El idioma español amanece caminando solo de arriba para abajo, absolutamente autónomo, un español relajado (ou melhor ainda: descontraído), informal, celoso de su oficio, motivado por sí y ante sí, frenético en la manía de trasvasar presentimientos a expresiones verbales.
Primera noticia
Lo segundo en ningún orden es el ciclo de las lluvias, que finta y regatea, sin desencadenarse total, en descampado. Traduzcamos semejantes titubeos, solamente porque ésta suele ser la época del año en que más nos asimilamos a las urgencias vitales de algunas especies menores de insectos, tal vez. Porque nuestro primer error consiste en suponer que el movimiento, que los desplazamientos masivos de la coreografía general y las minuciosas metamorfosis individuales que empuja Natura cíclicamente, de conjunto, escondan la intención de culminar nuestras asociaciones significativas. Creemos que la Naturaleza, por puro deporte divino, mediante el mismo impulso regular de su evolución, elabora símbolos, advertencias, avisos, y los ubica en lugares estratégicos por donde están trazados a priori los caminos de alguno que, habiendo aprendido a leer in the Natures Book of Secrecy (tampoco importa, de momento, cómo haya aprendido), pudiera repetir junto con Eldifonso Maxilar de Caballo y el doctor Teofrasto Talavera, las instrucciones expresas del profeta:
Di de ti
que puedes comprender
las cosas oscuras
y desatar las intrincadas.
Nuestro jardín culmina con buena fortuna el plazo de sus primeras ordalías veraniegas, recibir ahora la estación de lluvias promete ser un dichoso exceso. Vigilamos junto con los insectos menores la aparición inminente de un brote de orquídeas de diversa tinta, que también pareciera consecuencia natural del verdor sano que hierve y se propaga en el conjunto de follajes reunidos a su alrededor, en las plateas y lunetas del terreno bajo.
El único día que ha llovido recio, vimos a un pájaro pequeño acurrucado debajo de una de las anchas hojas bananeras. Él también pareció advertirnos, dio señas de vigilar nuestra silenciosa inercia con enérgicos y súbitos estiramientos de su cuello. Sin tampoco entrar en mayor intimidad, ni en bruscas confianzas, ni en otras confidencias. Porque en cuanto escampó un poco, el animalito en un frisson nouveau erizó su menudo plumaje, sacudió enérgico sus alas, se echó al vacío, volvió a trazar algún camino inscrito previamente en su falta de memoria, se voló.
Desde Tegucigalpa, todavía.