Henrik Ibsen en el teatro

Cuando en 1851 Henrik Ibsen contaba 23 años de edad, fue invitado por Ole Bull para dirigir el Norske Theater porque el músico pensó que a pesar de su corta edad, era la persona más preparada para ocupar dicho cargo. Ambos se comprometieron con la tarea de infundir a la lengua popular noruega la relevancia […]

Cuando en 1851 Henrik Ibsen contaba 23 años de edad, fue invitado por Ole Bull para dirigir el Norske Theater porque el músico pensó que a pesar de su corta edad, era la persona más preparada para ocupar dicho cargo. Ambos se comprometieron con la tarea de infundir a la lengua popular noruega la relevancia que hasta ese momento había asumido el danés. Ibsen, que se mantuvo en el puesto hasta 1857, cumplió, además, el compromiso de estrenar cada año, al menos una obra. Posteriormente, desde 1857 hasta 1862 dirigió el Teatro Nacional de Cristiana. La quiebra de la entidad le obligó a abandonar el cargo. Otro motivo de amargura fue la deserción que sufrió al ver cómo sus compatriotas volvieron la espalda a Dinamarca cuando, en 1864, Prusia le declaró la guerra. Hombre comprometido políticamente, fue capaz de ver lo que a suecos y noruegos se les estaba escapando: la fórmula futura panescandinava hubiera hecho de los tres países nórdicos una primera potencia política y económica mundial. El desencanto lo llevó a solicitar un viático con el que permitirse la huida del país y su propia huida económica. Cuando el viático le fuera concedido se trasladó a Italia, país luminoso y cálido situado en la Europa del sur. Allí quedó deslumbrado por el sol meridional y por el arte. Era algo natural en alguien que con su sensibilidad cambiaba la austera sobriedad artística y climática noruega por la exuberancia mediterránea. A partir de este momento, el sentimiento nómada se apoderó de su vida, de su obra y de sus personajes. A pesar de todo, tuvo la fortuna, desconocida para la inmensa mayoría de artistas, de ser reconocido y admirado en vida. Regresó a Noruega donde fue condecorado y enaltecido. Murió en la capital, el 23 de mayo de 1906. Dejó un extenso e importantísimo legado literario, legado que en su dramática poesía, alcanza altos niveles filosóficos.

Peer Gynt, considerada por algunos críticos su mejor obra, la escribió en el año 1866.

Si hubiéramos de sintetizar la actitud ibseniana, de cuya filosofía Peer Gynt está repleta, podríamos decir que ésta se debate entre el dilema voluntad-posibilidad. Ibsen, como dramaturgo, se instala constantemente entre los dos extremos, sin decidirse nunca por ninguno. La consecuencia máxima del primero queda anulada por la práctica resignación del segundo; por todo ello, no podemos considerar que sus personajes hagan apología de la voluntad de poder. También se presentan como arrastrados hacia un declinar decepcionado que finaliza cuando se produce el encuentro con la mentira vital. Para Ibsen, toda contradicción viene dada por el choque entre capacidad y deseo, entre lo que consigue ese deseo humano y lo que concede la posibilidad. Los héroes de Ibsen escapan o intentan escapar de aquella realidad que debería haberles bastado y buscan aquello que entreven mediante el ensueño.

La protagonista de su obra, La Dama Inger de Ostraat, dice:

“Ay de aquel que recibe una gran vocación y que no tiene la fuerza de cumplirla. Se ha dicho que la mujer debe abandonar a su padre y a su madre para seguir a su marido. Pero aquel que ha sido designado instrumento del cielo, a ése no se le permite poseer nada que le sea querido —ni esposa, ni hijo, ni relaciones, ni hogar— y ahí, fijaos, está la maldición de quien fue elegido para cumplir una gran tarea”. ¿Habla Ibsen de predestinación? Pienso que no. Su héroe, Peer Gynt, no está predestinado; sólo desea ser él mismo. A toda costa y cueste lo que cueste; él es motor y vehículo de su propio ensueño. Por eso, precisamente, el mismo Peer será el instrumento de su propio destino. Y la búsqueda y realización de ese ensueño le obligará a apartar cuanto se interponga entre él y su objetivo. Peer Gynt tiene su propia ética y las reglas morales comúnmente aceptadas no actúan sobre su conciencia. Llevar el Yo Gyntiano hasta las últimas consecuencias exige asumir el deseo íntimo en todas sus consecuencias. De forma abierta y sin eufemismos. Por eso, su actitud puede pasar por salvaje. ¿Maltrata él a los personajes que aparecen en su vida? Nosotros tampoco queremos emitir juicios de valor. Al igual que Ibsen, no nos solidarizamos con aquellos personajes que realizan, a todo costo, el propio ensueño. Peer es así y así lo intentamos trasladar al escenario. De igual manera, nada en los textos de Ibsen nos puede llevar a pensar que el autor desprecie a los personajes que, al renunciar a su ideal, pierden esa capacidad gyntiana. Vemos en Peer Gynt que el resto de personajes que el protagonista va apartando o dejando a un lado mantienen, a pesar de todo, la dignidad última. Su madre, su novia, Ingrid… hasta el cocinero del barco morirá siendo él mismo.

En su poema, Sobre las Alturas, un cazador marcha a los montes abandonando novia y madre. Esta separación le purificará. El yo crítico, el superhumano personaje de Ibsen dice:

“Sonar, soñar…¿por qué soñar? Créeme: más vale cumplir nuestra misión. Más vale vaciar la copa de la vida que dormir entre los antepasados difuntos”. ¿Acaso no fue eso precisamente lo que hizo Ibsen cuando, desencantado, viajó a Italia? ¿Y no es eso lo que hace Peer Gynt cuando sale de Noruega? Claro que los personajes y las personas dejan detrás muchas cosas. ¿Es justo, en aras de una autorrealización íntima, jugar con los sentimientos de los demás? ¿Qué derecho tiene Abraham de realizarse a sí mismo mediante el sacrificio de Isaac? Ibsen no responde. Decir sí o no sería emitir un juicio de valor. Sería moralizar. Los que se quedan, los que aceptan, los resignados pueden decir, como el pastor Stramand:

“Sí, ríase y admitámoslo como cierto. Soy una gallina…bueno. Pero bajo mis alas tengo a mis polluelos y usted no tiene a nadie”. ¿No es este pensamiento el que provoca en Peer Gynt la cólera cuando, en el regreso a Noruega que realiza en barco y pocos momentos antes del naufragio, descubre que a todos los marineros que viajan con él alguien los esperan en sus hogares? ¿Y a él, quién le espera? Entonces el personaje Peer, como ha venido haciendo durante toda la obra, lleva su yo gyntiano hasta las últimas consecuencias.

Que el espectador juzgue.

En una carta dirigida a Georges Brandes, Henrik Ibsen declara:

“Es necesario, verdaderamente, distinguir entre las cosas y el estado fortuito e impuro en que se las encuentra en la realidad”.

Antígona, Edipo, Orestes y tantos otros personajes de la literatura dramática mundial, llevan su yo más íntimo hasta el final. Y ese final se encuentra, normalmente, tan alejado de las convenciones que la sociedad, conservadora por necesidad, no puede ya comprenderlo.

Peer Gynt, el fanfarrón usurpador de leyendas, el tendente al vagabundeo, el riente descastado para su madre, a quien a pesar de todo —y en una de las escenas más emotivas de todo el teatro mundial— no abandonará, el seductor de muchachas el día de la boda a las que deshonra y desprecia… no adquiere conciencia personal hasta que en la cueva de Dovre, el rey de los trolls le muestra la distinción emblemática que separa a los trolls de los hombres: “Sé tú mismo y bástate a ti mismo —y que te baste ser como eres—”. A partir de aquí toda la vertiginosa carrera del personaje será una búsqueda por el espacio y por el tiempo de ese yo definitorio. Y descubre que se es en sí cuando menos se consiste en otro. No hay límites morales en su vida, no los posee.

Boigt, el Gran Curvo, amorfo y redondo, donde el principio es el fin, se le muestra como armónica representación absoluta de ese “sé tú mismo” que Gynt busca.

“Yo quiero ser yo mismo, en una sola pieza. Gynt sobre todo el planeta…”.

Ya está cerca, el personaje, de ese autoenjuiciamiento al que Ibsen lleva a todos sus héroes. Por eso, ya viejo, regresa a Noruega. Y vuelve, no triunfador, sino como los restos vivientes de un naufragio. Allí, el fundidor le dará la gran respuesta, la que siempre buscó: “Ser yo mismo es matar el yo”. Es decir, trascendencia personal, autosuperación, altruismo y transfiguración. Por eso le aparecen al final del camino como personalidades abstractas lo que debió pensar y no pensó, las manos que debió estrechar y no estrechó, lo que debió hacer y no hizo. El personaje se ha buscado durante toda su vida pero a través de una afirmación egoísta del yo no desprovista de megalomanía. Esa visceralidad supuso, precisamente, su negación más absoluta.

Al final, le espera Solveig, ese amor de juventud casi platónico. Ella es la mujer total, la novia sin mancilla, la hermana comprensiva, la madre amorosa, la hija tierna y delicada… Es ese anhelo inmaculado y puro que el cristianismo encarna en María. Y ella, la abandonada, será la que redimirá al personaje por ese gesto infinito de amor. Casi al final aparecerá el fundidor, el que funde a las personas que no han sabido ser lo que debieron y del que Peer consigue escapar tres veces. Este personaje le dice terminando la obra, cuando Peer Gynt como hijo pródigo redimido, por fin, puede descansar en los brazos de Solveig: “Te espero en la próxima encrucijada”. Nosotros nos preguntamos si el amor de Solveig será suficiente por sí mismo para alejar tan temible fantasma. Que el espectador encuentre su propia respuesta.

La Prensa Literaria

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