Cada nueva antología poética en Nicaragua despierta el interés de estudiosos y críticos literarios, asociaciones y agrupaciones de escritores, instituciones culturales y de la misma intelectualidad. Ya sea porque se parte del precepto cierto o falso o no tan exacto de que cada diez años nace una nueva generación de poetas o por las expectativas que se generan con nuevas incorporaciones al canon literario nacional.
Quizá, en comparación a otros países, Nicaragua no ha sido tan prolija en antologías, aunque tal vez redondeemos una docena con buena competencia en el género poesía. Entre las más recientes, se encuentran: Poesía Atlántica (Valle-Castillo, julio de 1980), Poesía Nicaragüense (Cardenal, Ernesto 1981), Antología General de la Poesía Nicaragüense (Arellano, Jorge Eduardo, 1984 y 1994), Poesía Política Nicaragüense (Fernández, Francisco de Asís, 1986), La Mujer Nicaragüense en la Poesía (Zamora, Daisy, 1992), Hija del Día: Artes Poéticas Nicaragüenses (Valle-Castillo, Julio de 1993), Poetas Modernistas de Nicaragua (Valle-Castillo, Julio, 1993), La Tierra Miskita (Silva, Adán; Uwe Korten, Jens 1997), Flor y Canto: Antología de Poesía Nicaragüense (Cardenal, Ernesto, 1998) y Soles de Eternos Días (Lovo, Anastasio; Silva, Erwin 1999).
Recientemente, Julio Valle-Castillo nos ha entregado tres tomos más de dos mil páginas de lo que probablemente sea la antología más general, metodológica y estructuralmente mejor trabajada de Nicaragua, que consumió veinte años de estudio e investigación.
I
El Siglo de la Poesía en Nicaragua (Fundación Uno, Colección Cultural de Centro América. Serie No. 13, 2006), tres tomos, selección, introducciones y notas de Julio Valle-Castillo, reúne un total de 84 poetas nacionales, de los cuales ocho son mujeres y el 76 por ciento procede del Pacífico. Tres poetas son del Caribe.
Los tomos responden a grandes períodos, tendencias y generaciones poéticas, así el Tomo I cubre de 1880 a 1940 y analiza el Modernismo y la Vanguardia, con la selección de veintiún poetas; el tomo II cubre de 1940 a 1960 y analiza la Posvanguardia, la generación del 40 y del 50, con la selección de veinte poetas, entre ellos una mujer; el tomo III cubre de 1960 a 1980 y analiza los grupos del 60, a los independientes y poetas del 70 y 80, con la selección de cuarenta y tres poetas, entre los cuales hay siete mujeres.
Más que introducciones, Julio Valle-Castillo nos presenta un extenso estudio acerca de la poética nicaragüense a lo largo de un siglo (1880-1980), de sus distintas manifestaciones, generaciones, individualidades y agrupaciones que destacaron, con sus respectivas influencias y aportes. Incursiona en el análisis de los procesos históricos y su relación con la sensibilidad poética y de la participación, compromisos o incidencia de éstos en la construcción de la identidad nacional o la transformación social, así afirma que la poesía fundó Nicaragua y la dotó de lengua y libertad expresiva, ubicándola como una de las claves en la constitución de su nacionalidad, de su identidad (Tomo I, p. 11).
Desde el enfoque anterior, también sostiene que el poeta formaba parte de los ideólogos de la transformación del país y era el creador de objetos verbales o productos estéticos modernos (Tomo I, p. 29); adjudica a los modernistas de Nicaragua la creación de la nación, destaca que Pablo Antonio Cuadra se propuso hacer de la ciudad de Granada el emblema de nacionalismo hispano-nicaragüense y bastión ideológico de la derecha, (Tomo II, p. 25); poetas como Mejía Sánchez, Martínez Rivas y Cardenal se opusieron al régimen somocista y participaron en protestas; la subversión al orden en general con palabras y acciones, afirma: ser poeta o poetisa era necesario para la transformación de la sociedad, para la invención de un mundo nuevo y un ser humano nuevo (Tomo III, p. 20). Dado los procesos sociales y políticos que se producen a partir de la revolución cubana hasta desembocar con la revolución sandinista, Valle-Castillo habla de una poesía como poder, refiriéndose a los poetas de los cambios, de las revoluciones o que proponen la revolución con una estética y una ética (Tomo III, p. 25).
Se nos presenta una especie de mapa de la poesía nicaragüense cuyo punto de partida, según Valle-Castillo, es el Modernismo en tanto fundador. Cada poeta seleccionado con textos abundantes, cuenta con una reseña bastante compacta que nos da una visión general de su vida, producción poética e intelectual, en casos concretos ahonda en el aporte que han brindado.
Menos que en otras antologías, las mujeres seleccionadas por Valle-Castillo son ocho (diez por ciento del total), de las cuales una pertenece a la generación del 50; dos, a la generación del 60; dos, a los independientes y tres, a los poetas del 70-80. Estas son: Mariana Sansón Argüello (León, 1918-2002), Michéle Najlis (Granada, 1946), Vidaluz Meneses (Matagalpa, 1944), Ana Ilce Gómez (Masaya, 1944), Daisy Zamora (Managua, 1950), Gioconda Belli (Managua, 1948), Rosario Murillo (Managua, 1951) y Yolanda Blanco (Managua, 1955). Extrañamente, no incluye a María Teresa Sánchez, como sí lo han hecho Jorge Eduardo Arellano (Antología General de la Poesía Nicaragüense, 1980) que, dicho sea de paso, sólo incluye a tres mujeres y Ernesto Cardenal (Flor y Canto: Antología de Poesía Nicaragüense, 1998) que incluye a doce.
II
A diferencia de lo que algunos piensan, construir una verdadera antología no es sólo de venir y pegar autores y piezas literarias (poemas, cuentos, ensayos, etc.). Se trata de un arduo proceso de investigación y estudio, donde predominan criterios estéticos, de utilidad didáctica, representatividad, función ideológica, testimonio de una escuela o corriente literaria, entre otros. El rigor destaca y, como afirma Sergio Ramírez Mercado, implica desenterrar de entre esas hojas lo que tiene valor y puede ser perdurable (Antología del Cuento Centroamericano, p. 58)
Las antologías pueden ser individuales (de un mismo autor) o colectivas, pueden estar organizadas por temas, géneros, estilos, movimiento literario y períodos históricos. Su calidad dependerá de la competencia crítica del antologista o compilador. Aunque por lo general se apela a la imparcialidad en la elección de los textos, influye bastante el gusto personal. En todo caso, lo recomendable y honesto es la ponderación con apego al valor estético.
Al respecto, debo mencionar como ejemplo de trabajo tesonero, la Trilogía Poética de las Mujeres en Hispanoamérica (Saavedra, Patiño y Luna, 2004), que revisó ocho siglos y una minuciosa investigación documental, trabajo de campo en diversos países, análisis y selección, donde no sólo estuvo de manifiesto la reivindicación de género sino la responsabilidad histórica literaria.
Debemos diferenciar, en términos conceptuales e implicaciones metodológicas, las muestras poéticas, ediciones colectivas y las cooperativas, de las antologías. Las muestras son compilaciones no rigurosas ni exigen verdaderos procesos de investigación, sus criterios son flexibles y responden más a la necesidad de proyectar o difundir grupos, determinado cuerpo generacional, afinidades temáticas y personales. Un ejemplo de esto lo constituye Panorámica de la Literatura Joven de Nicaragua (Unión de Escritores, ASTC, 1986) y más recientemente, El Sinónimo Antónimo (Ediciones 400 Elefantes).
En cuanto a ediciones colectivas bajo la modalidad de concurso, es importante destacar Plumas en Vuelos (CAMINO, 2002). Y, finalmente, la edición cooperativa no tiene otro fin que el aporte económico proporcional de los involucrados para el financiamiento total de la obra, conjunto de textos que no necesariamente es sometido a examen.
Para el caso concreto de El Siglo de la Poesía en Nicaragua, Julio Valle-Castillo, de entrada nos confirma que la obra que nos presenta no es producto del gusto inmediato ni de un trabajo apresurado, que laboró gobernado por cuatro criterios fundamentales en la selección de poetas y textos (Tomo I, págs. 13-14), que para referencias en el futuro, destaco: 1. Excelencia estética: intensidad, creatividad, plenitud formal, logro en la experimentación, originalidad o novedad; 2. Mostrar diversidad de voces, motivos, temas, formas, intenciones y tendencias (heterogeneidad); 3. Representatividad de los poemas dentro de la obra de su autor; y, 4. Amplitud textual.
Respondiendo anticipadamente a los probables reclamos y críticas, el antologista plantea que los autores no incluidos son aquellos que, su participación en la acción cultural de Nicaragua, no lograron redondear un mundo poético (Tomo I, p. 15). Y enseguida martilla: La poesía no es facilismo ni hobby.
III
El extraordinario trabajo de Valle-Castillo constituye una síntesis de la poesía nicaragüense con sus correlaciones, implicaciones y consecuencias, destacando cimientos fundacionales, magisterios y cánones, aportes grupales, generacionales e individualidades que van forjando una tradición poética y literaria, en su acepción más amplia y diversa, trastocándola y enriqueciéndola. Más allá de las modas e ismos del momento se consolida un acervo, una fuente poética de invaluable utilidad para estudios presentes y futuros, de obligada referencia general.
En definitiva, se trata de una revalorización de la producción poética de generaciones y del interés de ubicar modelos de terminadas categorías literarias y extra-literarias, muchas de las cuales cumplen con una función social, con la limitante de la precaria crítica literaria existente en nuestro país.
Por último, me queda la inquietud de la no inclusión de los poetas Raúl Orozco (Managua, 1946) y Juan Chow (Managua, 1956), en tanto sé de ambos desde los años setenta, a no ser que se haya considerado la no publicación de libros en ese período o por su vecindad con los poetas jóvenes de los años ochenta. Asimismo sucede en el caso de Ronald Brooks, poeta de la ciudad Bluefields ya fallecido, cuya poesía se distancia de la escrita por los de mayor reconocimiento en la capital. Quizá la limitante haya sido su carácter inédito.
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