El “viejecito portentoso” de Darío

Algunos estudiosos de Darío sostienen que quizás hayan sido la figura de Ibsen y la singularidad de su obra, las que movieron a Rubén a adoptar el calificativo de “raros” para los autores incluidos en su galería de semblanzas literarias publicada en Buenos Aires en 1896, precisamente bajo el título Los Raros En su Autobiografía […]

  • Algunos estudiosos de Darío sostienen que quizás hayan sido la figura de Ibsen y la singularidad de su obra, las que movieron a Rubén a adoptar el calificativo de “raros” para los autores incluidos en su galería de semblanzas literarias publicada en Buenos Aires en 1896, precisamente bajo el título Los Raros

En su Autobiografía (1915) Rubén nos dice que un escritor “raro” es un escritor “fuera de lo común”. Sin duda, Henrik Ibsen fue un poeta y dramaturgo digno de merecer tal calificativo que el propio Rubén le adjudica en el extraordinario ensayo que sobre Ibsen inserta en su célebre galería: “Entre todos, hallaron uno, en la Noruega; era un hombre fuerte y raro, de cabellos blancos, de sonrisa penosa, de mirada profunda, de obras profundas”.

Los Raros, sin ser un manifiesto, fue una declaración estética de principios, verdadero breviario modernista. Como lo señala Jaime Torres Bodet, cada semblanza de los escritores analizados en el volumen, definía las aficiones de Darío, “denunciaba sus propósitos y acusaba indirectamente lo que no podía ya soportar en la obra de los demás”. Darío, con su genial intuición, percibió lo esencial del mensaje contenido en la obra del gran escritor noruego: “Es Ibsen uno de los que más hondamente han escrutado el enigma de la psique humana”.

Rubén seguramente leyó las obras de Ibsen en su juventud. Cierto que cuando escribe su autobiografía, Darío ya maduro, reconoce que algunos de los juicios emitidos en sus semblanzas de Los Raros, fueron escritos quizás con “demasiado entusiasmo juvenil”, de lo cual no se arrepiente. Mucho menos de lo que escribió sobre Ibsen cuyas obras pareciera que continuó leyendo en el curso de su agitada existencia, al punto que es una obra de Ibsen la que leía en los días que antecedieron a su muerte, según nos lo narra su amigo, el periodista Francisco Huezo. De la crónica que Huezo escribió (Últimos Días de Rubén Darío) sobre sus conversaciones con el poeta, que en su lecho de enfermo percibe la proximidad de su muerte, transcribimos la referencia a Ibsen y el nuevo calificativo que Rubén le adjudica: “viejecito portentoso”:

“Al lado de las almohadas se ve un libro abierto.

— ¿Qué obra lees?

— Acabo de leer a Enrique Ibsen, el viejecito portentoso. Son interesantes sus dramas Cuando Nosotros los Muertos Despertemos y Juan Gabriel Borkman. Tienen frases que condensan mi doloroso destino y que quisiera ver escritas a los pies de mi lecho en momentos de morir. Porque, te digo con sinceridad, yo creo que he venido a Nicaragua sólo a morir. No le tengo miedo a la muerte. ¡Qué me importa que venga! En ocasiones he gozado tanto como tal vez no lo han logrado los millonarios de esta tierra. He comido como príncipe, he vestido con mucho lujo, he tenido historias en el mundo de las supremas elegancias. Me he relacionado con los más altos personajes del mundo: he sentido con frecuencia el aletazo de la gloria; he derrochado dinero, que gané en abundancia. ¿Qué me queda por desear? Nada. Venga la muerte. Sin embargo, si Dios no lo quiere, desearía un rinconcito de la tierra para vivir al calor de una santa ternura. Me gustaría eso. Sería mi ideal. Nada de locuras, serenidad, tranquilidad: pocos y escogidos amigos y algún champagne para obsequiarlos. Y mis libros y mis cosas de arte; pero nada de compromisos para escribir por obligación.

— ¿Cuáles son las palabras de Ibsen?, le pregunto. Registra el poeta largamente el libro del dramaturgo escandinavo, las marca con lápiz rojo y, en silencio, me entrega el libro.

— Helas aquí. Son del drama Juan Gabriel. “Has matado mi vida para el amor. Lo entiendes. La Sagrada Escritura habla de un pecado misterioso para el cual no hay redención. No comprendía yo qué pecado era ese que no podía ser perdonado; ahora ya lo sé. El crimen que no puede borrar el arrepentimiento, el pecado a que la gracia no alcanza… lo comete quien mata una vida para el amor”.

No me explicó nada. Guardó impenetrable silencio. De suerte que no supe si aludía a algún pasaje de su vida en Europa o en América.”

El Profesor Edelberto Torres, quien también transcribe en su biografía de Darío este diálogo, agrega la frase siguiente: “Como la arenilla atraída por el imán, su mente y la de Huezo piensan en el cuñado (Andrés Murillo) que ninguno nombra en un silencio que grita”.

La obra de Ibsen es el vientre fecundo del cual se derivan las múltiples tendencias o corrientes del teatro moderno y aun del contemporáneo. Ibsen llevó a cabo en el arte dramático una renovación comparable con la que Darío realizó en la lengua y la literatura españolas. Quizás lo que más impresionó a Darío de la obra de Ibsen fue ese carácter innovador y lo progresista de las ideas que sustentaba. Darío compartía ambas actitudes. Cada uno hizo lo propio: Ibsen condujo a un renacimiento del arte dramático universal; Darío llevó a cabo la obra más trascendente de renovación de la lengua española. Esta similitud de propósitos explica que el joven Rubén de Los Raros escribiera quizás el más laudatorio de sus ensayos incluidos en su colección de semblanzas literarias: el dedicado a Ibsen, a quien no vacila en llamar “hermano de Shakespeare”.

Darío fue el primer crítico que en el ámbito hispanoamericano valoró justamente la dimensión y trascendencia de la obra del portentoso dramaturgo nórdico. “Soberbio y hecatonquero Precursor de Porvenir”, le llama Darío en el párrafo final de su ensayo. Darío también fue un soberbio Precursor de Porvenir: para las letras hispánicas su obra fue un parteaguas que marca claramente un “antes de Darío” y un “después de Darío”. En el teatro sucede lo mismo: antes de Ibsen o después de Ibsen.

Entre los críticos hispanoamericanos que han analizado el aporte de Ibsen al arte dramático, sobresale el “Maestro de América”, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, quien en diciembre de 1931 publicó en La Nación, de Buenos Aires, su estudio: Dos Vidas: Ibsen y Tolstoi. Henriquez Ureña dice de Ibsen y Tolstoi: “Dos carreras semejantes, dos vidas paralelas: Ibsen y Tolstoi. Cuando ellos nacieron (1828), sus países nativos no ejercían influencia ninguna sobre el arte o el pensamiento de Europa; al terminar el siglo XIX eran ellos, entre todos los escritores vivos, quienes ejercían la máxima influencia sobre la literatura del mundo occidental, poblándola de graves y hondos problemas espirituales”.

Tras analizar una por una las obras de Ibsen, a partir de Catilina (“todavía se advierte en ella la costumbre de disfrazar de antigüedad clásica el anhelo revolucionario”), Los Guerreros en Heligolandia, Brand y Peer Gynt (escritas bajo la influencia del romanticismo, oscilando entre la prosa y el verso, el presente y el pasado, ya apunta en ellas, según Henríquez Ureña, la preocupación esencial de Ibsen: “la voluntad humana en ansia de plenitud moral”); Peer Gynt (“es el instinto vulgar que busca el placer y deliberadamente huye del esfuerzo moral o intelectual; cuando su vida se acaba, descubre que no ha vivido”) con Las Columnas de la Sociedad Ibsen inaugura, con pie firme, el realismo en el teatro. Describe el drama de la vida contemporánea de su nativa Noruega, en prosa y en el lenguaje de la conversación cotidiana. “Se dedica a mostrar, nos dice Henríquez Ureña, dentro de qué maraña de absurdos morales se agita estérilmente el hombre moderno. Casa de Muñecas denuncia el rol sumiso, inútil e ignorante que la sociedad de entonces reservaba a las mujeres. La obra fue “un latigazo en la conciencia popular” y se transformó en el memorial de agravios de los movimientos feministas en el mundo.

Con estas obras Ibsen provocaba admiración y repudio. A la cólera que sus obras suscitaban, Ibsen respondía con otra aún más polémica (El Pato Silvestre; Un Enemigo del Pueblo). Escribe Henríquez Ureña: “Su verdadera vocación no era de redentor de multitudes sino de maestro de almas individuales; bastó la discusión en torno a Casa de Muñecas para empujarlo a las audacias extremas de Espectros y los clamores de ira que Espectros provocó lo llevaron a la sátira contra el rebaño humano que es Un Enemigo del Pueblo”… “Este colérico individualista ejerció, sin embargo, enorme influencia social con Casa de Muñecas y Espectros, en su patria y en las naciones cercanas a ella por la lengua; hizo pensar, libertó conciencias, ayudó a cambiar el tono de la vida social”.

En Rosmersholm, Ibsen acentúa el drama íntimo, dando paso al drama psicológico que caracterizará sus últimas obras (“una sombra melancólica se tiende sobre sus creaciones, nos dice Henríquez Ureña; la vejez le dio la preocupación dolorosa de la impotencia para las empresas grandes y sus héroes —Solness, Borkman, Rubelson— son héroes de fracaso, personajes crepusculares envueltos en nieblas y nieves”).

Con el presentimiento de una muerte cercana, Rubén Darío leía en León de Nicaragua, en enero de 1916, dos de las últimas obras del “viejecito portentoso”: Cuando Nosotros los Muertos Despertemos y Juan Gabriel Borkman. Y Darío le confiesa a su amigo Francisco Huezo que en ellas encuentra “frases que condensan mi doloroso destino y que quisiera ver escritas a los pies de mi lecho al momento de morir”.

La Prensa Literaria

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