Adorno

Ganándonos la pena,nos despedimos sin besos ni abrazos, menos una palabra cariñosa.Mi padre me dijo: No olvides; no estás solo en estas tierras lejanas,no estás solo, tu amigo es el televisor que hoy compramos……solitario, mordí las almohadas.pasaron los años….Tenía razón. Gotas de nostalgia (LA PRENSA, con PAC el 13 de junio de 1998) Llora fuerte,y […]

Ganándonos la pena,
nos despedimos sin besos ni abrazos,
menos una palabra cariñosa.
Mi padre me dijo: No olvides;
no estás solo en estas tierras lejanas,
no estás solo,
tu amigo es el televisor que hoy compramos……
solitario, mordí las almohadas.
pasaron los años….
Tenía razón.

Gotas de nostalgia

(LA PRENSA, con PAC el 13 de junio de 1998)

Llora fuerte,
y afuera la calle chispea al compás del tap, tap
y la nota ronca y dulce de la marimba
y el desvelado polvo, se oculta.

Dentro del Cafetín
—paraguas de madera y metal—
la gente entra mojada,
más que del recuerdo,
de húmedos presentes.

De los techos zinc,
se descaran imprudentes las goteras.
Una ventana (sin vidrio y enrejada),
bosteza en el Parque la Reforma
y hoy no se ven los borrachos ni quema gallos, ni los abstemios de un día,
que no huyen de su infernal destino;
y todos en grupos de tres,
murmuran o protestan por nimiedades.
Esos mismos,
con sus ojos de lechuza — amarillos—
se reúnen para impedir que en sus cinco,
goteen lágrimas y se tornen acua-humanos.

Al fondo, después del árbol,
los columpios no crujen ni sollozan.
Aquí y allá nacen mini-ríos y, caprichosos, dan un nuevo curso a la calle de tierra,
esa misma que el alcalde al fin acaba
de hacer calle. “Calle” dijo alguien,
y no hubo silencio,
y aquí adentro
no está la amasia que con agrios suspiros
aguarda por él y protesta con el tacón en el piso
y bajo la mesa
porque quiere ropa nueva cada semana
y no quiere trabajar,
a menos que sea administradora
de éste u otro lugar.

Llora fuerte,
llueve viento:
se cuela el frío
y se recuerda que existen nervios y huesos.
Y tú…, no estás,
no estás entre la turbiedad de las aguas,
no estás en el recuerdo de aquel beso que rompió el silencio de los labios,
y los labios se supieron ríos.
(Estoy aquí, en el lugar prohibido para tu estatus y no vienes aunque dices que me amas y me sigues amando; humedad
entre tu cuerpo).
Algo se acaba
allá “arriba”, alguien cierra los ojos,
la llave del lavamanos.
Ya todo huele a agua y a polvo…

Retorna el ruido,
la gente, los carros,
y vuelven las bicicletas con el eco en sus ruedas
y en el manubrio
los ecos de los suspiros de las mujeres.
Todos retornan
como fantasmas, casi transparentes,
y no lo saben y ni lo notan
y es cuando yo me digo:
lo que tiene que sentir
y callar la Madre Tierra
cuando se pone sentimental el Cielo.

La Prensa Literaria

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