- Durante largos siete años un honrado ciudadano capitalino soportó el escarnio de saber que su mujer lo traicionaba hasta que al final la burla llegó a tanto que estalló
Anuar Hassan yEmiliano [email protected]
Generalmente, las historias de infidelidades conyugales tienen un toque marcadamente tragicómico, ya no digamos las que acaban mal, donde lo trágico no logra, a pesar de todo, borrar la sonrisa entre burlesca y conmiserativa que se apodera de quienes las conocen.
Pues ¿quién no ha gozado con las deliciosas narraciones que de esas ilegales relaciones nos han hecho, a lo largo de la historia de la Humanidad, sobre todo los grandes novelistas franceses e italianos? Aunque debemos reconocer que en algunas ocasiones los galos nos dejan un sabor amargo, como si lo descrito en esas páginas empapadas del más cruel escepticismo acerca de la fidelidad femenina nos pudiese ocurrir alguna vez en nuestras propias vidas.
No nos imaginamos cómo Guy de Maupassant hubiera abordado este caso pero es de suponer que con su inmenso genio habría hecho de él una joya más de su riquísimo tesoro literario pues todas los elementos que lo rodearon se prestaban para ello.
Nuestra historia, más bien el colofón de la misma, se ubica en una barriada proletaria en la Managua de 1975.
En una casa de esa barriada bautizada, de acuerdo con los ruines intereses políticos de la decadente dictadura somocista con el nada llamativo nombre de Unidad de Propósitos, residía la joven pareja compuesta por el chofer de transporte internacional Oscar González Sandoval, su esposa Carmen Gaitán Pérez y sus dos pequeños hijos.
Pero realmente, aquel no era un hogar, dulce hogar ni mucho menos. Y la culpa no era del marido. Porque: ¿a qué hombre con los pantalones bien puestos le puede resultar agradable el rumor, demasiado persistente, de que su mujer le tiene también bien puestos los cuernos?
Pero González tenía una paciencia jobiana, aunque esa virtud del santo hombre no tenga nada que ver con el problema que aquejaba a aquél.
Luego de un airado reclamo, que cada día se hacía más frecuente, González volvía a la calma… y a la cama.
Evidentemente estaba muy enamorado de su mujer. Más tarde, durante las investigaciones judiciales, se habría de saber que la esposa del amante de su mujer lo había puesto al tanto de la relación entre los dos adúlteros.
Muy temprano de la mañana del domingo nueve de marzo de 1975, mientras disfrutaba en la cama de su día de descanso, González fue sobresaltado por el ruido que hacían unas piedras al caer sobre el techo de su vivienda.
El ruido se repitió dos veces con intervalo de minutos antes de que González, irritado, se levantara.
Al salir vio frente a la casa a su compañero de trabajo Mario García Tellería con una piedra en la mano dispuesto a una nueva descarga.
El conocido jurista capitalino Byron Palacios, a cuyo cargo estuvo la defensa de González, nos dijo esta semana, cuando le pedimos que nos hablara sobre el caso, que a pesar de haber transcurrido más de 25 años desde entonces, recordaba con una extraña precisión todos los detalles.
¨Oscar era un hombre digno de lástima. Cuando no habían nacido los pusilánimes él ya marchaba adelante. Me contó con lágrimas en los ojos cómo su compañero de trabajo, García, hacía lo que quería con él y con su esposa. En su propia cara se la llevaba y encima lo zahería con sus burlas. Recuerdo que un 8 de diciembre le dio una soberana paliza y se llevó a su mujer¨, nos dijo el jurista.
¿Por qué aquél hombre soportaba tanta humillación?. El jurista no se lo explica. “Y eso no es todo. Las mejores ropas y zapatos que compraba era el amante de su mujer quien los estrenaba, pues así lo decidía ella”, nos dice.
Lo de las piedras sobre el techo era sencillamente la señal que los amantes habían convenido para citarse, práctica que iniciaron desde que se conocieron en la colonia Morazán, donde las dos parejas habitaron siete años atrás, nos reveló el abogado.
Pero aquella mañana la enorme paciencia de González se había colmado.
Con la mejor voz de esposo ultrajado reclamó a su compañero por su falta de respeto. Los gritos del marido atrajeron a la mujer, que salió en plan reconciliador.
Entonces García hizo el gesto de desprecio que tantas veces había visto el humillado marido y le dio la espalda, seguro de que, como siempre, nada habría de pasar.
Pero esta vez se equivocó. González había sacado consigo su revólver y extrayéndolo del bolsillo de su pantalón disparó una sola vez sobre la espalda de su rival. García cayó al suelo mortalmente herido.
Y entonces, como en una tragedia griega, el tantas veces engañado esposo hubo de ser parte de la desgarradora escena de su mujer, de rodillas sobre el cuerpo agonizante del amante, deshecha en llanto, de su boca se escapaban las más duras invectivas contra el asesino. ¡Aquello era la apoteosis del descaro!
Al día siguiente, la hembra fatal y la ahora viuda que nunca se habían visto las caras, se encontraron en la Policía para rendir su testimonio. La infiel admitió sin remilgos sus ilícitas relaciones con el camionero García, iniciadas siete años atrás en la colonia Morazán.
“Cada vez que él regresaba de un viaje del exterior pasaba por mi casa y luego de la señal convenida, nos reuníamos en algún lugar íntimo”, confesó sin tapujos ante la viuda, que se limitó a reclamarle que por su culpa sus pequeños hijos quedaron sin padre.
Ese mismo lunes, el abogado Alegría entregó a González en la Policía. Días después, el juez Noel Estrada fulminó al marido engañado con auto de prisión por haber disparado por la espalda contra un hombre desarmado. Después de unos siete meses en la cárcel, González fue sometido al veredicto de un jurado.
Para impresionar a los miembros del tribunal de jurado, el defensor Alegría los puso contra la pared con la inquietante pregunta de qué habría hecho cada uno de ellos en el caso de haberse encontrado en la misma situación del reo, engañado durante años por su mujer y escarnecido y agredido físicamente por el amante de ésta.
Los amoscados miembros del jurado no deliberaron mucho antes de regresar a la sala con un veredicto absolutorio para el pobre ca…mionero.
REPUDIO A LA ADULTERA
Cuando Carmen Gaitán cayó de hinojos junto al cadáver de su amante Mario García, muerto de un disparo por el marido engañado en una patética escena digna de mejor causa, los vecinos no acudieron en apoyo de la mujer, sino todo lo contrario. Los insultos que la adúltera profería contra su esposo fueron acallados por honestos hombres y mujeres que durante varios años fueron prudentes testigos de los desvaríos de la infiel esposa.
EL COLMO
El defensor de González, Byron Alegría, demostró tener una memoria prodigiosa al recordar el caso.
– Recuerda perfectamente que el lunes 10 de marzo de 1975 fue llamado por su cliente, el comerciante árabe Musa Farrach, quien le dijo que uno de sus trabajadores, Oscar González Sandoval estaba metido en un grave problema y necesitaba que lo ayudara.
– Farrach era propietario de una distribuidora internacional y tenía una flota de camiones entre cuyos choferes estaban González y García.
– De esa forma, Alegría entregó en la Policía a González, quien se había refugiado en la casa de su patrón.
– El abatido hombre le narró a su abogado, con lágrimas en los ojos, todas las humillaciones y burlas sufridas en los últimos siete años por culpa de su mujer.
– ¨Yo pensé que, aunque no fuese lo más juicioso, aquél hombre había soportado tanta ignominia porque, además de estar enamorado, su mujer era un monumento. ¡Pero qué va! Cuando la conocí me llevé una sorpresa. Era una mujer desprovista totalmente de encantos, vasta en todos los aspectos¨, nos dijo Alegría.
– Pero nos tenía reservada otra sorpresa. ¨Una noche, durante una fiesta en la casa de Farrach meses después del jurado de González, alguien a mi lado me señaló una pareja muy amartelada en una mesa vecina. Me fijo bien y veo que son González y su mujer. ¡La había buscado al salir de la cárcel! Entonces me di cabal cuenta de qué clase de hombre era aquél¨.