nombres de los bastardos con mayor incidencia en nuestra historia desde el siglo XIX: Cleto Ordóñez, Fruto Chamorro, Fernando Guzmán, Augusto C. Sandino y Carlos Fonseca, aparte de Emiliano.

El amor a la historia, por tanto, es lo que más me ha unido a Díaz Lacayo y explica mi presencia asidua en su tertulia. Allí aprendo y enseño, comparto y disiento, gozo y denuncio dentro de un clima fraterno. Porque una amistad verdadera trasciende las diferencias políticas e ideológicas. Y esto lo ha demostrado su tertulia que funciona como espacio pluralista de ideas, prácticas y creencias. Y también la Sociedad Bolivariana de Nicaragua y la Academia de Geografía e Historia, de las cuales Aldo es vicepresidente. Por eso ambas asociaciones se han reunido alguna vez, en su librería.

Allí —entre los infaltables amigos de Aldo, “secta” a la cual me honro en pertenecer— he conocido personalidades de la talla del industrial y comerciante Alfonso Llanes, Cardenal consorte; del ingeniero Uriel Cuadra Argüello, auténtico representante del humor granadino; y del médico Miguel Silva, notable oftalmólogo. He tratado al veterano efeselenista Jacinto Suárez, de raíces chontaleñas; al licenciado Sergio Maltez, experto en vinos; al ingeniero Edwin Krüger, hábil político y líder empresarial; al cronista de Managua y dirigente de su gremio Mario Fulvio Espinosa, enaltecedor de personajes populares; y, entre otros, a Mario Tapia, miembro correspondiente de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua y director de la revista Gente de gallos, única en su género a nivel centroamericano.

En la tertulia de Díaz Lacayo despliega su ingenio el compositor y publicista Róger Fischer, agudísimo y festivo (criado, por cierto, en un ingenio de azúcar —Montelimar— como hijo del ingeniero alemán), sabedor de todo y de todos. O se aparece una vieja gloria de las lides periodísticas, tan camaleónico como matusalénico, Ignacio Briones Torres, que siempre tiene algo interesante que contar. Me doy cita con el novelista y grande amigo Róger Mendieta Alfaro, autor de Hubo una Vez un General, quien recuerda sus valiosas experiencias desde la oposición conservadora al somocismo. Y concurre Carlos Cardenal Martínez, oculto tenor aficionado y cultísimo personaje sui géneris, para confesar sus íntimos asombros y delatarse como filósofo de la vida y lector en su idioma de Martín Heidegger cuando estudiaba en Alemania.

Catarsis de problemas cotidianos, confesionario de aficiones neuróticas y debate de planteamientos metafísicos (lástima que Carlos Chamorro Coronel se haya retirado a causa de su mal carácter) es también nuestra tertulia, integrada por adultos mayores (la mayoría hace rato traspasó los 65 años) y de “ancianos menores” (de los 60 a los 70), según la reciente clasificación de un geriatra y psiquiatra alemán. De ahí que la maledicencia la haya identificado con un común “club de palomas muertas”.

Pero la tertulia de Aldo no tiene casi nada de elitista en el sentido de discriminatoria. Basta tener confianza en él para incursionar en ella como lo acostumbra el vendedor de lotería Luisito León o algún desconocido cliente de la librería. Al menos está muy lejos de parecerse a un “Terraza” en miniatura, pues es ajena a la arrogancia del “Poderoso caballero”. Asimismo, comparte escasos elementos con la famosa de los “lunáticos” que presidía el doctor Alejandro Serranos Caldera en su casa de Bolonia, cada lunes por la noche durante muchos años, con la asistencia de diplomáticos acreditados en el país, comenzando por el Embajador de los Estados Unidos.

Por todo ello sería una pena para los contertulios de Aldo que, de ganar Daniel las elecciones, nuestro amigo abandone su librería —y, en consecuencia, desaparezca su tertulia— para ocupar el alto cargo que le corresponde por su larga trayectoria militante en el FSLN. No en vano ha sido, sobre todo en los últimos tres lustros, uno de sus ideólogos racionales y no menos apasionado. Yo sería el primero en extrañar su condición caballerosa, surgida en la Managua de los años cuarenta del siglo pasado, cuando las tertulias eran parte del entorno ciudadano y continuaron brotando durante los cincuenta y sesenta. Definitivamente, fueron otros tiempos que comenzamos a añorar a raíz del terremoto de 1972 que nos dejó una capital sin verdadera ciudad, o sea, sin polis.

Entonces Aldo, reconocido desde jovencito como luchador antisomocista, ya se había formado profesionalmente en México y emprendía vida de estudio y trabajo en El Salvador, manteniendo sus ideales intransigentes. A raíz del 79 se desempeñó con rotundo éxito en el servicio exterior y, desde 1990, se fue aproximando cada vez más al conocimiento y al cultivo de la historia como ciencia auxiliar de sus investigaciones de analista político nacional e internacional. No es necesario enumerar sus obras, que no son pocas, excepto la de largo aliento e inédita Historia de los pactos políticos en Nicaragua y la que obtuvo el Premio Nacional de Historia “Tomás Ayón”, 2001: El Congreso Anfictiónico /Visión bolivariana de la América anteriormente española (Managua, Banco Central de Nicaragua, 2002). Tampoco cabe citar las ediciones que, no sin personal gusto gráfico, ha ejecutado de Gámez, Selser, Toynbee, Stinson y Salvatierra (con ésta, sobre la Guerra Nacional, fui severamente crítico).

Lo que debo destacar más es su creación maestra: la tertulia a la que concurrimos —al margen de filiaciones, credos y grados de riqueza— para pasar un sábado feliz, disfrutando del humor, informándonos del acontecer histórico y creyendo aún en la amistad, “generosa como alta, sombreante /capilla de frescor y descanso”, de acuerdo con un poeta que yo me sé.

La Prensa Literaria

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