A bordo del triturador, Julio Martínez López, desayuna.

Los recolectores: Exploradores de la pestilencia

Una cuadrilla de cinco hombres recorre las calles de Managua recogiendo los desperdicios de más de un millón de personas. Van soportando olores terribles y exponiendo sus vidas ante la contaminación atroz que carcome al país. De entre la inmundicia que otros desechan y tiran sin compasión, surgen oportunidades de sobrevivir para muchos que ven […]

  • Una cuadrilla de cinco hombres recorre las calles de Managua recogiendo los desperdicios de más de un millón de personas. Van soportando olores terribles y exponiendo sus vidas ante la contaminación atroz que carcome al país. De entre la inmundicia que otros desechan y tiran sin compasión, surgen oportunidades de sobrevivir para muchos que ven en la basura una opción de vida

José Adán [email protected]

Un alegre repicar de campanas, acompañado de una estela de aire agrio, anuncia la buena nueva: el camión recolector de basura ha llegado al barrio.

La cuadrilla 48 de la Dirección de Limpieza Pública de la Alcaldía de Managua ha salido al alba a hacer lo suyo en una ruta de 10 kilómetros por las calles del Distrito VI de la capital.

Poco a poco, la rutina irá apareciendo ante nuestros ojos y narices.

En algunos casos las bolsas saturadas de desechos pestilentes esperan en las afueras de las casas; en otros, los vecinos salen, todavía somnolientos y con expresión de asco, a tirar las bolsas de sus sobras.

Aquí sufren las narices de quienes alimentan a diario un problema sanitario que no solamente afea las ciudades, sino que las contamina y convierte en vertederos de basura en un modo de supervivencia para quienes no tienen más esperanza que vivir de lo que otros han dado por muerto.

DESAYUNO EN MARCHA

La sesión comienza en el plantel Los Cocos a las cinco y media de la mañana; la flota de 50 camiones ya calienta motores y los obreros, operarios y conductores, hacen fila para inscribirse ante un amanuense de administración.

Al azar, seguimos a la tercera nave que zarpa del plantel: un triturador Heil de la línea Mack. La unidad 04-k152 lleva cinco hombres a bordo.

El conductor es Carlos Téllez Cruz; un fiscal de operaciones, Luis Armando Burgalin, y tres operarios que recogen la basura y que generalmente van colgados en los pescantes traseros del camión que, aún cuando ha sido limpiado durante la noche, apesta a comida agria y animal muerto: José Esteban Almendariz, Julio Martínez López y José Omar Cerna Herrera.

Julio y José, ya la máquina en marcha, van desayunando; hacen malabares para probar cada bocado de una pana plástica y sorber el vasito lleno de café.

El vehículo se detiene justo a la entrada de un motel de camino y la labor ha empezado de la misma forma que terminará: los operadores bajan de sus pescantes, entran al motel y sacan cuatro barriles de desechos.

Lo que un cuerpo expulsó, el jugo amanecido y agrio que los amantes dejaron en los botes del motel La Sabana y todo aquello que un día fue, y hoy ya no, va ahí metido.

Cosas muertas, viejos trastos inertes, condones usados, papel higiénico, y allá, a la hora de la suerte, trapos viejos y zapatos rotos. Mucho plástico, mucho vidrio peligroso y no falta, cuándo no, la mascota fallecida.

UNA NUBE FÉTIDA

¿Qué predomina entre la pestilencia? Nada. Todos los olores, ácidos y picantes, dulzones a hojas podridas, a cebollas marchitas, a comidas agrias, a carnes putrefactas, se unirán en una nube fétida que, extrañamente, no ofende las narices de los operadores que van, en cada estación, hurgando con sus manos, sin guantes, sin cascos, sin mascarillas y sin trajes, cuanto recipiente de basura les sea posible.

“Al inicio me daba asquito, pero ahora ya no siento los olores, aunque de vez en cuando salen unos tufos que se me pegan por varios días”, cuenta José Omar, de 51 años y con ocho de recoger basura para la Alcaldía de Managua.

PESTES A LA ORDEN

Él forma, junto a su cuadrilla, un ejército de 514 hombres que recogen los desperdicios de más de un millón de personas de Managua.

Ahora tiene granos rojos en todo el abdomen y en las noches la picazón no le deja dormir en paz.

No está solo en sus noches de insomnio. Siete de cada diez recolectores padece de problemas de piel, infecciones respiratorias y otras enfermedades que ameritan tratamiento médico cada tres meses.

La causa no necesita explicaciones: ellos meten las manos en las bolsas de desechos y van jalando basura con valor: el vidrio en esta canasta, el hierro en este bote, el papel en esta bolsa y la ropa vieja en aquella otra.

GENTE INSENSATA

Ganan poco, con suerte llegarán a 150 dólares al mes, por eso meten las manos en los recipientes pestíferos en busca de materiales reciclables que puedan vender.

“¿No te da miedo enfermarte?”, le pregunto a Julio, y sin dejar de hurgar en la basura, responde que no, y que no usa los equipos de protección porque le dan alergia.

Esas manos, con las que más adelante, bajo la sombra de un almendro de la Primero de Mayo, comerá rosquillas y tomará gaseosas a pico de botella, son las mismas con que recogen los desechos de esta gente que, fría y asquienta de sus propias sobras, saca los desperdicios y ve con asco a los operarios.

“Me vale v… que me vean de mal modo”, dice Esteban. Sus manos están rayadas como mapas con cicatrices oscuras: “son los vidrios, la gente es grosera y mete toda mierda en la basura y por eso nos cortamos”, cuenta.

Luis Armando, el fiscal de la cuadrilla, lo secunda en la queja: la gente mete piedras, animales muertos, vidrios, latas, estiércol, bolsas de heces, agujas, jeringas y hasta material explosivo, como granadas y ojivas de misil.

“A la gente no le importa que uno se arriesgue, echan de todo y lo dejan hasta fuera de los recipientes. Ahí tiene uno que andar barriendo las esquinas porque la gente es tan haragana que ya ni en bolsas quieren meter la basura y sólo la van acumular a las esquinas”, dice Luis Armando.

El hombre se queja de que el trabajo siempre parece interminable: “Ahorita recogemos toda la basura, pero si pasamos en la tarde, ya hay otra vez basura acumulada”, se queja y posiblemente tenga razón: cada día nacen hasta diez basureros nuevos en la capital.

BASURA BUENA Y MALA

Pero no todo es malo para ellos: siempre hay basura buena y basura mala.

Ellos catalogan como la mejor basura aquellos desechos que se pueden vender.

“Los ricos tiran mejor basura, hasta ropa viene ahí y de vez en cuando vienen zapatos y adornos”, dice don Carlos. Y tiene razón: hoy han encontrado un viejo televisor Gold Star que está intacto y será vendido a algún taller de electrónica como repuesto.

Entre ellos se cuentan historias de grandes hallazgos en sus rutinas: el otro día encontraron una cámara de vídeo intacta que vendieron en 500 dólares.

En otra ocasión una anciana botó un saco lleno de papeles con heces, y al fondo, un rollo de billetes de cien córdobas que cayeron como bendición entre los operarios.

“Todo es suerte y valor. Hay basuras que hieden a perro muerto, pero ahí es donde pueden estar las cosas buenas, sólo hay que vencer el asco”, dice José Omar, quien ya ha encontrado un par de zapatos deportivos que apestan a queso agrio.

“Una lavada y quedan como nuevos”, dice, y los cuelga a un costado del camión.

De esos recipientes hediondos salen los juguetes de sus hijos, ropas para sus mujeres y hasta herramientas de trabajo. “De todo sale aquí”, dice Julio Martínez, pero para ello, primero hay que dejar la piel en los vidrios o sentir la pinchadura de las jeringas desechadas.

LUCHA CON LAS UÑAS

El director de Limpieza Pública de la Alcaldía de Managua, Modesto Rojas, asegura que la lucha contra la basura ha sido intensa y poco a poco han ido reduciendo los basureros ilegales de 170 que se detectaron hace dos años, hasta 70 que todavía son alimentados por los vecinos.

La lucha contra la basura, dice Rojas, es titánica y se hace con pocos recursos.

Cita que en Managua existen 121 rutas establecidas para la recolección de desechos, pero apenas se cuenta con 61 camiones, de los cuales 50 están activos.

Lo ideal sería un camión por ruta, pero Rojas está conforme con lo que tiene por un motivo: “siempre habrá basura y aunque metamos mil camiones, la gente siempre va a salir a tirar sus desechos en cualquier lado”.

Una báscula a la entrada del basurero municipal pesa la entrada de los camiones recolectores al final de la ruta, y va cuantificando los datos sobre los desechos: entre 1,200 y 1,500 toneladas diarias.

TONELADAS A LOS CAUCES

Ése es el noventa por ciento de la basura que logran recoger porque, según Modesto Rojas, hay asentamientos donde no pueden entrar los equipos por falta de caminos o carreteras y ahí quedan al menos cien toneladas métricas de basura al cielo abierto que, generalmente, son tiradas a los cauces o mandadas a botar en carretones jalados por caballos que las tiran en cualquier patio.

No en balde hay más de mil carretoneros que viven del traslado de basura en la capital, según cálculos de la Alcaldía de Managua.

Por 10, 20 y máximo 30 córdobas, los carretoneros llevan la basura a cualquier patio o cauce.

Cuando llueve, las corrientes arrastran los desechos al lago Xolotlán y en muchos casos los cauces se rebalsan de tanta basura y las corrientes riegan los desperdicios por toda la capital.

“Sólo en la limpieza de 46 kilómetros de cauces gastamos un millón 700 mil córdobas por año, para evitar que las corrientes saquen las basuras a las calles”, explica el funcionario de la comuna.

Para recaudar las más de mil toneladas de basura diaria, explica Rojas, se invierten hasta 55 millones de córdobas al año.

Aún así, todavía faltan recursos para recoger la basura que la gente tira fuera de las rutas de recolección: “Necesitamos al menos 15 millones de córdobas más para contratar más operarios y comprar equipos para mandar a limpiar las calles”.

El problema de la basura, explica Rojas, no es exclusivo de Managua.

“Todos los departamentos del Pacífico son los que más basura generan en el país. Al centro y al norte también hay problemas porque las Alcaldías del interior no cuentan con tantos recursos, pero generalmente la basura rural es más orgánica, lo malo es que en el campo al no haber cauces la gente la tira en los ríos y eso va contaminando las fuentes de agua que ellos mismos toman. Luego vienen las epidemias y las diarreas y las carreras al hospital”, explica Rojas.

Un dato del Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales señalaba que posiblemente el 85 por ciento de los ríos del país que han sobrevivido a las sequías están contaminados por desechos.

“Aquí la mayoría de la gente dice que quiere a su Patria, pero no la respetan porque tiran la basura por todos lados”, se queja Rojas.

RUMBO AL INFIERNO

La campana va llorando sus últimos repiques y a diferencia de la mañana, ya no es el mismo alegre repicar que anunciaba la buena noticia de la llegada del camión recolector.

El sol no parece estar tan alto y el metal del camión está caliente; eso, más el hálito fétido que emana del vientre metálico, hacen el ambiente asfixiante para los hombres de la cuadrilla 48.

Nada cambió el ritmo y el trabajo de hoy fue rutina pura por ocho horas: bolsas van y vienen, cosas salen de los botes para el reciclaje y ellos apenas hablan entre sí.

La panza del triturador ya no puede tragar más y es hora de depositar los restos.

Antes, los hombres de la cuadrilla venden el material reciclable y obtienen 120 córdobas que se dividen entre todos: en sus bolsas ya hay plata para un plato de comida.

La báscula a la entrada del basurero municipal les marca el peso del día: 7,560 kilogramos de basura comprimida.

Lentamente el camión emprende el recorrido sobre la planicie y un profundo hedor a animal muerto y heces fecales emana de todos lados.

Hay mucho humo en el ambiente, cerros de basura arden aquí y allá, bandas de zopilotes descansan sobre los promontorios y vacas felices mueven sus fauces sin preocupación, mientras una pandilla de perros cadavéricos disputa a ladridos los restos putrefactos de un caballo muerto; muy cerca de ellos, en medio de este panorama de apocalipsis, un niño y su madre hurgan entre los desechos.

Ella porta un rastrillo de dos garras y el niño, quizás de siete años, con una varita extrae latas y metales que luego va guardando en un saquito sucio que cuelga de su hombro

Las enormes montañas de basura y las nubes de moscas y zopilotes contrastan con el magnífico paisaje del lago.

El camión se abre paso entre el humo, guiado por una bandera roja que agita un operador de la Alcaldía.

Como si surgieran de debajo de los cerros de despojos, cientos de personas salen tras el vehículo; unas se suben al triturador en marcha, otras van corriendo a la par y detrás, y todas alistan sus varas, en espera que el panzón vomite la carga del vientre metálico.

Nadie da las gracias a los hombres de la cuadrilla 48.

MALOS HÁBITOS

Una encuesta sobre los hábitos de la población en el manejo de la basura, realizada por la Alcaldía de Managua en septiembre del 2004, reveló que ha disminuido el número de personas que aceptan tirar la basura en la vía pública.

La segunda encuesta sobre Hábitos de la Población en el Manejo de los Desechos, realizada por el Centro de Investigación y Asesoría Socioeconómica, reveló que en un año bajó el número de personas con malos hábitos de higiene.

De acuerdo a datos de la primera encuesta realizada en febrero del 2003, el 53 por ciento de personas tiraba la basura en la vía pública, en cambio ese porcentaje se redujo a un 27.2 por ciento.

Sin embargo sigue siendo mayor el número de personas con malos hábitos, que los más aseados: sólo el 24.4 por ciento afirman llevar la basura a su casa.

Ante la pregunta de por qué existen tantos basureros clandestinos, el 47% aduce que por falta de educación, un 16 % “porque el camión no pasa”, y el 1.5% argumenta que tiran la basura porque no pueden pagar para mandarla a botar.

Sin embargo, más del 60% de la población capitalina encuestada está dispuesta a pagar entre 5 y 20 córdobas a cambio de un servicio eficiente de recolección de basura.

MÁS BASURA

El Índice de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo reveló en el año 2000 cómo el fenómeno de la basura ha venido creciendo: En 1990 se producían en Managua 550 toneladas diarias. En 1997, la cifra ascendía a 1,000 toneladas, el 60% de los desechos generados en el país. Hoy, la capital genera cerca de 1,500 toneladas.

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