Camilo Zapata y Carlos Mejía Godoy.

El maestro y discípulo

Camilo atenuó la ingratitud de la lejanía con la destreza de sus manos y abrió flores, contribuyó a tender el puente para unir a Somoto con la capital. Fue en 1953 que al distante norte llegaron los primeros ecos del Solar de Monimbó. El disco de Somoto y de sus cercanías gracias a la comunicación […]

Camilo atenuó la ingratitud de la lejanía con la destreza de sus manos y abrió flores, contribuyó a tender el puente para unir a Somoto con la capital. Fue en 1953 que al distante norte llegaron los primeros ecos del Solar de Monimbó. El disco de Somoto y de sus cercanías gracias a la comunicación vial. En este sentido desempeñaba una doble función: la técnica ración del norte con los puntos intermedios de la geografía nacional, y la artística de beneficiarse él mismo y colmar a los pobladores con sus engendros musicales, con los colores que él puso a las faldas ignoradas.

La radio “catracha” invadía los lares nuestros. Nadie podía detener el asalto de las ondas hertzianas, intrusas indiscretas. Nuestros compatriotas tenían más tapices hondureños que nicaragüenses. La introducción de Solar de Monimbó, de Caballito Chontaleño y de otras joyas de nuestra tipicidad, despertaron el entusiasmo de los nicas aislados y fue así como comenzó a meterse Masaya en las cabecitas influenciadas por notas foráneas y no identificadas con nuestro tradicionalismo.

Uno de los muchachos residentes en Somoto que absorbió los ecos del Solar de Monimbó por primera vez fue Carlos Mejía Godoy. Las emisoras de Honduras publicitaban los nuestro “muy de vez en cuando”, daban preferencia a la música internacional como el tango, el bolero, la ranchera, el vals peruano etc., pero en alguna ocasión debía oír algo de lo propio y llevando la vocación por la música desde la adolescencia, desde que escuchó este son por primera vez, se le pegó ese ritmo “al seis por ocho” que constituye el son de Camilo debiendo “tararearlo” con tanta constancia que el ritmo de Camilo le quedó tan impregnado todo el largo trayecto de su posterioridad creativa. Carlos Mejía Godoy admite con sincera y honrosa placidez esa influencia a pesar de que afecto suyo ha sido la originalidad.

Un años después, en 1954, Carlos abandonó Somoto para instalarse definitivamente en ciudades como Masaya (con los salesianos), en Managua (como seminarista) y en otras latitudes cercanas de la capital. El folclor nicaragüense al reportarse a esas partes distantes dejó la tierra donde quedó el ombligo, tenía una carga liviana sobre su inteligencia de canta-autor intuitivo. Conocía muy poco o nada de su mundillo hasta que hizo el “debut” con la audiencia accidental del Solar y la profundización años después tanto en lo interpretativo como en lo personal de la obra de quien sería bautizado por él mismo como “el clarinero mayor” en reconocimiento a su jerarquía por la inmensidad prolífica y versátil. En esos tiempos era más conocida la música de Camilo que el nombre de Camilo. Obedecía esa ruptura de la lógica a que había tendencia de olvidar al autor por parte de los rústicos presentadores acostumbrados a no dar el crédito merecido al nombre y apellido de los mentores.

En el Salesiano de Granada Carlos Mejía Godoy, quien anteriormente tenía como único lustre su relación folclórica con un guitarrero llamado René Gutiérrez, “maiciado” de “mazurquitas”, auténtico campesino de la montaña, orgulloso del sombreron y de las sobrebotas, conoció a cinco nandaimeños, entre ellos Ernesto Zavala. Cantaban altivos como el indio mismo que los sustenta, El Nandaimeño. Aún oyéndolo no sabía quién era Camilo Zapata. Toda la música que oía de él tenía la sensación de ser de “autor desconocido”. Pero ya en 1955, estudiando en el Seminario Nacional, olfateó y sufrió un alarmante retroceso cultural que “retrataba de cuerpo entero” las imágenes cavernarias de la inquisición. “Para muestra un botón”. Los curas de la orden de Ávila, regentes de la institución religiosa, mostraron su preocupación por la letra del Nandaimeño concretamente por aquello de “hay por delante del platanal un terrenito para sembrar”. Los curas al presentar el son omitieron el párrafo incurriendo en un inexplicable acto de censura que homologaba al contenido con alguna suspicacia pornográfica.

El Nandaimeño llegó mutilado a los oídos de los presentes y por estricta curiosidad al preguntar la concurrencia de quién era la canción censurada, se dio a conocer el nombre de Camilo Zapata. Carlos Mejía Godoy sabe gracias al incidente cómo se llama el compositor nicaragüense cuya música tanto admira, pero no sabe si está vivo o está muerto. Pasaron los años y hasta en el setenta y uno, siete años después tuvo la oportunidad de conocerlo personalmente en una velada celebrada en el Teatro González de León. Ve de lejos el tinglado donde estaban sentados varios artistas nicaragüenses premiados cada uno de ellos con una medalla. Tantas ha recibido Camilo. Ahí dentro de ese grupo estaba Camilo. Agregaba una medalla más en el estuche cristalino, la clásica urna donde el creador muestra como si fueran criaturas vivientes, la obra sin proponer quizá la vanidad de dotarlas de larga vida pues prolongados han sido los años disfrutados en moda permanente por cada uno de esos sones.

Se daba cuenta Carlos Mejía cómo era Camilo Zapata, comprobó que estaba hecho de carne y de hueso, que era flaco como un palillo de fósforo, que era moreno como la mayoría de los nicaragüenses, que era hombre humilde y servicial. Ahí lo vio tirando autógrafos a través del foco de la distancia y él quería uno. No pudo saludarlo personalmente, el público hacía lo imposible por verificar a los personajes, entre los cuales se encontraban Pepe Ramírez, Erwing Krüger, a quien Camilo recuerda como uno de sus mejores amigos, infinitamente cercano a la efusión por el criollismo citadino (autor de Barrio de Pescadores), Rafael Gastón Pérez a quien se atribuían una orejas milagrosas por lo que había dentro en materia de sensibilidad auditiva y otros militantes de la luminosidad artística de la época.

Se trasladó de León a Managua en 1972. La Alforja Campesina no nació en la soledad. Las primeras veces que Carlos Mejía la sacó a la ciudad tuvo honrosa compañía. Cuando el autor supo que iba a ser presentada en La Hora Nacional que era de los Somoza, se sintió sumamente elevado en su calidad de joven compositor (19 años de edad) al saber que su balbuceo estaba programado para presentarse al lado de una canción de Camilo Zapata. La inclusión lo ponía a “escupir en rueda” lo cual le permitía evadir la timidez de principiante. Y lo cierto es que la alforja quedó pegada en los hombros campesinos.

En el año 73 un canta-autor cuyo nombre tuvo abreviada resonancia publicó un manifiesto donde expresaba su preocupación porque “cierto cantor de marras” estaba desvalorizando al son nica con sus trovas poniendo en peligro la pureza del canto nacional. Obviamente se refería a Carlos Mejía Godoy. El festinado crítico consiguió respaldar su documento con veinte firmas de compositores nicaragüenses. Sin embargo, cuatro de ellos porque no se les encontró o no estuvieron de acuerdo con el pronunciamiento, no lo suscribieron. Entre ellos, Camilo Zapata, Salvador Cardenal, Erwing Krüger y Otto de la Rocha. El manifiesto salió publicado en el diario La Prensa, y dolió y satisfizo al aludido. Le satisfizo, porque personajes como los mencionados no aparecieron en la condena y le dolió que un proyecto juvenil que buscaba “a su manera” las intimidades de la campiña haya merecido la violenta reacción de algunos de nuestros inevitables elefantes del purismo y de la musicóloga.

La posición de los cuatro anteriormente señalados, dentro de los cuales figuraba el criterio pionero de Camilo, fue decisiva en la formación cultural y “toma de conciencia” del muchacho que comenzaba a desplazarse en el exigente ambiente de la promoción autóctona. Pero las aguas de la emoción llegaron a su más alto nivel cuando maestros como Camilo Zapata y Erwing Krüger lo invitaron a una reunión formal de la Asociación de Cantaautores Nicaragüenses (ACAN) donde sus rondas por la primicia dejaron de ser una incógnita. Ahí en esa reunión tuvo la oportunidad de saludar personalmente e identificarse a plenitud con Camilo Zapata, Tino López Guerra, Gilberto Buitrago Ajá y otros legendarios.

Un año después, siendo profesor de iniciación artística en el Maestro Gabriel, hizo monografías sobre Camilo Zapata, Tino López Guerra y Justo Santos. Comenzó a interpretar El Solar de Monimbó, El Zopapo, y Teustepe. En Alemania comprobó con la entrañable satisfacción de quien está lejos de su país, que la música del “clarinero mayor” no tenía fronteras.

No estaba tampoco dentro del bullicio “tugurizado”, dentro de la densidad de la barriada catapultada por el desorden. Trascendía lejanías como lo explicara por el desorden. Trascendía lejanías como lo explicara una reseña sobre como se sintió su son en Corea.

Camilo fue al afortunado recipiendario de tres premios consecutivos en el Festival de Santa Ana en El Salvador. El primero de esos tres galardones lo ganó con Cara al Sol. Nuestro biografiado (decir biografía podría ser una pedantería, decir aproximación estaría más adecuado) es también autor de notas navideñas. Navidad, “Navidad, /levantemos nuestras copas/ a brindar por la amistad/ para niños de pesebres/ que no lloran por llorar/ campanitas de juguetes/ biberones, leche y pan/ Navidad Navidad” y sigue el estribillo de un villancico recordado y venido al alma cada diciembre, mes colmado de venturosa ilustración armónica con motivo del supremo advenimiento.

Parte de su discografía es una grabación con los uruguayos “zorzales guaraníes”. Cualquier territorio es permeable para complacer los caprichos y suntuosidades a veces personales del “libre pensador” y para que haya debate hay siempre una larga y ancha vía para darle hospedaje. Se comentó entonces en la intensidad bullanguera del corrillo, que la música de Camilo no resultaba apropiada para ser tocada en arpa. Uno de los defensores del derecho de ser llevado a esa celestial magistratura de las cuerdas fue Carlos sacándolo de las limitaciones terrenales de la guitarra, basándose en que cada autor tiene el derecho de plasmar su imaginación en total libertad. Robusteció su planteamiento en una entrevista en la cual dijo: “Si Darío hubiese sido silenciado por los inquisidores de su tiempo, quienes lo tildaron de muchacho díscolo, mal hijo de Nicaragua que anda proclamando bellaquerías en versos, la lengua de Cervantes hubiera perdido a su libertador”.

En esos corrillos se puso en la mesa una polémica subrayada por los irremediables perfeccionistas. ¿Cuál es el verdadero son nica? Camilo dio con la invención de su métrica (de su muy “camiliado” ritmo en seis por ocho) una pauta generosa para que otros la siguieran y la enriquecieran no dejándola en el estancamiento porque todo canon original sin pervertirlo tiende a evolucionar.

“Camiliámela… camiliámela”, es la alegre exigencia que parte del ensayo donde los Mejía Godoy —el grupo redondeado— se preparan a montar una de las piezas de Camilo, o podría ser de otro compositor, pero en la búsqueda del sabor del “son nica”. Los ejecutantes “camilean” el ritmo, obedientes con la apropiada sugerencia del director. “Camiliar” significa entonces tanto en la tertulia preparativa como en la consumación de la interpretación pública, pulsar, tocar, sentir el “son nica” cincelado como si fuera un aria.

Dos conocidos de ayer y de hoy contribuyeron al afianzamiento de la amistad entre Camilo y Carlos, Carlos Lang. (Hijo de Guillermo Lang) y Otto de la Rocha cuyo estilo penetró en el gusto nacional desde que por primera vez apareció cantando en el escenario. Las tertulias fueron dándose en la medida en que los dos compositores intercambiaban inquietudes, proyectos, visiones, sueños, alegres y tristes realidades. Fue en el año 1970 que Carlos Mejía Godoy en el programa El Son Nuestro de Cada Día, comenzó a estudiar detenidamente, profundizar —diríase mejor— la música de Camilo, en Radio Corporación. Advierte en la nutrida y constante exploración, ángulos vitales. Primero, véase la melodía. Ellas llevan esparcidos legítimos racimos de la ingenua música del campo. Los términos muestran respeto merecido por las normas de vida de la campesina y del campesino. Hay una pureza absoluta del lenguaje captado seguramente en su militancia profesional y espiritual sobre los polvosos caminos de Nicaragua. Sin embargo, con toda esa carga de ingenuidad no podría desestimarse nunca la destreza versátil. Las melodías son ricas en matices musicales. Si se repite, se repite poco. No se abusa del estribillo. Está estratégicamente montado. Captan en la escrupulosa reiteración, la atención del oyente.

Hay diferencias bien marcadas entre canción y canción. Carlos Mejía dice que entre Solar de Monimbó y El Nandaimeño hay una distancia bien perceptible. Nada tiene que ver la una con la otra. Pertenecen a la misma familia pero cada descendiente tiene su nariz, su historia, su sello, primas o primos bifurcados en el sendero maestro. Largas es la distancia que hay con Flor de mi Colina, Juana la Chinandegana, Teustepe y El Sopapo son otras melodías, otras concepciones en el contemplativo y activo paraje de lo bucólico. La heterogeneidad en la obra de Camilo según la espontánea disección es sorprendente. Melodías dulces, cambiantes, llenas de una nobleza incomparable. Véase ahora el terreno de la armonía. Es la armonía tradicional tónica dominante y sub dominante. El canto se mete, vagabundea en el follaje, saca de la raíz el aroma abierto de las cañadas notándose no obstante, a pesar de la frugalidad de las novedades expuestas, una propuesta que da a los arreglistas margen para la invención, sabrosa y placentera. No hay pues ninguna razón para quebrar la mollera y fastidiarse en la búsqueda del frescor para hacerla asequible a la imaginación de cada modificador formal y no de fondo. El polifacético hombre de radio Sidar Cisneros quien apoyó a Camilo durante fue director de Radiodifusora Nacional en la época del gobierno del doctor René Schick, expresó una vez que “el hecho de ser topógrafo le permitió a Camilo medir y remedir la piel desnuda y telúrica de la Patria”.

Ya hemos dicho que fue también telegrafista. ¿No habrá acaso la “clave morse” influenciado en él? A través de ese método original que mide la capacidad del hombre para comunicarse se genera un ritmo que se introduce a los huesos, a la sangre, a la piel. Carlos Mejía Godoy se expresa así, es sacudido por la emoción cuando habla de Camilo. No oculta su euforia. Y Tararea los matices del Solar de Monimbó. Pero ahí está el “chu-chun-ga, congo ya” del Solar. Es diferente al “cho-chong-guete” de otros sones dentro de los cuales hay mucha variedad. Camilo, compositor de boleros, de tangos, de himnos, es autor también de preciosas mazurcas. Los de Palacagüina le grabaron Mazurca… y no hay ripios. Va agarrando a la canción con todo lo complicado que es la utilización del ritmo, de la rima consonante con la rima disonante anotándose también como otra faceta, el atrevimiento en las metáforas como aquellas que afloran en Flor de mi Colina en la cual, como en muchas de sus obras, logra el maridaje de la música con la letra.

La mayoría de los compositores paren sólo la música. En su parte nacen dos criaturas: la música y la letra. No puede haber sólo música, ni puede haber sólo letra. El matrimonio —totalmente armónico y sin disparidades— está presente. Es pues letrista y músico a la vez.

Luego de sentirnos frontalmente víctimas del terremoto, todos los habitantes de Managua, hurgando sobre las piedras dispersas, sobre los retazos regados de la catilinaria mortuoria. Carlos Mejía compuso Panchito Escombros. Imaginó al arquetipo de la pobreza con su camisa agujereada sobre lo que la estructura de Flor de mi Colina». Camilo dice “bajo a la cañada/ no te importo nada/ con que estoy aquí/ te doy mis tonadas/ por las madrugadas/ sin poderte ver/” y Carlos canta: “me llamo Francisco y soy medio bizco mis ojos así, a mí me hacen rueda en las polvaredas del Reparto Schick”. Su idea fue hacer un son “camiliado”. Y si va al contenido, ¿qué hay en él? Amor profundo por Nicaragua.

La Prensa Literaria

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí