Incierta y peligrosa se había transformado la situación en la hermosa ciudad. Y, como de costumbre, el tiempo se iba y venía, en tanto la ciudad cada día se ampliaba y Adrián y Ambrosio crecieron juntos, estudiaron los niveles educativos de la primaria y secundaria, eran locos enamorados de Gloria.
Por razones del destino, Adrián inició sus estudios de sacerdote. En ese trajinar de seminarista, un día los superiores lo enviaron que visitara el hospital donde se encuentran internados los locos. La administración del hospital le asignó visitar a los enajenados mentales que se recreaban en el patio y, al pasar por los columpios, observó que Ambrosio, su amigo de antaño, se mecía placenteramente como un niño; entonces, en su mente hubo un breve recorrido y pensó: ¿Cómo es posible que esté aquí? Si me ve, es posible que me recuerde, que cortejábamos a la misma muchacha y puede golpearme con la ayuda de los otros locos. ¿Qué hago? Continuó su curso de visitas.
Adrián observaba a Ambrosio y cuando le tocó llegar por donde él, hizo el esfuerzo por no determinarlo pero Ambrosio le dijo: Adrián, ¿ya no me conocés? Adrián se sorprendió y le contestó: Claro que sí, lo que sucede es que ya iba para donde vos y, ¿cómo has estado? Te veo bien . Claro que sí, veme en este columpio, aquí me la paso recordando; mi trabajo es pensar para no cometer el error de sentarme en este columpio, acaso no ves que soy el mejor pensador, le señaló Ambrosio. Ese trabajo que realizás te queda bien, por ello estás bien en este lugar, le contestó Adrián y se despidió de su amigo y se dijo para sí: Los locos nunca dicen que están locos, finalizó Adrián.