Cooperante norteamericana clama para no ser deportada

“Sólo pensar en que me tendría que ir, me parte el alma”, dice Dorotea Granada William Briones Loáisiga [email protected] Dorotea Granada, la enfermera estadounidense contra quien pesa una orden de expulsión del país por parte de Gobernación, rompió ayer el silencio a través de una “carta pública” emitida desde la clandestinidad, en la que niega […]

  • “Sólo pensar en que me tendría que ir, me parte el alma”, dice
    Dorotea Granada

William Briones Loáisiga [email protected]

Dorotea Granada, la enfermera estadounidense contra quien pesa una orden de expulsión del país por parte de Gobernación, rompió ayer el silencio a través de una “carta pública” emitida desde la clandestinidad, en la que niega tajantemente haber cometido algún delito que justifique su deportación. Al contrario, refiere que si la saca el Gobierno, virtualmente se muere.

“Toda mi vida me he dedicado a ser una mejor cristiana, siguiendo el camino donde Dios me lleve. Por eso vine a Nicaragua y este país me conquistó. Ahora, a mis 70 años de edad, me considero nicaragüense, porque para mí, ser o no ser nicaragüense es un asunto de corazón”, manifiesta en la carta recibida anoche en LA PRENSA, vía correo electrónico.

“Nicaragua es mi país, pensaba vivir el resto de mis días aquí, no tengo nada en ningún otro lado. Sólo pensar en que me tendría que ir, me parte el alma”, agrega.

Los problemas de Dorotea Granada empezaron a mediados de noviembre pasado, cuando el presidente Arnoldo Alemán visitó Mulukukú y un dirigente local del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) de Paiwas acusó a la enfermera de brindar atención médica sólo a pobladores sandinistas, hecho que desmienten los propios simpatizantes liberales de Mulukukú.

Tras la acusación se produjo un incidente verbal con el mandatario, que derivó días después en que agentes de Migración la visitaran y el 8 de diciembre fue buscada por la Policía para expulsarla del país.

Granada insistió en que nunca ha pertenecido a ningún partido político y asegura que lo único que ha hecho durante su estadía en Mulukukú, ha sido atender a niños y mujeres de esa zona.

“Me duele pensar que la comunidad donde he trabajado va a ser la perjudicada, no solamente porque una situación de este tipo crea inestabilidad e incertidumbre ciudadana en el lugar donde las heridas de la guerra están frescas, sino porque miles de familias campesinas quedarían sin atención y 45 mujeres pobres con un cáncer diagnosticado, estarían condenadas a la muerte”, lamentó Dorotea, quien dijo no comprender los motivos por los que quieren expulsarla.

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