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Tal vez la ciudad no tenga grandes atractivos turísticos, pero sí personajes como don Manuel Gutiérrez o doña Cándida Rosa, que ya casi no se encuentran porque ahora nadie cree en historias de aparecidos, porque como dice el anciano, “estos muchachos de ahora son más diablos que el mismo diablo”.
Doña Cándida Rosa Peña tiene 30 años de vivir a la orilla de la cueva “La Gallina”, sitio de gran interés arqueológico por encontrarse en el techo de esta cavidad, una de las mayores muestras de la herencia cultural de nuestros antepasados: Los petroglifos de Montelimar.
Son dibujos de diferentes animales esculpidos con admirable destreza en el cielo raso de esta cueva, ubicada a pocos metros del kilómetro 59 de la carretera Managua-Masachapa. Hasta este lugar han llegado decenas de científicos de todas las latitudes en afán investigativo y todos han quedado maravillados del alto contenido artístico de los grabados, que demuestran el nivel cultural alcanzado por los primitivos pobladores de Nicaragua.
Pero además del significado cultural de estos grabados, este lugar está lleno de leyendas mitológicas que han logrado vencer el paso del tiempo gracias a la creencia popular y a la natural ingenuidad de los pobladores de los alrededores, como doña Cándida.
Dueña de una envidiable memoria, doña Cándida está convencida que en la cueva de la Piedra Pintada —que ella llama Cueva de la Gallina— vivían los duendes. Cuenta que en una ocasión, cuando ella bajaba para su ranchito, miró que el duende salió de la cueva y se sentó a la orilla de las camas, entonces le entró mucho miedo, por eso decidió trasladar su casa más arriba.
En otra ocasión, dice que tuvo un sueño en el que miró una gallina con forma de pato-ganso seguida de una manada de pollos, que cacaraqueaba y quería poner “algo”. Al día siguiente ella bajó a la quebrada a bañarse y en eso oyó el cacaraqueo —Ah, pues no es sueño, es verdad— pensó. En eso miró que salía la gallina con forma de pato ganso, de gran pescuezo y vio que puso un huevo de oro detrás de unos matorrales que habían a la orilla de la quebrada. Doña Cándida no sabe si en ese momento el ganso era ella, porque voló despavorida para arriba, sólo recuerda que cuando iba en desbandada, al dar la vuelta oyó que una vocecita le dijo, “¡cobarde, cobarde, cobarde!”.
“Yo había visto que en el sueño, la gallina me tiraba el huevo de oro a mí, pero tengo que decir la verdad, tuve miedo y no lo agarré”, dice doña Cándida con escalofriante solemnidad.