Al poeta Rodolfo Dada y a Carmen
Malaquita pulida verde azul la tarde.
Acuarelista. Y con tus uñas de zafiro
señalando las corazas pálidas tardo rojizo echadas sobre los troncos
/esculturas del río.
Gavilla de acorazonadas hojas en oleajes parsimoniosos donde
/posan críos de tucanes.
En la ribera, la vocinglería de las chachalacas.
Adelante en la bocana el concierto de las chicharras.
La señora comiendo banano nos dice adiós y los niños se bañan
/amarrados al cayuco.
Aúllan los congos, alardean allá en los nutridos más alto de los árboles, marcando su territorio, suspicaces, disputándose a la hembra que se arroja al ramaje como experimentada trapecista.
Lo que me contrae a las trenzas del papaturro y de aquel camino
/del río exultante como un sueño.
En San Carlos el poeta Coronel con su soliloquio embelesante,
/y al igual que el colibrí su mirada nunca dejó de volar.
A la distancia Mancarrón y Mancarroncito como un número,
/ochos anchos en todos sus márgenes.
Se divisan los enormes nidos colgantes de oropéndola y los micos cara
/blanca robando huevos de los nidos.
Y la garza íngrima acurrucada en el aroma de las flores de los cedros.
Trío de pelícanos descienden majestuosos, indiferentes a las lavanderas
/que restriegan la ropa sobre las rocas con sus pechos al aire.
Lluvia de estrellas colándose por el cedazo.
Decantada ofrenda en la oración y virtud del misterio.
Ernesto dijo: muchachos, van a escuchar un canto, no se asusten.
El canto no llegaba. Francisco y yo
comentamos: no será un canto para los que sueñan.
El sonríe, y dice: buenas noches.
Alguna noche escuché el canto.
Alguna vez cadencioso espíritu removió la vida.
Observé con precaución la barracuda,
alguien grito: está vieja y su carne es peligrosa.
Conocí el sábalo y la mojarra y la guabina oscura.
Y a la guabina peculiar que me recordó
a mi vecina de Managua, tan bonita como guabina.
Las aguas serenas reflejan bandadas peregrinas.
Se oyen sus alas aleteando, hundiéndose en las nubes.
Trino fluvial esparcido desafía al follaje sin oídos.
Todos como un paisaje en tránsito,
en busca de los frutos en temporada.
Repican campanas de la ermita,
lirios y jacintos resplandecen.
Era mi primer domingo en Solentiname.
Ansioso por recorrer los sembradíos de ilusiones, como el pájaro de oro
/y la pájara de plata.
Emergiendo de los exuberantes arborescentes, verdes como esos chocoyos
/que vuelan sobre nosotros.
El filo de la lancha escinde a las aguas verduscas.
Cardúmenes sin carnadas tentadoras hacen su fiesta dominguera.
Ríen ángeles y juguetean como niños
en los salpiques espumosos.
El murmurar del loto hijo de luna crecida, de blancas perlas gruesas, suaves,
/solitarias y olorosas.
Y la inmovilidad del lagarto bajo las raíces acuáticas, estremecido por las
/voces perplejas.
Entretanto,
el horizonte resuelve abandonarse a un afecto.