- La imagen de Santo Domingo de Guzmán fue encontrada en 1885 por el campesino Vicente Aburto. La primera vez que vino a Managua fue a la iglesia de Vera Cruz, que quedaba donde es ahora el Parque Rubén Darío. Santo Domingo fue el fundador de la Orden de los Predicadores o Dominicos. Fue modelo de virtud y santidad. Desplazó al verdadero patrón de Managua, que es el Apóstol Santiago
Roberto SánchezRamírezESPECIAL PARA LA PRENSAACADEMIA NICARAGËENSE DE GEOGRAFÍA E HISTORIA [email protected]
El párroco de la Iglesia de Vera Cruz observó la pequeña imagen, no mayor de veinte centímetros. Identificó el hábito propio de la Orden de los Predicadores, también conocidos como Dominicos. Guardó silencio, quedó viendo a Vicente Aburto y le dijo: “Es Santo Domingo de Guzmán”. Nacía una de las mayores expresiones de religiosidad popular en Nicaragua.
Era el año 1885, gobernaba Nicaragua el doctor Adán Cárdenas, del Partido Conservador, en cambio los alcaldes de Managua, electos por votación popular, eran liberales desde 1883, año en que asumió el joven José Santos Zelaya López. Le sucedieron Luis E. López y José del Carmen Bengoechea, quienes ocuparían importantes cargos a partir de la revolución de 1893.
Managua era todavía un pueblo extendido a lo largo de la costa del lago Xolotlán, con unos pocos barrios y unas cuantas iglesias, una de ellas la de Vera Cruz, ubicada donde es ahora el Parque Rubén Darío. Ni siquiera tenía servicio de agua potable, instalado en 1888. En donde todavía se conoce como el “Gancho de Caminos”, se juntaban el camino que iba para Masaya y el de Las Sierras de Managua.
VICENTE EL CARBONERO
Las Sierras de Managua estaban cubiertas de bosques y cafetales. Según la tradición, donde actualmente está el templo de Santo Domingo, en un humilde rancho vivía el matrimonio de don Vicente Aburto y doña Cirila García. El señor era carbonero y en tal menester salió a buscar un árbol, encontrando a corta distancia, uno de madero negro.
Vicente Aburto tomó el hacha y comenzó a cortar el árbol. Después de unos golpes escuchó un ruido y curioso miró donde estaba el corte, observando que en un hueco estaba una pequeña imagen que presentaba en el lado derecho de la cabeza la huella del hacha. Como vestía un hábito de sacerdote, el carbonero decidió bajar a Managua a consultar con el párroco de Vera Cruz.
El sacerdote estableció que se trataba de Santo Domingo de Guzmán. El padre guardó la pequeña imagen en el templo. A partir de la entrega surge una leyenda que relata cómo Aburto encontró de nuevo la imagen en el tronco del madero negro, la llevó otra vez a Managua y según la tradición el hecho se repitió varias veces, hasta que el sacerdote y Aburto hicieron un trato.
“LA TRAÍDA” Y “LA DEJADA”
Como las festividades de Santo Domingo están señaladas el 4 de agosto, hubo el acuerdo que la imagen fuera “traída” el primero de agosto de cada año y “dejada” el día diez. Se iniciaron entonces las tradiciones, la primera fue la de “la roza del camino”. La ruta se iniciaba en la capillita que estaba en Las Sierras, pasaba por La Morita, La Mora hasta llegar al Gancho de Caminos, allí el mayordomo de Las Sierras hacía entrega de la imagen al mayordomo de Managua.
“La roza”, tal como ahora, se hacía el domingo anterior al 1 de agosto, mientras los hombres volaban machete, las mujeres repartían chicha fermentada, rosquillas y cosa de horno, con el tiempo se agregó la cususa y los nacatamales, en la actualidad es larga la lista de lo que se bebe y come.
“La noche del coloquio”, la verdad es que gramaticalmente, la palabra coloquio nada tiene que ver con lo que sucede la noche del 31 de julio, ya que en lugar de un sainete, representado en la plaza pública, lo que ocurre es la elección de la india bonita, con presentaciones artísticas mientras que en el templo cantidad de promesantes llegan de rodillas hasta la pequeña imagen.
Todo lo anterior es precedido por un ritual que se inicia en la mañana del 31 con “la bajada”, cuando la pequeña imagen es sacada de su nicho y se realiza “la vestida”. El pueblo se vuelca con pequeños algodones que frotan en la imagen. En todas estas ceremonias bailan las vaquitas, promesantes al compás de sones de toros y los estallidos de cohetes, morteros y cargas cerradas.
Mientras la vela del Santo se realiza en Las Sierras, otra tradición, la del barco se efectúa en Managua, desde hace varios años en el barrio San Judas. Al amanecer es llevado al Gancho de Caminos, donde se espera a la imagen de Santo Domingo para conducirla hasta la iglesia del mismo nombre.
En Las Sierras apenas comienza el día se oficia la misa después de la cual sale la procesión. Antiguamente la imagen venía con gran cantidad de carretas y caballistas. La procesión tenía sus paradas en puntos tradicionales como la Cruz del Paraíso, La Morita (frente a Camino de Oriente), La Mora por Cristo Rey y el Gancho de Caminos.
Antes la procesión era acompañada de chicheros y marimbas, los bailes eran los de la gigantona, la vaca, los diablitos, la sirena y el entaburetado. El barco era montado en una carreta. Con el tiempo todo ha cambiado, “la roza del camino” es simbólica, ya que el asfalto y el adoquín apenas permiten que crezca el monte.
La chicha de coyol y maíz desaparecieron, los promesantes son atropellados por vulgares pandilleros que se dedican a llenar de aceite a los participantes en la procesión. Hasta las presentaciones artísticas no son parte de nuestro folclore. Los montados tradicionales y los caballitos cholencos fueron eliminados por los llamados desfiles hípicos.
El 4 de agosto el Santo recorre los más antiguos y populosos barrios de Managua, pasa por los mercados en un largo recorrido para luego regresar al templo. El 10 de agosto, la pequeña imagen es subida de nuevo en el barco que la conduce hasta el Gancho de Caminos, el mayordomo de Managua hace la entrega y la procesión sale hacia las sierras.
LA PROHIBICIÓN DEL ARZOBISPO
Para finales de la década de 1950, las festividades de Santo Domingo de Guzmán habían llegado a los extremos más degradantes de vicio y corrupción. La Iglesia Católica trató de enfrentar esa situación pero la decisión tomada por el Arzobispo, Monseñor Vicente Alejandro González y Robleto provocó una violenta reacción popular.
El domingo 7 de mayo de 1961 los templos de la Arquidiócesis, se conmocionaron. Con fecha 3 de mayo, el Arzobispo había firmado un edicto que alteraba la mayor tradición religiosa de los managuas. Basándose en un decreto del 5 de abril de ese mismo año, la Iglesia de Santo Domingo de Las Sierritas había sido elevada a categoría de Parroquia, quedando desligada de la Iglesia de Santo Domingo de Managua.
Según este decreto, no habría más “traída” de la imagen de Santo Domingo, recibiendo todo el culto sin salir de su propia iglesia en Las Sierritas. Lo que más impactó en la población fue el punto cuatro del edicto referente a que “los fieles deban tomar nota de no hacer más promesas de concurrir a una procesión que ya no podrá haber; y los que ya las hubiesen hecho, deban pedir a su correspondiente párroco se les cambie por otra obra buena”.
Después de tantos años nunca más habría “traída” y “dejada”. El edicto fue leído en las principales emisoras radiales. Pese a toda la campaña divulgando el edicto del Arzobispo, la imagen de Santo Domingo fue secuestrada el 1 de agosto y traída en procesión a Managua. El Arzobispo, vía telefónica les ordenó a los sacerdotes Jesuitas a cargo de la Iglesia de Santo Domingo en Managua que cerraran las puertas. La respuesta fue que diera la orden por escrito, Monseñor González y Robleto se negó y expresó que bastaba la orden por teléfono.
Cuando el acceso al templo fue cerrado, la multitud derribó una de las puertas y abrieron las otras. Se alzaron voces con mueras al Arzobispo. Poco después entró la pequeña imagen al templo. Al día siguiente se daría a conocer la ex comunión para los principales responsables de la acción. El 4 como de costumbre salió la procesión. El día 10 se realizó “la dejada” en medio de una gran muchedumbre agresiva en contra de los principales jerarcas del Arzobispado, Monseñores González y Robleto y Carlos Borge y Castrillo, Obispo Auxiliar.
En medio de la violencia surgió un nombre: Lisímaco Chávez, ex comulgado por el Arzobispo González y Robleto. El año 1962 no hubo problemas, para 1963 otra decisión tomada por la Curia provocó una grave situación. La imagen de Santo Domingo fue traída secretamente de Sas Sierritas a Catedral para permanecer allí todo el mes de julio y ser luego llevada de regreso. Se rompía de nuevo la tradición de “la traída” y “la dejada”. El 13 de julio otra vez Lisímaco secuestra la imagen y hace saber que la tradición se mantendrá. Se crea una gran especulación entre la población.
La Curia amenaza con nuevas excomuniones, sin embargo el 1 de agosto la imagen de Santo Domingo entra al templo y permanece custodiada día y noche por los partidarios de Lisímaco. El asunto llegó a extremos graves que hasta se pretendió levantar otra capilla sin tomar en cuenta a la jerarquía católica. El 13 de septiembre de 1963 ocurre otro hecho sin precedente, la Guardia Nacional interviene en el conflicto y son detenidos Lisímaco y Hernaldo García Caldera. Trataban de saber dónde se encontraba la imagen de Santo Domingo.
Todavía en 1964 hubo varios comités. La Jefatura Política de Managua condicionó la procesión a un permiso especial. El asunto llegó hasta donde el Presidente René Schick Gutiérrez y el General. Anastasio Somoza Debayle. El 2 de agosto de 1966 de nuevo se agita el ambiente y el doctor Pedro J. Quintanilla, Secretario de la Presidencia, le comunica al padre Ignacio Pineda, S. J. el apoyo del Presidente, el mensaje es “con instrucciones del Señor Presidente de la República Doctor René Schick, quien se encuentra guardando cama por indisposiciones de salud”. Falleció al día siguiente, el 3 de agosto de 1966.
La última gran demostración de esta religiosidad popular fue en 1973. La ciudad destruida desde la madrugada del 23 de diciembre de 1972, yacía rodeada de alambradas, restringido el acceso y bajo control militar. Casi como una conspiración hubo el acuerdo, “la traída” derribó las cercas y Santo Domingo entró de nuevo, en medio de los escombros como símbolo de un pueblo decidido a vivir a pesar de la tragedia.