Al salir de la biblioteca alemana-nicaragüense Bertolt Brecht, tomé conciencia de la inconsciencia en que había vivido la necrofilia de aquella realidad existencial.
Vislumbré en el ardiente sol del pensamiento estival, las efigies veraniegas en la vorágine del tiempo.
Las calles se encontraban remotas, vacías, aletargadas, desoladas, y calcinadas por la febril estación. Evocaban otras épocas en el laberinto de la historia nacional. El asentamiento San Terra en donde los perros dejaron de ladrar porque la hambruna los hizo desaparecer parecía una hilera de pequeños hornos, hoyas o cazuelas de metal, cartón, plástico o barro. Cuchitril trapero, granja reseca, antro de boñiga, fétidos, quejumbrosos, huecos, vacuos, lánguidos y lúgubres en el espejismo del sopor.
Miré también el calor de la miseria en el muladar del parque de las Ilusiones Primaverales, de los niños desvalidos que viven en las cloacas y pululan en estado de inanición por el soto que los vio nacer y que es atravesado por las refulgentes lágrimas de luz, dejando en la memoria de los ricos, pringas o imágenes de infinitos agujeros de hojas surrealistas.
Sentado en la banca de concreto que se encuentra en la orilla de las magnitudes circulares y complejas del ser, pienso en el hombre como un a fórmula para cambiar las cosas:
Hombre>Sustancia+Cualidad+Relación+Dónde+Posición+Cuándo+Acción+Pasión. (SER>H+S+C+R+D+P+C+A+P) . Y en esta suma puedo comprender el deplorable atraso y la esencia filosófica que poseen las migajas de casas en aquel incipiente rincón del país. Ser o tener esa es la cuestión, ser o haber es la pregunta para ponderar un próximo candidato presidencial, me dijo una voz que enmarca todas las voces.
Cuando el bermejo crepúsculo de la tarde espiritual se comenzó a enrollar detrás del largo tejido de casas en donde los niños juegan al trompo y orinan los juegos oníricos de una mejor existencia, en el disco plateado de la neomodernidad que nos convierte en malditos, sabios, santos, autómatas o enajenados. La flamígera luna que se encontraba sobre los cerros de arena se tiñó con el lapislázuli de la noche marina, profunda, serena y callada del misterioso caserío San Terra. La sublime lluvia cayó copiosamente sobre todo el valle y el vaho caliente con olor a tierra mojada me hizo salir de aquel trance con el corazón abierto o sincero. Porque un pueblo lleno de confianza en lo que espera es un pueblo escogido, que tiene puesta su mirada interior en el ser-infinito, es lo que es, futuro, porvenir y nueva esperanza y no puede dejar de ser (no-ser) a la misma vez o contradecirse, me terminaron diciendo las galimatías angelicales que se encontraban en derredor. SER.