Miembros de la camerata bach.

Colosal encuentro

En el XIV aniversario de la Camerata Bach, la Orquesta Sinfónica de El Salvador lució sus mejores melodías Peter Ilitch Tchaikowsky (1840-1893) coronó con la coda eclesial y épica el concierto conmemorativo de los 14 años de la Camerata Bach, celebrados por la Orquesta Sinfónica de El Salvador el 14 de marzo en el Teatro […]

  • En el XIV aniversario de la Camerata Bach, la Orquesta Sinfónica de El Salvador lució sus mejores melodías

Peter Ilitch Tchaikowsky (1840-1893) coronó con la coda eclesial y épica el concierto conmemorativo de los 14 años de la Camerata Bach, celebrados por la Orquesta Sinfónica de El Salvador el 14 de marzo en el Teatro Nacional Rubén Darío, bajo la dirección de Germán Cáceres.

La motivación que una vez más pone medallas laudativas en la cultura nicaragüense podía extenderse en el lenguaje de la idealización a la fiesta inaugural consagratoria de la Iglesia El Redentor en Moscú cuando levantose la campaña invasora de Napoleón

La primera vez la obertura fue interpretada en la plaza frente a la propia Iglesia con campanas exaltadas y escándalos de artillería.

La complicidad peticionaria y triunfal de las dos formas sacó de sus límites al concierto, restringido por el metraje previsto para las salas por mucho que estas sean dotadas de la expansión para ubicar en ellas las justificaciones numéricas de sinfonías como las de Gustav Mahler o de poemas sinfónicos como los de Richard Strauss.

El escenario tiene su techo mas no el libertinaje de los aires ni la capacidad de una plaza como la de Moscú. Aquella noche estábamos en un mundo físicamente apartado de la concepción original. No teníamos de frente ni la maqueta del templo construido a propósito de las osadías del interventor ni la disponibilidad terráquea de poner en audaz fila a unos extraños, a los cañones, instrumentos de la batalla vomitando fuego. Ni tampoco tenía la Orquesta Sinfónica de El Salvador los numerosísimos músicos para hacerla sonar como lo demandaban los mandamientos ampulosos del gran orquestador (es vital en el final una adición complementaria de instrumentos de viento) que plantea en esa obertura una excepción: está destinada a un acontecimiento evidentemente histórico y guerrero, por lo tanto evade por esa vez su música generalmente dolorida, música con piel que saca llagas del más leve ultraje, que grita cuando es lastimada, madera, metales y cuerdas llorosas

La obertura 1812 con todo y el esquema de su forma sonata es salmodia en su prolongada y angustiada introducción en la cual los oboes y la ejecución bravía de los violonchelos, esa arcada feroz de las cuerdas en un solo ininterrumpido tirón, deben reflejar el miedo y las ansias de victoria, de ahí la melodía angustiosa ante la proximidad de la batalla anunciada por la fanfarria de las maderas y el redoble del tambor militar.

Hubo mucha distancia recorrida en esta florida presentación por sus diferentes colores —grises y exaltados— pues no era lo mismo haberse sentido antes de la 1812, en los Pinos de Roma dibujados por Ottorino Respighi, el discípulo magistral de Debussy. Siendo diferentes los requisitos para pasar por sus lienzos por las vías de la armonía, sintióse la emoción del exitoso diagnóstico paisajístico de las Fuentes de Roma (1916) estrenada bajo la dirección del propio autor. En esta ruta del viaje “el detente” se da con Los Pinos (1924). Los tonos pastorales en el alba se mediatizan cuando se producen las bandadas de las golondrinas vespertinas con los adornos orquestales hechos para las lágrimas en la entrada de una catacumba para lo cual el compositor prefiere ser melancólico y sombrío como las sombras otorgadas por los propios pinos, los protagonistas de una densidad en crescendo en todo el trayecto. Para tratar comparativamente dos ejecuciones de orquestas distintas, una europea, otra centroamericana apelamos al recuerdo de una orquesta española que la presentó en Madrid. Ella apeló a un disco para reproducir la voz del ruiseñor, su trino sobre la bruma matinal de la vía Appia. Esta vez pareció más sobrio oír solo a la orquesta sin esos apoyos técnicos cuando se quiere gozarlo todo en vivo y sin el auxilio de ninguna interferencia mecánica. Vimos a Ottorino Respighi (1879-1936) echarle un vistazo a la vieja Roma con la influencia de los caprichos de Korsakov. Antes de andar por esos paisajes se enalteció el orgullo patrio al completarse la gama con una estancia en el patio criollo al inclinarse guitarra en mano Walter Quevedo, quien puso la nota complaciente al interpretar como solista el concierto para guitarra de nuestro Luis Abraham Delgadillo cuyo nombre —siempre se ha lamentado— permanece oculto. Su repertorio serio, de fácil identificación con lo clásico, con lo académico, con lo que cabe en cualquier sala selecta del mundo, más sonatístico que vernáculo, en el caso de la noche conmemorativa un factor reminiscente de la dignificación otorgada a la guitarra con el cariño sentido por maestros como Rodrigo, Albeniz, Segovia.

Afortunado el despegue de este vuelo espiritual con Edgard Hagerup Grieg (1843-1907). Las lámparas de Peer Gynt, iluminaron su memoria. La sencillez acompasada no obstante los reflejos operáticos wagnerianos al desplazarse la flauta y el oboe en una de las graciosas concomitancias, después cuerdas, después trompas en la planificación y realización del montaje pasando por el gorjeo de los pájaros, por la muerte de Ease, por la danza de Anitra, sentida la alianza de las culturas europeas, la mazurca polaca, el cromatismo alemán, la influencia nórdica. Desarrollo grandioso de los números con el fagoteo cómico, la conmoción fúnebre, las estridencias del oboe y la flema suntuosa de los contrabajos. Noche llena de arte, de penetrante y profunda evocación.

La Prensa Literaria

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