Política y género

Carlos Fernando Olivas Montiel Llama la atención cómo en las campañas electorales los candidatos y candidatas ofrecen en sus programas de gobierno ser pluralistas, democráticos, trabajar por todos, sin discriminación alguna y con justicia social; pero una vez que llegan al poder todo se reduce en favoritismo y deudas partidistas. Este agravio aumenta cuando en […]

Carlos Fernando Olivas Montiel

Llama la atención cómo en las campañas electorales los candidatos y candidatas ofrecen en sus programas de gobierno ser pluralistas, democráticos, trabajar por todos, sin discriminación alguna y con justicia social; pero una vez que llegan al poder todo se reduce en favoritismo y deudas partidistas.

Este agravio aumenta cuando en el transcurso del gobierno se enarbolan dos temas en boga: el enfoque de género y la participación ciudadana, a reivindicar la participación efectiva de los seres humanos históricamente marginados: las mujeres, los jóvenes, los discapacitados y los ancianos.

Sin embargo, la realidad demuestra que estos nobles ideales son envilecidos por la mezquindad política partidaria, con la cual el mundo se simplifica: el partido que gobierna tanto a nivel municipal como a nivel gubernamental es el que toma las decisiones, reivindica sus derechos, se aprovecha de las dádivas del poder, y el resto —los que no son de su afiliación política— yacen en la indiferencia y la marginación.

Para éxitos últimos, no existe el derecho al trabajo (sólo son empleados los del partido que gobierna y los que se las ingenian en ser aduladores y güegüenses partidistas), ni derecho a la corresponsabilidad de los retos y toma de decisiones sobre el desarrollo socioeconómico y, menos aún, derecho a ser destinatarios de los beneficios sociales.

De tal manera que la participación ciudadana y el enfoque de género se reduce al ámbito partidista de la élite que gobierna. Esto es apenas la undécima parte de nuestro pueblo. Con lo cual se constata que en los microgobiernos (el municipio) y el Gobierno de Nicaragua existe en pleno siglo XXI, una de las más aberrantes discriminaciones sociales.

¿Será que estamos destinados a ser carroña de nuestros congéneres? ¿Qué le ha ocurrido a nuestra conciencia humana que ahora discrimina sin el más mínimo remordimiento? ¿Habrán quedado vestigios en nuestro corazón del odio que se cultivó en la década sangrienta?

¿Será posible que no podamos entender que si abandonamos o marginamos a nuestro prójimo, automáticamente el daño que nos causamos a nosotros mismos es doblemente mayor? De seguir así nos abocamos inexorablemente a asesinar nuestra conciencia humana y petrificar nuestro corazón —que es lo único que nos diferencia de los animales— y, acto seguido… la extinción.

Hagamos un alto en el camino, recordemos que sólo el humano puede salvar al humano. Y para ello, reconozcamos sus derechos inalienables y démonos el abrazo de la paz en el marco de la justicia social.

Concejal de San Carlos.

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