Amalia Morales [email protected]
Auxiliadora Castillo siente un profundo cariño hacia los animales. En especial por los perros, en los que siempre ha visto un amigo fiel. Pero ese sentimiento disminuyó hace dos años, luego que un perro raza chau-chau la paseara por la frontera de la muerte.
Castillo vive en una solitaria quinta en carretera a Masaya, que como la capital está acechada por delincuentes. Un día, ante la falta de dinero para pagar un vigilante, decidió hacerse de un perro bravo que celara su casa.
Ya tenía tres: un pastor belga y otros de razas combinadas, cuya apariencia y ladridos no eran lo suficiente amenazantes como para espantar a un ladrón. Por eso no titubeó cuando un conocido le regaló un perro chau-chau, raza con muchas cualidades, pero la que más le interesó fue la ferocidad.
En tres meses el chau-chau malmató a los otros perros y agredió a la hija de su ama. Ante esos incidentes, Castillo quiso envenenarlo, pero falló.
Hasta la mañana del 20 de julio la doblegó su cariño al animal.
Ella lo iba a atar a la verja de una ventana de la casa, cuando el chau-chau le asestó la primera dentellada en su estómago. La segunda mordedura fue para su pierna derecha. Pero fue el mordisco que dio en la rodilla izquierda, el que prendió sus ojos en “verde fosforescentes”, según cuenta Auxiliadora Castillo.
De la rodilla el animal bajó y se pegó en su pie izquierdo. Con una presión en la trompa que Castillo calcula en 55 libras, el perro la arrastró por el patio de la quinta. “Me arrastró como trapito”, dice la mujer y recuerda que para entonces pesaba 190 libras.
La jardinera y la empleada que estaban en la casa fueron incapaces de reaccionar y zafarla de las iracundas fauces del animal que desgarró totalmente la piel y la carnosidad del pie de Castillo.
La pesadilla concluyó cuando unos vecinos lograron entrar y colocar, con la ayuda de la víctima, a la fiera debajo de una silla metálica. Lo último que el perro quiso morder fue su cara, pero sus oportunos brazos, que sufrieron unas 55 perforaciones, lo impidieron.
Puesto bajo la silla y con la ayuda de los vecinos, Castillo no tuvo más alternativa que eliminar a su agresor, el que afortunadamente no tenía rabia.