- PARA comprender la evolución del habla nicaragüense es necesario examinar los tres manuscritos del Españáhuat, dialecto mixto fijado en El Güegüense, que lograron conservarse de esta obra dramática y danzaria. Pero antes resulta indispensable establecer que surgió al margen del proceso escritural, de la dinámica colonialista y de la cultura letrada. En efecto, su estructura subyacente se remonta a los cantos quisquillosos de los cuecuencuitlatl de los nahuas de México y su protagonista procede del tetlahuehuetzquitli o farsante chocarrero. Así lo han identificado, respectivamente, Carlos Mántica e Ignacio Cristóbal Merino Lanziloti; pero su argumento y contexto histórico —tal como la obra llegó a nuestros días— remiten su concepción como fecha más antigua al año 1635
Sin embargo, ya pasado el trauma de la conquista, todo indica que El Güegüense se articuló en una primigenia pieza oral con dos objetivos: divertir a los indios y enseñarles a leer; tarea emprendida por curas doctrineros en los pueblos indígenas de la antigua Manquesa —la Meseta de los Pueblos—, adquiriendo una fisonomía pueblerina. Un inevitable proceso de carnavalización, desarrollado en las fiestas religiosas o patronales, impulsó también su nacimiento. Tal lo sugiere el testimonio de Antonio de Cibdad Real el 5 de junio de 1586, durante la celebración del Santísimo Sacramento en Granada. En la procesión —dice— iban jóvenes españoles enmascarados, un mulato que hizo el papel de cómico y algunos indios. Todos, bien ataviados, bailaron en las calles durante varias horas. “Hubo muchas danzas y bailes de indios”, anotó el fraile franciscano (1965: 21).
Pero, igualmente, El Güegüense revela que comenzó a gestarse otro proceso: el del aprendizaje del castellano. Los indios de la provincia de Nicaragua, de acuerdo con el Teatro Eclesiástico de la primitiva Iglesia de las Indias Occidentales (1647) del maestro fray Gil González Dávila, eran “los más ladinos en la lengua Castellana que tiene la Nueva España” (1992: 3). Es decir, hablantes del idioma español que había entrado en contacto —desde principios del siglo XVI— con las lenguas indígenas, especialmente con el nahuat (sin /l/ o sólo con /t/), conocido aún por nahuate, pero entonces ya extinto a finales del XIX, como lo constató Carl Herman Berendt en sus Palabras y modismos de la lengua castellana según se habla en Nicaragua (1874), nuestro primer diccionario de nicaragüensismos y el cuarto de americanismos conocido hasta ahora.
1. UN DIALECTO MIXTO: ADSTRATO DOMINANTE Y SUSTRATO EN DECADENCIA
El Güegüense, pues, representó un momento clave del habla popular: cuando el español había sido penetrado por la fuerza aglutinante de la lengua nativa, manteniendo sin embargo su predominio léxico, sintáctico y morfológico sobre el nahuate regional. En otras palabras, el adstrato dominante se imponía sobre el sustrato en decadencia. Tal como lo demostró el lingüista norteamericano A. Marshall Eliot en 1884 al estudiar este “dialecto mixto”, spanish-náhuat o, mejor, españáhuat como lo bautizó Mario Cajina Vega (1995: 55-57). “La construcción española —concluyó— ha sido tan escrupulosamente mantenida, las expresiones del español tan estrictamente usadas en forma natural y fluyentes, que uno casi podría llegar a creer que es el lenguaje de un español en sí”. O sea: de alguien nacido en la península.
El españáhuat de El Güegüense, pues, es más castellano que nahuate. Si en los años inmediatamente posteriores a la conquista —lo afirmaba hace tiempo Mántica (1989: 3)—, se dio una nahuatlización del castellano, en la época colonial se operó una castellanización del náhuat. Y este es, aproximadamente, el momento de la lingua franca en que se plasmó su texto.
Un texto con una pervivencia explítica e implícita del sustrato que sólo nuestros dos primeros güegüensistas —el mismo Mántica y Alejandro Dávila Bolaños— lograron detectar. Sustrato que aparece al principio de los parlamentos (del 1 al 10), luego disminuye o reaparece entremezclado con el español y, a partir del 207, prácticamente desaparece. Prescindiendo de la riqueza que ambos advierten en el uso de sinónimos nahuas, homónimos nahuas-castellanos, etcétera, inspirados por la relación homofónica, insisto en el predominio del español de este “mish-dialect”, superando sus voces en mucho mayor cantidad a las indígenas.
Se trataba de un dialecto “mixto” que, como fue anotado por Brinton, se extendió por Centroamérica, El Salvador, Honduras, Guatemala, a parte de Nicaragua y México, tras una rápida y temprana nahuatlización de las otras lenguas prehispánicas, para convertirse —según el mismo Brinton— “en una lengua corriente de los mestizos”. Al respecto, he registrado más de medio millar de palabras españolas legítimas y solamente 77 palabras en náhuat, de las cuales —cito a la nahuatlista alemana María Luisa Hemann-Roenen— 45 son más o menos comprensibles, 28 difícilmente comprensibles y 4, apenas, incomprensibles. Entre las primeras, naturalmente, figuran nahuatlismos del español hablado en Nicaragua ya en desuso (apupujado, hipato, pachaca, tecomajoche, totolatera, suche) o todavía vigentes (güipil, petaca, petate) y americanismos ampliamente conocidos (iguana, garrobo, papayo, guayabas).
2.LA NAHUATLALIZACIÓN DEL CASTELLANO
¿A qué causa obedeció esa nahuatlización inicial del castellano? Al hecho de ser declarado lengua oficial y de evangelización para el Reino de la Nueva España en 1570, por ser la más extendida en México y Centroamérica. Seis años más tarde, el oidor Diego García Palacio informó que en Nicaragua eran cuatro las lenguas indígenas que se hablaban: “pipil corrupto [o nahuate], mangue, marivio y potón”. De las cuatro, sin duda, el nahuate tenía el mayor número de hablantes.
Un documento de 1564 —o medición de tierras en Nandaime— lo revela. Difundido por el doctor Carlos Cuadra Pasos, deja ver claramente le preponderancia del náhuat. Dice: “Para proceder a la medición de las caballenas [del río Ochomogo hasta Nandaime], fue nombrado Pedro Montero, español, para la lengua mangue, porque hay muchos indios que la entienden; y además se nombró también un intérprete, el indio Juan Galán, para la lengua nahua, que es la que generalmente se habla [entre los indios] por esas partes” (1951: 114). Y no sólo por indios, sino por curas españoles con fines evangelizadores.
Las ordenanzas de Felipe II en 1565 y 1570 ordenaban que los doctaneros debían conocer la lengua materna de los naturales. Se daba, por tanto, una política plurilingüe que respondía a una realidad desconcertante. Mejor dicho: a las centenares de lenguas amerindias, que a principios del siglo XVI, eran cerca de dos mil, agrupadas en unas 150 familias lingüísticas, según los criterios de clasificación utilizados, como los de McQwown, Rivet o Loudotka. Baudot (2000: 39) afirma: “En los espacios americanos controlados por Felipe II, al subir al trono en España en 1556, el panorama lingüístico seguía siendo estremecedor. Sólo en México se hablaban bajo su reinado casi un centenar de lenguas, y cuarenta de ellas era de uso corriente en el territorio dominado por su administración”. De hecho, entre otras, el náhuatl lo hablaba un número importantísimo de usuarios, considerándose una “lengua general”. El mismo papel desempeñaban, en el área sudamericana, el quechua y el aymará.
La política de Felipe II era distinta de la iniciada por Carlos V, quien en 1550 había mandado que todos los indios debían aprender el castellano, fracasando en su empeño. Sin embargo, las misiones franciscanas —bajo el reinado del mismo Carlos V— habían elaborado, muy tempranamente, gramáticas y diccionarios para todas las lenguas llamadas “generales”. Así, la primera gramática en lengua náhuatl se debió a fray Andrés de Olmos en 1547 y el primer vocabulario de la misma lo compiló fray Alonso Molina en 1555. Ya bajo el reinado de Felipe II, el dominico fray Domingo de Santo Tomás ofrecía en 1560 una gramática y un vocabulario de la lengua quechua y en 1584 saldría de las prensas un manual de doctrina cristiana, en lenguas quechua y aymará, de Antonio Pichardo. El citado Daudot, concluye que en 1598, al terminar su gobierno Felipe II, “casi todas las lenguas amerindias contaban con una transcripción fonética al alfabeto latino, con gramáticas y con diccionarios, pero hay que destacar que los problemas planteados por una comunicación social eficiente no quedaban por ello resueltos, pese a contar con estos tan indispensables instrumentos” (2000: 40).
El Güegüense no está desvinculado de la política lingüística de Felipe II —quien, como vimos, en 1570 había recomendado la enseñanza amplia y urgente del náhuatl en el ámbito mesoamericano— interrumpida por Carlos II. Este monarca el 8 de agosto de 1686 y el 16 de febrero de 1688 emitió reales cédulas en las cuales insistía crear escuelas para los indios y en que aquellos que no supieran la lengua castellana, no se les concediese cargos políticos. Si en los cuatro años el indio no la supera: “la aprenda —especificaba— en el discurso de ella y sabida le habilite para obtener dichos oficios de república”.
3. “NO HABLAN OTRO IDIOMA QUE EL ESPAÑOL”
En 1748 buen número de indios de la Taguzgalpa y la Totogalpa —informa el filólogo hispanohondureño Atanasio Arranz— ya “alcanzaban” la lengua castellana que solían mezclar con vocablos de la lengua francesa y de la vazcongada. En El Güegüense se halla, en primer lugar, el galicismo cabriolé que, según Corominas (1954, I: 562), comenzó a utilizarlo el dramaturgo español Ramón de la Cruz (1731: 1794), en la segunda mitad del siglo XVIII, derivado del francés cabriole “por los saltos que dan estos coches livianos”. Y, en segundo lugar, la palabra del vascuense o éuskera “azetanago”.
El castellano de los indígenas a principios del XVIII debió haber sido muy elemental e influido por la fonética, la sintaxis y el léxico de la lengua materna; pero con los Borbones —a partir de Carlos III— se volvió a la original política monolingüe castellana. Para el monarca, según su real cédula de 1770, la única lengua del imperio debía ser el castellano. En otras cédulas posteriores reiteró ese mandato ordenando no permitir que se hablaran las lenguas de los naturales. De manera que en 1791 el científico Antonio de Pineda comprobó, refiriéndose a las gentes multiétnicas de Chinandega, El Viejo, El Realejo y sus alrededores: “no hablan otro Idioma que el Español” (1975: 72).
4.LOS TRES MANUSCRITOS
Lo mismo pudo haber afirmado de las otras regiones que comprendían la pax hispánica, donde las lenguas indígenas estaban ya muertas o relativamente agonizantes. No era, en particular, el caso del “españahuat” de El Güegüense; pero se le aproximaba. De ahí el célebre y celebrado parlamento 123 u joya verbal que no desmerecía compararse a cualquier clásico del Siglo de Oro, comenzando con don Miguel de Cervantes: Dice el MsLehmn:
Gobernador: Pues aquí es menester licencia, Güegüense.
Güegüense: ¡Válgame Dios, Señor Gobernador Tastuanes, viniendo yo por una calle derecha me columbró una niña que estaba sentada en una ventana de oro, y me dice: ¡Qué galán el Güegüense, qué bizarro el Güegüense; aquí tienes bodega, Güegüense; entra, Güegüense; aquí hay limón.. Y como soy un hombre tan gracejo, salté a la calle con un cabriolé, que con sus adornos no se distinguía de lo que era, lleno de plata y oro hasta el suelo, y así una niña me dio licencia, Señor Gobernador Tastuanes.
Comentemos algunos de sus vocablos y variantes en los tres manuscritos. Sin embargo, es necesario describir éstos previamente:
a)Manuscrito Álvarez Lejarza (MsAlvlej) de 29 folios y 25 x 13.5cm., incompleto: contiene los parlamentos 48-297. Rescatado por el doctor Emilio Álvarez Lejarza (1884-1969) en Catarina, pueblo del departamento de Masaya, hacia los años treinta del siglo XX, lo guardaba uno de los que “sacaban” la obra. Por su grafía en letra procesal y abreviaturas características se le ha atribuido el siglo XVIII en general como fecha de transcripción. Es el más antiguo que se conoce, el único redactado por una pluma nativa y servía de texto-guía para representación de la obra. Sin embargo, no se ha estudiado ni tampoco reproducido facsimilarmente completo. Apenas uno de sus folios.
b) Manuscrito Berendt (MsBrdt) de 42 folios y 23 x 12cm., copiado por el americanista alemán Karl Herman Berendt (1817-1878) en la ciudad de Masaya, fundiendo dos “originales” pertenecientes a los papales del doctor Juan Eligio de la Rocha, el primer gramático e indigenista de Nicaragua. Es el manuscrito que ha servido de base a las ocho versiones y recreaciones (las de Álvarez Lejarza, Pérez Estrada, Cid-Pérez, Mántica, Dávila Bolaños, Vigil, Arellano y Silva) y lleva de subtítulo: Comedia de los indios mingues y de título: Baile del Güegüense /ó/ Macho Ratón.
c) Manuscrito Lehman (MsLehmn) de 54 folios y 18 x 12cm., copiado por el americanista alemán Walter Lehman en la misma ciudad de Masaya, hotel Azcárate, entre el 13 y el 18 de diciembre de 1908, de otro original transcrito el 29 de junio de 1867, propiedad de Ramón Zúñiga, de Masatepe. Su original baile del Macho Ratón, contiene 11 parlamentos nuevos, dos de ellos en verso octosílabo, además de otro personaje: el Arriero. También ofrece una variante significativa: el personaje “don Forcico” recibe el nombre de “Torcico”.
Pues bien, en el manuscrito MsAlvLej se lee: “…cuando me columbré una moza”, y en MsBerdt: “…me columbró una niña”. Columbrar: divisar. Lo que veo y columbro, respondió Sancho. (Don Quijote, parte primera, cap. XXI), detalla Brinton. El DiccAut Consigna que columbrar es divisar alguna cosa de lejos, que apenas se puede distinguir y conocer. Corominas (I, 1954: 858) asegura que su origen es incierto: “parece haber sido primitivamente voz de germanía”. Fue documentado, por primera vez, en 1555. /Galán: El DiccAut trae tres acepciones. 1. “El hombre de buena estatura, bien proporcionado de miembros y airoso de movimiento”; 2. “Se dice también del que está vestido de gala, con aseo y compostura” y 3. “Vale también el que galantea, solicita o logra alguna mujer”. Todas ellas se aplican al protagonista, pero la más válida es la tercera. /En MsAlvLej: “…y como soi un hombre tan gracejo salté a la calle con mi cabriolé”. En MsLehmn: “…salté a la calle con mi cabriolé lleno de sínceles”. En la grabación de Salvador Cardenal de 1967, se conserva el mismo parlamento.
Cabriolé: tipo de chaqueta de montar, sin mangas; no figura en DiccAut, ya afirmé que era un préstamo del francés y que Corominas lo documenta en la segunda mitad del XVIII. “Cabriolé es el coche pequeño que cabriolea, es decir, que corre a saltos”. Se trata de un coche descapotable, es decir, que tiene una carrocería cuya capota es rebatible y cuyos cristales en las puertas son retráctiles, lo que permite transformar el coche cerrado en abierto. Cabriolé remite a la voz francesa del siglo XVI capriole y esta, a su vez, a la italiana capriola.
Dicho vocablo, refinado y dieciochesco, como otros tantos (basta recordar el título de uno de los sones: El Güegüense consternado y orondo) se utiliza con muchos más de tal raigambre hispánica que se localizan en el Cantar de Mío Cid: los adverbios adelante, adentro, aquí, arriba; los verbos alzar, andar, aparejar, arrear; y los sustantivos alguacil, alcalde, amigo, arena, sólo por citar doce vocablos con a inicial. O se reconocen arcaísmos como aventastes, aviados y endenantes.
5.EL LÉXICO CASTELLANO
Al mismo tiempo, el léxico castellano de El Güegüense incluye no pocos vocablos rurales, propios de arrieros (por ejemplo arados, desmonte, yugos, yuntas, capones); algunos tienen doble sentido sexual (estaca: miembro viril; potrero: putero, burdel). Otros designan parte de la anatomía humana (cola, piernas, narices, oídos) o animales (ternero, potro, pescado, sapo), son vulgarismos (además de los definidos, flución en vez de fluxión). Pero se integra a otras series de vocablos que reflejan no sólo al español como lengua dominante, sustentada en un ostensible prestigio que arrincona la del sustrato, marcando su evolución refinada o barroca.
De ahí también que el vocabulario de El Güegüense contenga términos relacionados con las danzas (sones, corridos, mudanzas, velancicos, sapatetas) o las monedas españolas de la época (doblones, cuartillos, maravedís, medios, pesos duros), comprenda términos de carácter administrativo (cabildo, insignia, depositarios, gobernador, licencia, mesas, notarios, papel blanco, pluma, provincia real, tintero, salvadera o secante), formalista: exclamaciones (recordemos el ¡válgame Dios! del Siglo de Oro) y saludos impuestos por el predominio social de la burocracia española; y comercial. Aludimos a objetos y atuendos que vendían o contrabandeaban los quebrantahuesos —apodo, emitido a principios del siglo XVII, del sector socioeconómico al que pertenecía el Güegüense con sus hijos—: cajonería, fardo, medias de seda, tienda, sombrero de castor, estriberas, zapatos de oro, etc.
Revisando el vocabulario español (sustantivos, algunos verbos y adjetivos), Víctor Pérez (1978) ubica cronológicamente cada palabra, es decir, el momento en que comenzaron a vivir en el lenguaje escrito, para concluir que la “hechura” de la obra —o fijación escritural— data de bien adelantado el siglo XVIII. He aquí quince de ellas: A la gorra (principios del siglo XVII, lo establece Corominas; gorrón: parásito: el que vive a costa ajena); adornos (circo 1600); bordado (principios del siglo XVII); brindar (idem: ofrecer algo voluntariamente); carpeta (1601); palabra tomada para encontrar galante, adjetivo que se localiza en una nota manuscrita al margen de la melodía novena —“El Güegüense consternado y orondo”— de la música adjunta al manuscrito del siglo XVIII, descubierto por el doctor Emilio Álvarez Lejarza. A las anteriores voces, suma cinco más: gamuza (1067), gracejo (1640), jilguero (principios del siglo XVII), jeringuita (idem), parabienes (siglo XVII, en singular; suponemos que la formación en plural es posterior) y perico ligero (1670).
6.“MÁS ESPAÑOL QUE NÁHUATL”
En fin, una autoridad hispanoamericana, Pedro Henríquez Ureña, ha sido muy claro sobre el españáhuat de El Güegüense: “Hay más español que náhuatl. Aunque las frases son en general sencillas, y se repiten mucho, hay demasiado español para quienes —se supone— no lo saben realmente… El español del Güegüense resulta, salvo momentos de mezcla, español normal”. Y agrega:
“Hay vagos indicios de arcaísmos: la exclamación ¡arra ha! que el copista no parece entender, corresponde a la antigua ¡arre allá! ¡hurriallá! del primitivo teatro español; hemo (hemos) por tenemos, concepto de posesión: el uso del futuro de subjuntivo hubiere… Hay formas que son anticuadas en el español culto de nuestros días, pero que están en boca del pueblo de México y la América Central: onde, silguero, endenantes, flución, venimos en lugar de vinimos, avistes y aventastes. Se usa el vos, característico de América Central…” El último se localiza en el parlamento 228, cuando el Güegüense pregunta a su hijo putativo Ambrosio de qué manera embarazó a una dama. “De dormir con vos, Güegüense”, le contesta.
El español, en fin, es legítimo; con pocas deformaciones, cambios semánticos, cambios de forma y cambios de significado y forma: Deformaciones pocas. Cambios semánticos: consolar se usa unas veces en sentido recto, otras veces (muchas) en sentido de divertir o de agradar; celar, en sentido de divertir o de agradar [también, JEA]; celar, en sentido de interesar o importar (“acaso no me cele”); ¡ya! (¡hola!) chocalá, refrigerio o comida. /Cambios de forma: tin equivale al verbo tener y a sus formas tenemos y tiene; rugeros en vez de rugidos; tinderia en vez de tienda; guajiqueño: oajaqueño… Cambios de significado y forma: asetato (de asentado): (siéntese); seno equivale a sin; sino a menos que; corcobios son pasos de danzas.
CONCLUSIÓN
El “españáhuat” fue una lengua mixta ubicada por Pedro Henríquez Ureña dentro de la primera zona dialectal de las cinco en que dividió la América hispanohablante: México y América Central. Yo sería más preciso: Mesoamérica. En tres elementos fundamentaba el maestro dominicano su clasificación: la proximidad geográfica de las regiones que la componen, los lazos políticos y culturales que las unieron durante la dominación española y el contacto con una lengua indígena principal. Y esta era el náhuatl, cuya abundancia léxica (el Vocabulario de Molina, en el siglo XVI, recogió veinte y nueve mil palabras y el de Mendoza, en el siglo XIX, unas sesenta mil) comenzó a enriquecer el español de México, irradiándose en toda la zona.
Henríquez Ureña puntualizó que la única región donde no tuvo incidencia dicha irradiación fue la Península de Yucatán, pues allí el idioma maya persistió con extraordinario vigor como lengua mayoritaria, resistiendo no sólo al náhuatl sino al español. Y añadía: “a veces han surgido lenguas mixtas, como el hispano-náhuatl que desde hace siglos sirve de lingua franca a tribus indias de Nicaragua… que no saben español, pero tampoco náhuatl: la lengua de los aztecas les llegó entretejida con la del conquistador español, símbolo de la fusión de dos civilizaciones imperiales”.
Si bien no estaba enterado que el hispano-náhuatl o “españáhuat” ya no se hablaba desde hacía mucho tiempo, habiéndose fijado en tres manuscritos —uno del XVIII, otro del XIX y otro de principios del XX—, el autor de Observaciones sobre el español de América demostró un auténtico interés sobre nuestro dialecto colonial, mestizo y popular, al dedicarle una apuntación precisa. Esta sustentó la superioridad del adstrato español sobre el sustrato nativo que hemos desarrollado, sin minimizar su sabia americana ni la nahuatlonomía de nuestros indigenistas por identificar al último.
FUENTES
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