Somos lo que hemos vivido, a principio o el fin,
la duda que vacila silenciosa,
los signos que no hemos podido descifrar
que ahora viven en los museos.
Y de no haber sido por el trágico de Prometeo
que bajó trayendo robado el fuego de parte
de los dioses, el camino de los inmortales
seguiría a obscuras como el mar,
este mar que se volvió violento al caerle
aquellas lágrimas que derramó Helena.
Desde entonces, por el viento oímos
las conmovedoras súplicas de un anciano padre,
al fiero de Aquiles para que le entregase
el cuerpo sin vida de su hijo.