Entremeses Cervantinos

A propósito de cumplirse un año más de la muerte de Miguel de Cervantes y El Día Internacional del Libro La primera parte de Don Quijote se publica en un momento de gran actividad festiva. La muerte del severo Felipe II en 1598, ha provocado en la corte un cambio completo de ambiente. Durante el […]

  • A propósito de cumplirse un año más de la muerte de Miguel de Cervantes y El Día Internacional del Libro

La primera parte de Don Quijote se publica en un momento de gran actividad festiva. La muerte del severo Felipe II en 1598, ha provocado en la corte un cambio completo de ambiente. Durante el reinado de Felipe III, se descubre el poder liberador de la risa en la fiestas de carnestolendas, Valencia en 1599.

Es la gran fiesta carnavalesca que inspirará varias obras de carácter jocoso, entre ellas, La Vida del Buscón y La Pícara Justina. En este festival popular destacan las figuras del gordo y el flaco, personajes que recordaban a los famosos cómicos italianos, Giovanni Ganaza y Stefanello Botarga. La oposición entre estas dos figuras carnavalescas aparecen universalizadas en los personajes Don Quijote y Sancho Panza gracias a la pluma de Cervantes. Indudablemente que Cervantes tomó del folclor español los estereotipos del caballero alto y delgado cabalgando en su rocín hético y el campesino bajo y gordo montado sobre el lomo de un asno. De ahí que Don Quijote de la Mancha sea una obra penetrada de atmósfera carnavalesca. Sancho era una festiva representación de carnestolendas que cobraba la característica de un loco carnavalesco. Este glotón del carnaval con su materialismo fisiológico se ve reprimido por la autoridad espiritual del esquelético Don Quijote, la figura representativa de la época cuaresmal. Los diálogos entre amo y criado que nos hacen reír a carcajadas ocultan una conciencia del dolor. No hay que acudir a tratados históricos para conocer la España de los últimos años del siglo XVI y principios del XVII. La mejor forma de expresar el disparate y desconcierto del mundo fue la dramaturgia, tan excelente como abundante, cultivada por escritores de renombre universal. El teatro pone a la luz el desbarajuste moral y social. De allí que las máscaras, los bufones y, sobre todo el gracioso, reiteradamente se presenta con la figura del loco que se convierte en agente del mundo invertido, construido como laberinto, un mundo al revés representado en el mesón, lugar idóneo para la vida peregrina y picaresca. El carácter de fiesta que el barroco ofrece sólo es una actitud enmascarada, no elimina el fondo de acritud y melancolía, de pesimismo y desengaño.

El mundo es un gran teatro, ya lo diría Calderón de la Barca, y todos somos actores en ese gigantesco escenario, idea común a los escritores del siglo XVII y Cervantes no fue la excepción. Cervantes cultivó la comedia de asunto histórico e imaginario. En 1615 apareció la primera y única edición publicada en vida de Cervantes titulada Ocho Comedias y Ocho Entremeses Nunca Representados. Don Miguel de Cervantes sentía una gran pasión por la farándula; él nos dice textualmente que desde niño se le iban los ojos tras ella. Y ello explica que el cosmos narrativo de su novela inmortal, Quijote, esté preñado de muchas escenas teatrales.

Mientras leemos el libro, súbitamente, encontramos episodios que constituyen verdaderas escenas dramáticas a las cuales asistimos, no sólo nosotros los lectores y espectadores de hoy sino los mismos personajes que aparecen compartiendo aventuras con Don Quijote.

El entremés, origen y cultivadores

La palabra “entremés” viene del latín inter-medium que significó un manjar que se servía entre los banquetes. En la Crónica de Don Juan II (1440) se designaba con ese nombre todo tipo de diversiones: danzas, cantos y juegos de armas. A mediados del s. XVI se concibió el entremés como una pieza corta de carácter jocoso que tenía como protagonistas a dos o tres personajes. Estos sostenían un diálogo burlesco. Se solía intercalar en los cambios de actos de las comedias que generalmente se representaban durante dos horas y media. En otros casos se intercalaba el entremés para bajar la tensión de un acto sacramental de carácter grave. El escritor, Lope de Rueda, aunque no fue el inventor del género, le confirió carácter independiente. En sus entremeses se desdeña la acción y el argumento para dejar sobresalir a los siguientes tipos: el sirviente bobo, el licenciado arrogante, el paje hipócrita y la fregoncita envanecida. En resumen, los protagonistas eran personajes ridículos que pululaban en aquella época. Cervantes, sin duda alguna, hereda los entremeses de Lope de Rueda pero los depura y logra salvar un género degradado por la vulgaridad de los temas, la procacidad del diálogo y la repetición de los tipos citados.

Cervantes nos dice en el prólogo a las comedias que estuvo algunos años alejado del teatro: “Tuve otras cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias y entró de pronto el gran monstruo de la naturaleza, el gran Lope de Vega y alzóse con la monarquía cómica. Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad y volví a componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño.” Cervantes aclara que al no hallar a nadie que se las pidiese, aunque sabían que las tenía, las encerró en un cofre y las condenó al perpetuo silencio, sin embargo, más tarde se dispuso a revisarlas y a corregirlas y vio que sus comedias y entremeses no merecían estar arrinconadas y fue así que las dio a un librero que se las pagó razonablemente: “Yo cogí mi dinero con suavidad sin tener cuenta con dimes y diretes. Querría que fuesen los mejores del mundo o a lo menos razonable.” Quizá, como afirma Marcel Bataillon en Erasmo y España, Cervantes tuvo la “certidumbre creciente de su derrota y del triunfo de la comedia lopesca.

Los escenarios de los entremeses cervantinos se mueven entre la casa y la calle. Sus figuras populares las tomó de la vida diaria. Esto lo observamos en una de las escenas de la venta que D. Q. creyó que era castillo. Allí toman parte la mozas prostitutas, la criada Maritornes y los arrieros.

Por otra parte, entre las características del entremés cervantino que señala el crítico Ludwig Pfadl, podemos destacar la presencia del humor, una alegría risueña, despojada de groseras implicaciones y bromas vulgares, con graciosas escaramuzas, en lugar de salvajes palizas. El entremés se acompañaba con vistosos y alegres bailes al son de instrumentos musicales. Además, limita la acción a un sencillo argumento y, por último, se opone al tratamiento grosero que solían tener los entremeses y, aunque situado dentro del ambiente realista de la época, el lenguaje no es crudo ni obsceno. El sentido estético de Cervantes le impelía a desdeñar lo impuro, bajo e indiscreto.

Ahora bien, el propósito de insertar dentro Don Quijote tantas escenas teatrales, cumple el cometido de mostrar a los lectores de hoy, como para los espectadores presentes en la novela, que la ilusión existe siempre en relación con la realidad. La oposición dialéctica de la ficción con la realidad se presenta en Don Quijote con una alta dosis de violencia.

Los episodios que abordaremos presentan rasgos novedosos que no guardan parentesco con la dramaturgia de los escritores de la época. Indicaremos cuatro de ellos que sobresalen por la intervención de un narrador y de un público que lo contradice por estar equivocado en la narración que a veces suele ser el mismo Don Quijote. Nos referimos a las bodas frustradas de Camacho y a la bella Quiteria amada por Basilio, el pobre. En este episodio destacan el desfile alegórico de El Amor y el Interés, un verdadero entremés, pieza teatral que se convierte en una filigrana en manos de Cervantes. Otro episodio es el de la venta de Palomeque, el chistosísimo gobierno de Sancho y, sobre todo, el retablo de Maese Pedro, al cual Don Quijote, fiel a los ideales caballerescos, hace añicos, puesto que en su imaginación todo lo presenciado en el retablo es verdadero.

Veamos la teatralización de los efectos que provoca en todos los comensales de la venta, el famoso Bálsamo de Fierabrás que no es más que una mezcla de sal, vino, aceite y romero, lo que provoca vómitos y otros malestares estomacales: “En esto hizo su operación el brebaje y empezó el pobre escudero a desaguarse entre ambas canales. Sudaba y trasudaba con tales paroxismos y desmayos que no sólo él, sino todos pensaban que se le acababa la vida” (XVII, Primera Parte, 83).

Otro caso que analizaremos será el debut de Sancho como gobernador de la ínsula de Barataria. La ilusión de un gobierno justo se derrumba ante la farsa que le han fabricado los duques. Así sus ansias de gobernar se ven frustradas al abandonar la ínsula de Barataria por su inmenso temor a combatir con un ejército:

El enemigo que yo hubiera vencido, quiero que me le claven en la frente. Yo no quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a algún amigo, si es que tengo alguno, me dé un trago de vino, que me seco, y me enjugue este sudor, sentóse sobre su lecho, y desmayóse del temor, del sobresalto y del trabajo. (LIII, Segunda Parte, 545)

(Fragmento)

La Prensa Literaria

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