Jorge J. Cuadra V.
Desde su nombre no es común y viendo la labor que ha desarrollado y los resultados positivos de la misma, su padre tiene que haber sido un visionario al haberla bautizado con el nombre de Aguas, porque no hay nada tan controversial y dinámico como el agua. Basta ver el mar, que a veces es un espejo de tan quietas que están sus aguas y a veces tan brutal como el tsunami que mató a más de trescientas mil personas en Asia, para comprender su poder. Así es Aguas Ocaña, la dama de los niños pobres, quieta como una amorosa madre y furiosa como un huracán al llevar ayuda a los que la necesitan.
Nicaragua salió premiada con la llegada de esta estupenda mujer, que bien puede estar en su tierra natal, España, gozando de una situación cómoda y próspera, pero prefiere moverse en el infierno de los países pobres, rodeada de miseria y de violencia, salvando vidas en el mar tempestuoso del vicio y la ignorancia.
Rodeados de corrupción como estamos, debemos cuidar a este ángel que nos cayó del cielo y ayudarla en su labor generosa y noble. Debemos cuidarla para que la marea sucia de la envidia no enturbie su trabajo de lazarillo misericordioso, ni la calumnia entorpezca el esplendor de su caridad infinita.
Dios envió a Aguas Ocaña al lugar correcto, en donde su presencia será la esperanza de los desheredados de la fortuna. Que Él la acompañe en su nueva misión celestial. Creo que Nicaragua entera desde ya la apoya y agradece todo el esfuerzo que va a volcar entre nuestros niños pobres y nuestras mujeres desamparadas.