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Las playas del Pacífico nicaragüense son ricas por su belleza natural, arena fina y muchos cocoteros que le dan ese toque mágico de sabor tropical. Pero doña Francisca Bermúdez Navarro ha encontrado en esas costas los residuos de moluscos que por millones de años han sido expulsados por el bailoteo de las olas del mar.
Caracoles, cambutitos, vértebras de tiburón, conchas y caracolitos finos son recogidos en sacos de las playas de San Diego y llevadas a la casa de doña Francisca en Masachapa, donde ella y su hijo, un sobrino y una nuera, desde hace muchos años elaboran un peculiar tipo de artesanía que tiene como materia prima los restos óseos y calizos que arroja el océano.
Tiene 45 años de haber nacido en estas costas y asegura que desde los ocho aprendió de su mamá a formar figuritas de animales con las conchitas y caracolitos, los que soldaba con diferentes pegamentos para dar como resultado atractivas piezas decorativas de singular belleza.
Así y con la única ayuda de su propia imaginación, fueron saliendo de la nada diferentes modelos de animalitos hechos de conchas y caracoles: tortuguitas, perritos parados, cusucos, pavitos, marimberos, sapitos, pipilachas, pollitos, gallinitas, lagartos, langostas, floreros y hasta coronas de conchitas, las que luego de ser pegadas con cola blanca de madera son pintadas y barnizadas.
En su casa, ubicada frente al cuadro de béisbol, doña Francisca ha instalado su propio taller de artesanía, hasta donde llegan muchas personas a hacerle algunos encargos, sobre todo en esta época de purísimas, fiestas navideñas.
Aunque esta es una actividad que lleva mucha creatividad y trabajo manual, no es muy remunerado, ya que una buena pieza bien acabada tiene un valor de sólo C$2.50 (4×10) y si las vende por mayor a los revendedores el costo baja a C$20.00 por docena. Sin embargo, como ella misma dice, este trabajo es “sólo para medio pasar en verano”, porque en invierno, casi no llegan turistas, no hay a quien venderle.
A pesar de lo mal pagado que es este trabajo artesanal, doña Francisca se siente satisfecha y con cierto orgullo explica que sus productos han trascendido las fronteras, porque muchos turistas e intermediarios llevan por docena sus piezas a Honduras, El Salvador, Guatemala y Costa Rica.