¿Es en verdad una novela la última obra de Carlos Fuentes, Todas las Familias Felices, (julio 2006)? ¿Son tan precisos los cánones que definen el género que más bien podría hablarse de una suma de relatos? Sin embargo, fueron tantas las experimentaciones y las introducciones de una suma de géneros literarios las que hizo James Joyce en Ulises, que algunos se atrevieron a certificar la muerte de la novela. Cortázar hizo igual con Rayuela. No en balde Mario Vargas Llosa en la introducción a El Quijote, hecha a petición de la Real Academia Española, para conmemorar el IV Centenario de su aparición, incluye al argentino como uno de los cuatro fundadores de la novela moderna. El otro, según él, es el extraordinario Gabriel García Márquez. Debo confesar que un trance parecido a este se me planteó cuando leí La Frontera de Cristal. Pero esta vez no cabe la menor duda, estamos frente a una novela cuya estructura narrativa esta construida por dieciséis relatos proseguidos por diversos coros que refuerzan el discurso y le confieren un contrapunto similar a la manera en que fueron escritos por sus antecesores griegos.
Para tratar de esquivar estas lecturas, el novelista mexicano se cuida de soldar de manera cuidadosa varias de sus narraciones (Lazos Conyugales 1 y Lazos Conyugales 2) así como también de invocar en la página trescientos veinticuatro a dos personajes (el joven astro de la canción ranchera Maximiliano Batalla, que figura en el relato La Madre del Mariachi y la jubilada cancionista Elvira Morales, figura paradigmática en sólo el introito de la obra: Una Familia de Tantas). Después de La Silla del Águila, Fuentes se encarga de continuar agrandando su vasta obra literaria, pues como confesó en una entrevista brindada a La Nación, de Buenos Aires (19 de julio de 2006), un escritor de su estirpe nunca se jubila y siguiendo a nuestro paisano inevitable Rubén Darío, cree que cuando una musa te dé un hijo, las otras ocho queden en cinta.
Todas las Familias Felices es un magistral retrato de la manera en que transcurre la vida de las familias mexicanas, pero se trata de una fotografía dura, en donde lejos de exaltar a las personas que habitan su México lindo y querido, lo hace con acritud. El repertorio es vasto y complejo. Amores infieles, noviazgos náufragos, la soledad del poder en donde la amistad y la familiaridad no están permitidas, parejas de gays que al final rompen su idilio a prueba de infortunios, artistas en decadencia, hijos que creen hacer todo lo contrario de lo que su padre pretendía, pero que en verdad era lo que deseaba, infidelidades en donde el erotismo falta y el sexo sobra, matrimonios deshechos, un padre militar que se ve forzado a escoger el sacrificio de uno de sus hijos por haber traicionado a su hermano en la época de la guerrilla en el Estado de Guerrero, una madre que recrimina a un prisionero por haberle dado muerte a su hija, una mujer bella a quien únicamente le interesaban las cosas del espíritu, la hija del cura convertida en sierva, en una sirvienta. Los deslices de Leo con Lavinia y Cordelia, poniéndoles los cuernos a sus respectivos maridos, sirven como ese hilo conductor que viene a ratificar que la obra se trata de una novela.
Dos hermanos que se odian pero en donde la generosidad del borracho es más noble y acogedora que la del otro hermano que vive en la soledad de su viudez, creyendo tener cogidos todos los hilos, tres hermanas que durante diez años tienen que ir el día de nacimiento de su padre a velarle porque de lo contrario pierden la herencia. En fin, por eso es que Fuentes escogió como epígrafe de la obra dos líneas magistrales de Leon Tolstoi de Anna Karenina: Todas las familias felices se asemejan, cada familia infeliz lo es a su manera. Una novela creada más para develar que para ocultar. Una obra que nos muestra la otra cara de México. Porque hasta ahora no se le ha hecho justicia a Fuentes. Siempre hemos alabado la forma en que Vargas Llosa devela al Perú, Cortázar a la Argentina, García Márquez a Macondo, olvidándonos que nadie ha hecho el mejor retrato de México que Carlos Fuentes. Con el perdón de Rulfo y Octavio Paz. Tal vez en donde mejor delinea el rostro de México es en las páginas de La Silla del Águila. Una novela imprescindible para conocer no sólo como es el Valle de Anahuac, sino que nos enseña el odioso rostro del poder. Una novela clásica. No en balde es el libro de cabecera de Michelle Bachelet, la presidenta de Chile. Una mujer siguiendo a pies juntillas las enseñanzas sobre el arte de la política que vierte otra mujer en la obra de Fuentes, María del Rosario Galván.
Lo que brinda una tonalidad distinta a Todas las Familias Felices, son los coros. Un rumor multiplicado de voces que entonan como único himno el suplicio. Estructurada a la manera clásica, en forma de poemas, son lamentos desgarradores, voces que definen y se autodefinen. Cantos corales que recrean un mundo que adversan porque este se ensaña con ellos. Los asesinatos masivos del célebre Batallón Atlacalt en El Mozote, en diciembre de 1981. Porque la Mara Salvatrucha y la Mara Dieciocho ya invadieron México: agua bautismal de los nahuas desde Sacramento hasta Nicaragua. Una violencia que tuvo padre y generó a estos vástagos:
asesinan para espantar
liberan para contar
tienen la piel seca y la boca espumante
son el ejército del silencio
nunca hablan
se comunican por señas.
Un libro que evoca a Nicaragua. En la narración El Hijo de la Estrella, el actor en decadencia se niega a aceptar que sus días mejores ya fueron y nunca volverán y de la única actriz que se enamora de veras es de Cielo de la Mora, una joven llegada de Nicaragua y con quien tuvo un hijo de brazos cortos, estrechos, una figura deforme que la madre quiso asfixiar pero que el padre, Alejandro Sevilla, se niega a hacerlo y rindiendo honor a los personajes que interpreta le llama Sandokán. (¿Se acuerdan de La Mundial?). Un hijo que en medio de su infortunio volverá feliz su existencia. Pero también cuando hace un recuento de poemas alude a Margarita Está Linda la Mar, una especie de homenaje a Rubén Darío y de soslayo a Sergio Ramírez, puesto que ambos se profesan una profunda amistad. ¿Acaso no fue Carlos Fuentes quien hizo saber a Sergio que había ganado el Concurso de la Novela Alfaguara, con Margarita Está Linda la Mar?
Todas las Familias Felices, renueva la creación narrativa de Carlos Fuentes y para ser fiel a la obra, la concluye con un homenaje a Conrad, en donde el coro cierra o baja el telón con un grito fuerte, inevitable, desgarrador:
la violencia, la violencia
Calle Palo Solo
Juigalpa, Chontales, septiembre 2006.
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