Las travesuras de un novelista

I Mario Vargas Llosa vuelve a fabular como siempre lo ha hecho: con una singular maestría y de una manera discursiva en la que ratifica lo bien que conoció Lima de los años cincuenta, París y Londres de los sesenta, Madrid de los ochenta y Tokio de los noventa. Pero a mí esta vez eso […]

I

Mario Vargas Llosa vuelve a fabular como siempre lo ha hecho: con una singular maestría y de una manera discursiva en la que ratifica lo bien que conoció Lima de los años cincuenta, París y Londres de los sesenta, Madrid de los ochenta y Tokio de los noventa. Pero a mí esta vez eso me importa un carajo. Lo que me seduce y atrae es la manera en que cuenta las travesuras de la niña mala. Una novela que se nutre de su propia vida, para relatarnos una historia de cuernos, infidelidades y un amor patológico, algo persistente cada vez que toca los temas sexuales, con un final triste pero a la vez inesperado. Todo cuanto dice de Lima de los cincuenta, de París de los sesenta, de la revolución estudiantil y como centro imantado de escritores y artistas de diversas partes del orbe, de la revolución provocada en Londres por los hippies, de la España posfranquista y el Japón de los feroces yakuzas, dejo a ustedes lo asuman por su cuenta. Vale la pena su visión y versión de esta época. Su mirada sobre la manera como transcurre la vida es envolvente, una manera de enterarnos de los bajos y altibajos ocurridos entonces en estas partes del mundo. Pero yo concentro mi atención en deleitarme siguiendo las peripecias, las vivencias, las caídas y recaídas de Ricardo Somocurcio, el principal personaje de la novela, igual que la niña mala, una obra en la que festeja sus 70 años y lo mantiene en la línea del Nobel, igual que al mexicano Carlos Fuentes. Veremos por cual de los dos se decide al final la Academia Sueca.

Travesuras de una Niña Mala es una historia carente de erotismo, pero saturada de sexo, en la que un hombre se prende de una mujer a sabiendas que le engaña y miente, pero a pesar de todo, en su amor desquiciado, nunca echó pie atrás. Una historia atizada por el fuego incandescente del amor, la ternura y el deseo, los sinsabores y la perfidia. Un amor patológico, como los que le gusta armar en sus novelas, loco y atormentante. Un amor que le sirve de pretexto para mostrarse como uno de los mejores discípulos de Flaubert y en donde el elemento autobiográfico sirve de fuente nutricia a su arte creativo. Retrata bajo diversos tonos y modalidades sus experiencias peruanas, parisinas, españolas y japonesas. Una historia de amor en la que se puede apreciar que para el amante, su vida carecía de sentido fuera de aquella relación forjada a fuego lento en su imaginación, sostenida sobre falsas expectativas, puesto que ella jamás le brindó esperanza alguna. Todo lo contrario. Cerró con aldabas su corazón para que él ni siquiera pudiera escabullirse por ningún resquicio. Pasiva, la niña mala se dejaba poseer. Jamás respondía al llamado de su carne.

II

Con esa enorme propensión por el detalle, el erotómano goza al trazar el arco de sus agudas y picantes descripciones. Desea que nada quede fuera de su mirada obsesiva y su amplio dominio del tema amoroso. Travesuras de una Niña Mala es un capítulo más de Elogio de la Madrastra y Los Cuadernos de don Rigoberto. Ricardo Somocurcio está loco, templado al cien, por una criatura que es su antítesis. Después del breve amor platónico con la chilenita Lucy, en el barrio Miraflores y su deseo irrenunciable de vivir en París, su única y más grande aspiración es poseer a la chilenita. El destino juega a su favor. Se encuentra con Arlette, una guerrillera peruana, quien no es otra que Lucy y aquí la historia entre los dos empieza a desplegar vuelo. Se acuestan por accidente y aunque ella le pide quedarse en París, Ricardo no hace nada para mantenerla a su lado. Viaja a Cuba como becaria del MIR peruano, sólo para regresar después a París convertida en Madame Robert Arnoux, a quien descubre y devela su identidad. Enamorado hasta la temeridad la convierte en el eje de gravitación de su vida. La persigue y acosa hasta que logra seducirla y poseerla nuevamente. Esta es la continuación de una misma historia y de un único personaje que cambiará de nombre para saciar su apetito de aventura y riqueza, luego de haber salido de la cloaca, del tugurio, de la barriada que habitaba en Lima.

III

Los amores extraviados crecen como ríos desbordados. Ricardo no tiene en mente a otra mujer que no sea Madame Arnoux. Pero él no cuenta para nada en la visión de ella. Es un simple accidente. Una estrella fugaz. Ante las cursilerías apasionadas que Ricardo vierte en sus oídos para tratar de seducirla, la respuesta que obtiene es fría, sin ninguna contaminación amorosa. Para quien está poseído por un amor desquiciado eso nada importa, ni enajena su felicidad. Dirá, te tengo, con eso basta. Nadie le igualará en belleza. Irradia la fragancia de las rosas y viste con la elegancia de una princesa. No tiene ojos sino para verla a ella. El resto sobra. No cuenta en nada. Que sea de otro, ¡eso que importa, con las sobras basta! El tiempo marginal que ella le dedica colma su apetito, aunque jamás esconde que quisiera que Madame Arnoux fuese sólo para él. Pero carece del dinero y la fortuna que podría atraerla a su lado. Madame Arnoux, Arlette y Lucy no desean ser la amante de un menesteroso. Un don nadie. Para una sobreviviente de la pobreza no hay lugar para la sensiblería. No puede entregarse en alma, vida y corazón a un simple traductor cuya única aspiración en su vida había sido hasta ahora vivir en París aunque tuviese que pasar una y mil penurias. Son dos personajes que se atraen y se repelen.

Ese universo gris, opacado, lleno de simplezas y falto de aventuras en el que nadaba Ricardo, jamás podría concitar el interés de una mujer que desertó de su hogar porque la escasez le oprimía el alma y le negaba el derecho a tenerlo todo. Su mirada estaba puesta en la cima. Jamás se atrevería mirar hacia abajo. ¡Así son con las cosas Ricardito! Por eso con la mayor naturalidad del mundo, con una seguridad pasmosa, desde los primeros encuentros, le hizo ver que para “conseguir lo que se quiere todo vale”. El fin justifica los medios. El engaño, la mentira, la traición, las dobleces, no son más que la misma manera de enfrentar la vida para obtenerlo todo. En su universo el amor y la pasión no bastan. Estas son simples excusas a las que juegan los jóvenes enamorados. Pero ella está hecha de otra materia. Su visión está puesta en otro lado, niño bueno y, si para conseguir su gema tiene que enfrentar la adversidad, eso poco importa porque ella sabe que al final de cuentas recibirá la recompensa. Oro, incienso y mirra.

IV

Mudar de personalidad, cambiar de nombre, maridos, afectos y nacionalidades son estrategias para alcanzar su único propósito, continuar adelante aun a riesgo de saltar al vacío. Pasar de un país a otro como cambian las estaciones del año. Perú, París, Cuba, Inglaterra y Japón son humildes huéspedes de sus grandes ambiciones. Pero en esta ocasión bajo un nuevo disfraz. Otro nombre. Mrs. Richardson. Dejar de hablar el franchute para comenzar a hablar el inglés con un deje graciosísimo. Chile y Perú quedaron atrás. Su país de origen ahora es México. Los viajes de Ricardo a Londres lo condujeron de nuevo hacia los brazos de Mrs. Richardson. Lucy, Arlette y Madame Arnoux son referencias de una vieja historia. Un lejano recuerdo. Para ella sólo existe el presente. Lo de ella es mudar de identidad cuantas veces lo requiera. Ir hacia delante. Entre mayores sean los beneficios, el cambio se vuelve más propicio. Persistente. Poseído por una patología crónica, una vez reconocida su estampa, Ricardo buscará a tontas y a locas, cualquier excusa para acercarse a ella. Los engaños y la crueldad. Los tropiezos y los desasosiegos provocados por esa niña mala, no mellan su entusiasmo. Es como la libélula, que cada vez que se acerca a la luz se quemará sus alas, no por eso se arredrará y dejará de salir a su encuentro. Estafado, absorbido por una pasión irrefrenable, ciega, enloquecedora, trata de acercársele. Perdón y olvido. Ni siquiera recuerda el precio que tendrá que pagar con tal de poseerla. Su belleza lo desquicia.

Cuerpo frágil, delgado, bien formado, “con su estrecha cintura que parecía caber en sus manos y su pubis de ralos vellos, más blanco que el terso vientre o los muslos donde la piel se oscurecía y matizaba con un viso verdoso pálido. Toda ella despedía una fragancia delicada que se acentuaba en el nido tibio de sus axilas depiladas, detrás de sus orejas y en su sexo pequeñito y húmedo. En sus arcados empeines la piel dejaba traslucir unas venitas azules y a mí me enternecía imaginar la sangre fluyendo despacito por ellas. Como la vez anterior, se dejó acariciar con total pasividad y escuchó callada, fingiendo una exagerada atención o como si no oyera nada y pensara en otra cosa, las palabras intensas, atropelladas, que yo le decía al oído o a la boca mientras pugnaba por separarle los labios.

— Hazme venir, primero —me susurró con un tonito que escondía una orden—. Con tu boca. Después, será más fácil que entres. No te vayas a venir todavía. Me gusta sentirme irrigada.

Hablaba con tanta frialdad que no parecía una muchacha haciendo el amor sino un médico que formula una descripción técnica y ajena al placer”.

V

Atrapado por los demonios del amor, sin importarle nada, decidió acercarse a ella, pese a los rechazos y a su frialdad de ofidio. Esas nimiedades no caben en la cabeza de un amante enajenado. Con la rabia de saberse menos, durante una de esas fiestas rutilantes que ofrecía su cuarto de milla ingles, la tomó a la fuerza y ella fiel a su destino le atajó con una resolución similar a la que adoptó el día en que salió de su casa en el Perú de su desventura: “fucking beast, me vas a meter a un lío”. Ella cuidaba su estampa de la misma manera en que su marido de esta vez cuidaba sus caballos pura sangre. Ella queriendo borrar su pasado y él persistiendo en querer recordárselo. Grata es la recompensa a todo enamorado. Una nueva cita en el Russell Hotel. Nuevas sorpresas. Ojos que ven y un enorme corazón que siente y palpita. La percibió más bella que otras veces. Su rara belleza se multiplicaba. Reina del disimulo, jugaba con los dados cargados. Ella, siempre ella, decidiría cuando y en donde verse para volver a encamarse como a ella le gustaba: “Hazme venir primero con tu boca”. El resto ustedes lo recuerdan.

Se dejaba poseer porque ella estaba segura que él seguía enamorado como lo estuvo en aquel verano de 1950 en Miraflores, ese barrio inmortalizado desde La Ciudad y los Perros y del que Vargas Llosa, ya jamás podrá salir. Como sus grandes maestros, el novelista nunca ha sido un desarraigado aunque se haya nacionalizado español por circunstancias especiales. Como afirma en El Hablador, salió huyendo del Perú y estando en Florencia el malhadado país le salió al paso, como esta vez Ricardo se le atravesó a la inglesita para continuar confesándole su amor irredento pese a los agravios que ella le propiciaba de manera calculada y grosera.

VI

— No te habrás olvidado lo que a mí me gusta niño bueno.

Si se marchó con David Richardson fue por una razón muy obvia: poseía una fortuna superior a la de Monsiuer Arnoux. Ricardo sufría con el corazón sangrante. Disfrutaba plenamente el instante. Sabía que mañana no estaría a su lado. Una mujer con una creatividad, una inventiva y una creación sin límites. Su única frontera era el paraíso recobrado. Pobre Ricardito. Un hombre hecho a su medida. Aguantaba sus desplantes y aunque una vez dijo hasta aquí nomás, esto jamás pudo alcanzarlo. La suya era una ternura arrolladora. La de ella la crueldad en carne viva. Cuando dejó de ser inglesa se convirtió por primera vez en una amante segundona. La referencia a Tokio que hace Vargas Llosa en la novela es apenas rozada por los críticos. Su descripción y la manera de conducirse de los nipones ratifican su grandeza de escritor. Ningún novelista hasta ahora, ni siquiera mi Santo Mayor, Gabriel García Márquez, ha logrado sumergirme en los ambientes creados de manera escrupulosa por ese portento de escritor que es el peruano. Si en La Casa Verde me hizo sentir como un parroquiano más, esta vez me senté a su orilla en Château Meguru, un paraíso de placeres sexuales y si Ricardo se desplazó hasta Tokio a cumplir con su oficio de traductor, tuvo la dicha de saber que ahí se encontraba la niña de sus desventuras. Era la amante de un yakuza y su nombre de batalla Kuriko.

Tenían cuatro años de no verse. Pero los amantes reinciden. Esta vez las cosas han cambiado. Fukuda, un enfermo sexual, había conseguido con ella lo que ningún otro hombre jamás había logrado. Someterla a su capricho, dominarla, pervertirla. El revés de la moneda. El primer hombre que hacía con ella lo que se le antojaba. La aventura hecha verbo y habitada entre nosotros: la hacía sentir viva, útil, activa. La usaba para sus fechorías como los narcotraficantes usan a los muleros para concertar sus negocios. Una ficha en el engranaje mafioso. Volvieron acostarse a la manera de siempre: atrajo su cabeza hacia sus piernas para que pudiera “besarlo, sorberlo, gustar la fragancia que salía del fondo de su vientre”. Engaño de por medio, en esta ocasión, esta vez ella llevó la iniciativa. Lo condujo al apartamento de Fukuda. Le besó. Llenó su boca de saliva. Lo mordisqueaba. Ricardo sentía algo nuevo, distinto. Por primera vez ella metió su verga entre su boca. La chupó hasta embriagarse. Sus deditos acariciaban sus testículos y de pronto Ricardo logro entrever frente a él a Fukuda masturbándose. Como Cayo Mierda en Conversación en la Catedral, era un boyerista que necesitaba de estos lances para poder excitarse. No resistió la humillación. Víctima de los caprichos encontrados de Fukuda y las trapacerías de Kuriko, decidió interrumpir la relación para siempre.

VII

La niña mala como todas las niñas buenas no cesó de acosarlo, de perseguirle. Pero la mujer que volvió a su lado ya no era la misma. Reincidente hasta la temeridad, asumió como suya la piltrafa humana que regresó de Tokio. Una mujer hecha de huesos, con la vagina rota, atravesada por una astilla. Comprometió su fortuna y se endeudó con tal de verla sana. La internó en una clínica psiquiátrica. La restableció y curó. Sin embargo, le dijo que nunca iba a vivir tranquila con ella. Y así fue. Lucy, Arlette, M. Arnoux, Mrs. Richardson, Kuriko, no eran otra que Otilita, la hija de Arquímedes, el experto limeño en armar rompeolas. Hasta entonces Ricardo pudo enlazar todos los hilos de la trama. Como siempre, un día cualquiera se marchó de nuevo. Desapareció de su vida, como tantas otras veces ya lo había hecho. Derrotado, Ricardo mudó de ciudad. Se estableció en Madrid e inclinado al mal, sostuvo una relación momentánea con Marcella, una joven teatrista veinte años menor que él y por lo que un día, como era de esperarse, se fue con un joven a recalar a otras tierras. Esto no le produjo escozor. Su amor estaba en otra parte. Sus verdaderos sentimientos pertenecían a la niña mala. Tres años después, la niña mala reapareció en su vida. Lo buscó bajo cielo y tierra hasta dar con su paradero. Su belleza se había esfumado. Estaba más flaca y demacrada que nunca. Regresó ¡celosa! Recriminante. Mostraba sus agallas. Por eso había ascendido en la escala social.

Lo acusó de infanticida. La historia de cuernos y abandonos tocaba fin. Hizo un acto de contrición. De nada se arrepentía salvo haberle hecho sufrir. “He venido a buscarte porque te quiero. Porque te necesito”. Otilita no era la de antes. Le habían arrancado los pechos y sacado la vagina. Llegaba como en esas novelitas de Corin Tellado, a morir en sus brazos y a nombrarle como su único heredero: una casita en Sete y unas acciones de la electricidad francesa. Tierna, sabiendo que sus días estaban contados, le pidió a Ricardo que “si alguna vez contaba su historia de amor, no la hiciera quedar muy mal, porque entonces vendría como un fantasma a jalarle los pies todas las noches”. ¡Señor, ten piedad de mí!

La Prensa Literaria

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