Así fue feliz el hombre. Se llamaba Julián. Vivía en una choza, de esas que a lo lejos se distinguen por el humo de sus rústicas cocinas en la montaña, me decía mi padre. Yo vi una de esas a los doce años. Nunca aprendí si no hasta mis dieciséis a imaginar qué sucedía en una de esas casas que se miraban arriba de los cerros. Mi padre me dijo la historia de Julián.
El tipo amaba las estrellas por lejanas, el sol por intocable, el fondo del mar por misterioso (según lo que había oído), las nubes por incorpóreas, la luna por pasada de moda. No sabía nada de Platón ni de un libro por ahí sobre las estrellas y el big bang, ni oyó nunca de 20,000 Leguas de Viaje Submarino. El único sabio conocimiento que tenía era sentir.
Nunca nadie lo vio con familia. Se supo de su padre y de su madre. Foráneos que llegaron al pueblo al final del siglo pasado. Nada más. Eusebio López y Yolanda Pasos.
Cada semana durante treinta años bajó al pueblo por provisiones. Su amigo Chepe le preguntaba por qué vivía solo y le aconsejaba venirse a establecer al pueblo. Julián siempre contestó: Tengo lo que necesito, me siento acompañado y la luna me queda setecientos metros más cerca por lo menos.
La última semana que Che lo vio fue la víspera de Navidad de hace treinta años. Saludó a cada persona del pueblo. Todos lo conocían. Pasó por el cementerio. No iba a la iglesia nunca, pero esa vez se plantó dos minutos y medio en el portal; respiró hondo. Se perdió con una brisa y la neblina de la tarde de fines de año. A la hora que todos los pájaros llegan a cantar al parque en las copas de los árboles. Esa noche fue estrellada como nunca. Se fundió el trasformador eléctrico así que la gente salió y se sentó en las aceras a ver el cielo. Mi papá recuerda que vio una fugaz. Pasó la Navidad. Pasó el Año Nuevo. Y pasó un mes y nadie vio de nuevo a Julián.
Che, que fue su único amigo, se aventuró a buscarlo en el peñón, a los tres días de Febrero, ese año. No encontró nada, ni siquiera la choza; pues la gente que tal vez la conocía ya habría muerto en Villa Sola. Ahora cuando veo una choza humeante en algún risco, imagino a Julián, sentado en alguna piedra esperando que el dulce sol caiga en el horizonte y se levante de entre los montes dormidos alguna estrella que tirite junto con él. O la madre de las cursilerías: la Luna, salga. Amén de su felicidad. Desear, desear, y desear.