No por fatuo y estéril ejercicio de scholar sino por regocijo lúdico trataré de exponer ante ustedes (extrayendo de mi chistera el conejo por sus orejas sonrosadas con su leve pelusa) la fibra óptica que comunica la poesía de Rubén Darío y la visión estética de Marcel Proust. Los filisteos se complacen en probar lo demostrable. Facilones que son. El funambulista, en cambio, demuestra lo que no existe.
La conexión entre ambas percepciones tiene como basamento el Simbolismo. El movimiento simbolista posibilitó que una panoplia de escritores fueran capaces de aprehender y de expresar una realidad no vista. Baudelaire con Correspondances (incluído en Les Fleurs du Mal, 1857) resultó un ejemplo simbolista temprano (el período simbolista ha sido restringido a la década de 1885-1895). En el mencionado soneto, Baudelaire concibe la naturaleza como un bosque de símbolos, sugiriendo correspondencias entre las sensaciones del mundo real (aquí ya aparece uno de los fenómenos esenciales al simbolismo: la sinestesia), el mundo cotidiano y el ideal.
La imaginería sinestésica puede ser interpretada como resultado de una sicopatología del poeta o mera convención literaria. Puede verse como el desplazamiento de un sentido a otro (ej.: sonido en color). El verso blanco y la sinestesia del Rimbaud roturaron un predio cuya floración es permanente. Mallarmé canceló a su manera todo el asunto: evocar un objeto poco a poco como si se desnudara un sentimiento, o, a su vez, el arte de elegir un objeto y extraer de él un estado del alma. Con irrevocabilidad papal imprime el sello: se nombra para destruir, se sugiere para crear.
II
El siglo XIX se convirtió en un mozetón con la Revolución Francesa de 1789, fue testigo del advenimiento del romanticismo, la escuela del arte por el arte (el termino lart pour lart fue utilizado por primera vez por Benjamin Constant en la entrada del 11 de febrero de 1804 en su Journal Intime), la novela realista, el Simbolismo y el Naturalismo.
El zeitgeist que absorbieron Proust y Darío fue el mismo en el terreno del arte: el primero insertado en un estamento social privilegiado, ocioso y disoluto; el segundo, en el mundo de la bohemia y en un errar perpetuo perseguido por un pasado con dos figuras fantasmagóricas: un padre hosco y alcohólico, una madre apenas entrevista y desapegada. En El Tiempo Recobrado, último volumen de los siete que forman En busca del Tiempo Perdido (novela de novelas), Proust o, en todo caso, el narrador consigue vencer al tiempo y acceder a cierta clase de serena beatitud. La recompensa final de Rubén fue el hisopo empapado en vinagre restregado contra su rostro.
No se cuenta con evidencia verificable del nicaragüense como lector de Los Placeres y los Días (1896), colección de ensayos y relatos mundanos. Tampoco existe dato que sugiera un probable conocimiento de Por el Camino de Swann (1913), único volumen de En Busca del Tiempo Perdido que pudo haber conocido el leonés: el segundo tomo, A la Sombra de las Muchachas en Flor, salió de las imprentas en (1919).
Ambos escritores compartían una debilidad por lo que ellos entendían como gran mundo: el temor reverencial que los inspiraba, al percibirlo como inaccesible, se transformaba en un anhelo de tener acceso a ese mundo y ser aceptados por sus integrantes. Los dos estaban signados por la marginalidad: uno por su condición de mestizo desclasado y meteco y, el otro, por judío arribista, homosexual y enfermo crónico. Únicamente a través del Arte se sentirían capaces de trascender las barreras sociales, vivenciadas como inexpugnables.
La aspiración de Proust era aferrar la esencia del tiempo para evadir sus leyes y por medio de la escritura conquistar una realidad agazapada en el inconsciente y reelaborada por su propio pensamiento. Siempre buscó verdades eternas que nos permitieran entender la relación entre los sentidos y la experiencia y la memoria abismal que bruscamente se libera ante un nimio acontecimiento cotidiano y la hermosura de la vida, corroída por la rutina, la indolencia y la desidia pero que siempre nos está esperando en el Arte: el Arte, no la vida.
Percibió la cotidiana intromisión de la muerte, la cual de segundo en segundo nos socava tenaz y sin descanso. El artista se encuentra entrampado en un presente que apenas puede silabear y un pasado que se aleja difuminándose. Frente a él, en un espectral desfile, se ve circundado por sus variados y abigarrados yo. Años y yo diferentes. Sólo el trabajo inconsciente de la mente y la memoria puede dar coherencia a ese caótico entramado. Apelará a la duración interior.
III
Permiso para un breve sobresalto: espigar para ustedes versos darianos ambarinamente simbolistas sólo nos puede provocar placer:
En invernales horas, mirad a Carolina
medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del juego que brilla en el salón.
El fino angora blanco, junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de AlenÇon,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.
(De Invierno)
… Y ésa es la virtud sacra de la divina Idea
cuya alma es una sombra que todo lo ilumina.
(La Dea)
Sabed ser lo que sois, enigmas, siendo formas
(Filosofía)
En enero de 1909, Marcel Proust, ya casi de (40) años, mientras vacacionaba en Illiers, mojó una tostada en una taza de té caliente. Aquel episodio lo encontramos en Por el Camino de Swann pero con transformaciones: el pain grillé deviene en madeleine y la taza de té en una taza de tilleul. Illiers lo descubrimos como el villorrio nombrado Combray. Al probar la tostada y percibir los efluvios de la infusión, le petit Marcel es arrebatado por una visión de vértigo: de la taza emerge en toda su frescura y belleza inmarchita y hasta con el más ínfimo detalle, su infancia hace muchos años desaparecida y olvidada. Aquel hombre está condenado. Después de la Gran Revelación sabe que él ha nacido para escribir un libro, una obra maestra que hoy conocemos como En Busca del Tiempo Perdido. Y a esa tarea dedicará el resto de sus días convirtiendo su habitación en una celda de monje cisterciense, forrada con corcho para impedir la filtración del mínimo ruido, garabateando su novela en cuadernos escolares, escribiendo de noche y durmiendo de día: ¡un pálido y ojeroso fantasma recluso!
El episodio de la madeleine empapada en tila es un caso clásico de sinestesia y memoria involuntaria. Quiero compartir con ustedes, queridas y queridos míos, otros ejemplos pero antes pido permiso para un breve sobresalto:
Sobre la arena dejan los cangrejos
la ilegible escritura de sus huellas…
(Vesperal)
basta su oculto origen en la gruta viviente
donde la interna música de su cristal desata,
junto al árbol que llora y la roca que siente
(La Fuente)
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
( Yo Persigo una Forma)
IV
Ha terminado la Gran Guerra. El narrador se apresta a encontrarse con los amigos en una fiesta que dará en su mansión la princesa de Guermantes. Evitando un coche tropieza con un saliente irregular de los adoquines. De súbito, con una sensación de vértigo luminoso evoca aquella ocasión en que dio un traspié en el baptisterio de San Marcos, en Venecia: en un estallido de resplandor una lluvia de polvillo de oro parece cubrirlo. Ya en la antesala, un camarero le trae refrescos y el contacto de sus labios con una servilleta muy almidonada lo transporta al Gran Hotel de Balbec, con el fresco del comedor y fuera el paseo marítimo y su bochorno. Un desaprensivo camarero hace chocar una cuchara contra un plato y Marcel se encuentra en el tren que lo llevaba de niño a Balbec y se ve a sí mismo viendo a un ferroviario verificando las ruedas y a una adorable lechera apenas entrevista.
V
Permiso para un breve sobresalto:
En el país de las alegorías
Salomé siempre danza,
ante el tairado Herodes
eternamente