Una mañana de invierno en Madrid. Un amanecer de lluvia pertinaz y con granizos de nieve chocando en la ventana que, cercana ya al mediodía, comienza a decaer. Es un día intenso del primer invierno que vivo en esta capital de Castilla y España, la España carpetovénica de los Austrias y los Borbones, cuya geografía parece endurecerse como la piel de un toro. Es un día como para ser descrito en detalles, en fragmentos, como dispuesto para una página ideal de Azorín, tan ducho para percibir las tonalidades cambiantes de los cielos velazqueños de esta maravillosa ciudad, ansiada tanto por mí que he llegado hasta pensar en subirme a sus azoteas y altillos para brincar al cielo. Pasó la hora del desayuno, de la tortilla de patatas con huevos y chorizo, pasó la hora recatada del chocolate. Pasó la hora de las uniformadas y diligentes muchachas castellanas que atienden en este Colegio Mayor de Guadalupe: Maricruz, Maritrini, Marivictoria, Marijosé y otras Marías que van y vienen por los corredores con sus bien ceñidas blusas grises y celestes. Se va poco a poco el frío y se asienta un sol nublado. Desde la ventana veo a un hombre pequeño, regordete, enfundado en un pesado abrigo pardo verdusco con una corbata desteñida. Sí: es el mismísimo, el poeta, el poeta de la tribu nuestra que sube apresuradamente las escaleras con una botella de vino comprada en La Colorada (García Morato, 49), y golpea, emocionado, la puerta de mi habitación de estudiante. Ahí está él, con su tórax de toro recién soltado del bramadero, con sus brazos abiertos aleteantes (más cerca del huevo que del pez , como diría en uno de sus poemas), sus manos cerrándose y abriéndose y sus ojillos de roedor vivaz e insistente. Alza la botella de vino y sirve en dos vasitos. Luego me muestra el manuscrito de su traducción del poema de Mathew Arnold: Dover Beach (Los Arrecifes de Dover), exaltándolo por encima de todo, por encima de toda la poesía inglesa, más allá de Coleridge, más allá de Keats, más allá del mismo Shakespeare; enalteciendo a ese autor que habla de la persistencia del amor, del amor en medio de la guerra y en medio del horror del enfrentamiento entre dos ejércitos y dos pueblos enemigos. Lee, lee, se detiene. Apura la copa de vino, lee otra vez , elevando el dedo índice endurecido, autoritario y categórico, previendo ya el aplauso, la admiración de su lector e interlocutor que sólo puede estar y mantenerse en silencio, sin hablar, sin inquirir ni preguntar, tragándose en bloque esos trozos de imágenes perdidas en la noche, gritadas casi por el eufórico poeta que quiere ser traductor y no traidor, creador y no rata de viejos manuscritos. Él, en su plenitud, en su hondura de maestro vivo, bordeando ya los 50, en medio (y más allá) del camino de nuestra vida: Carlos Martínez Rivas, el escultor de la palabra, el hombre asomado con una lupa al texto, el insurrecto solitario arrancándose imágenes y pensamientos del pecho para afirmar el equilibrio entre Verdad y Belleza, Belleza y Verdad.
(De su libro inédito: Los Territorios de la Ceniza)