- En medio de tantas dificultades, lo extraordinario es la cantidad y calidad del legado musical de Mena. Sus obras más conocidas son los valses: Ruina y Amores de Abraham
José de la Cruz Mena nació en la ciudad de León, el 3 de mayo de 1874, siendo el quinto hijo, y el menor del matrimonio de don Yanuario Mena y doña Celedonia Ruiz. Su primer profesor de música fue su propio padre, filarmónico que tocaba el cornetín, instrumento que aprendió a tocar Mena, quien por cierto llegó a dominar varios instrumentos, incluyendo la guitarra. En 1888 se trasladó a Managua, donde ingresó en la Escuela Nacional de Música, que dirigía el maestro de origen belga don Alejandro Cousin, padre de doña Blanca Cousin, quien sería más tarde Primera Dama de la República, esposa del Presidente, general José Santos Zelaya. Asimismo, ingresó Mena en la Banda de los Supremos Poderes, también bajo la dirección del maestro Cousin.
Pocos años después viajó a Honduras, donde permaneció un tiempo breve, pero durante su estadía en Tegucigalpa formó parte de la Banda Nacional de aquel país, igual que en El Salvador, a donde se trasladó hacia 1890 ó 91. En Tegucigalpa sintió por primera vez la necesidad de componer y escribió una danza con reminiscencias de su patria, por lo que decidió ponerle como título: El Nacatamal.
Fue en El Salvador donde le diagnosticaron que padecía la temible enfermedad de Hansen, es decir la lepra o mal de Lázaro. ¿Dónde la contrajo? Puede que el bacilo ya lo llevara en su sangre, y que el contagio se diera en Managua cuando se hospedó, en compañía de un hermano suyo, en casa de un sacerdote salvadoreño que padecía de lepra. El hermano de Mena murió también de lepra. Pero también es posible que el contagio haya sido en San Salvador, la ciudad centroamericana que registraba la mayor incidencia de esa enfermedad.
Para entonces, José de la Cruz Mena era muy joven, pues no había cumplido los veinte años. Decide regresar a su León natal y se va a vivir a orillas del Río Chiquito, más o menos a 200 varas del puente, donde se construyó una rústica choza de horcones, de los cuales colgaba su hamaca. Pero sus amigos músicos de la ciudad, que ya conocían su habilidad como compositor, no lo abandonaron y hasta la barraca de Mena llegaban para tomar el dictado de las notas, pues Mena quedó completamente ciego, por causa de la lepra, desde los 22 años de edad. Al principio, nos cuenta el doctor Buitrago, Mena tocaba sus obras en la guitarra y cuando fue perdiendo los dedos, transmitía las notas mediante silbidos.
En medio de tantas penurias y dificultades, lo extraordinario es la cantidad y calidad del legado musical de Mena. Sus obras más conocidas son los valses: Ruinas, Amores de Abraham dedicado a su amigo Abraham Morazán, quien escribía bajo el seudónimo Fisgón; Rosalía, dedicado a doña Rosalía de Icaza; Lola, en honor a doña Lola de Alvarado, la esposa del pianista y mecenas, don Pedro Alvarado Darío, primo de Rubén Darío, hijo de la tía Rita Darío de Alvarado; Recuerdos de Engracia, En tus Ojos, Emilio, Bella Margarita, en honor de la gran pianista Margarita Rochi de Alonso; Isabel, Duerme, Amores de Leonor, y otros que se perdieron. Así como canciones: Yo Pienso en Ti, Suspiros de Amor, Un Recuerdo, las tres dedicadas a la gran pianista doña Rosario Gil de Fiallos, madre del doctor Mariano Fiallos Gil; Sueños de Amor, Yo te Amo, A Ella, Las Hijas de Eva (romanza), Te Amo como un Eco, etc También compuso avemarías y misas de réquiem, marchas fúnebres y marchas militares, paso dobles, sones de pascua y villancicos.
José de la Cruz Mena padeció la lepra con resignación cristiana y sin quejarse. Cuando ganó el certamen de 1904 con su vals Ruinas dijo: Dios ha sido bueno conmigo. Murió el 22 de septiembre de 1907, a los 33 años y está sepultado en el Cementerio de Guadalupe de esta ciudad de León.
Creo que ya nadie discute que la trilogía de los máximos músicos que ha dado Nicaragua la integran Luis Abraham Delgadillo, en cuyo honor se celebró el Tercer Festival Centroamericano de Música de Cámara, José de la Cruz Mena, Job del pentagrama, como le llamó el poeta Antenor Sandino Hernández en un bello soneto, y Alejandro Vega Matus.