- En una extensión aproximada de cincuenta kilómetros cuadrados la ciudad se convirtió en un yermo habitado por culebras y lagartijas, donde el sol reverberaba levantando remolinos
Mario Fulvio Espinosa [email protected]
Cuando Sancho regresó a Nicaragua después de diez años de ausencia, lo primero que hizo fue encaminar sus pasos a lo que había sido el centro de Managua para visitar los rescoldos de su amada ciudad.
Buscaba especialmente aquellos lugares donde había transcurrido la infancia y el divino tesoro de su juventud, aquel viejo barrio de Santo Domingo donde había jugado al “pegue corrido” con Octavio “Tabirín” Flores, el Chino Mario Madrigal, Pablito Sanabria, Salvador Espinoza, Alberto Jarquín, Roberto Ortega y otros muchos, y donde una chamaca llamada Adilia Largaespada había encendido su corazón con el fuego del primer amor.
Se había marchado al exilio en 1970 y regresaba al terruño en 1980, consciente de que aquí todo había cambiado a raíz del terremoto de 1972 y del triunfo de la Revolución Popular Sandinista, eventos que habían trastocado radicalmente el aspecto físico de la capital y la personalidad psíquica de sus habitantes.
Me tocó acompañarle en aquella dolorosa expedición donde ambos íbamos acariciando lejanías, pensando encontrar vestigios ruinosos en los cuales colocar altares sentimentales para pensar con devoción en los amigos desaparecidos, en las casas y calles que conformaban la ciudad antes de la hecatombe.
“Algo tiene que existir todavía –me dijo-, un edificio en ruinas, alguna vía pavimentada, quizás alguna de aquellas lápidas de concreto que colocadas en cada esquina marcaban el número y orientación de las calles y avenidas”.
No se por qué de repente acudieron a mi mente aquellos versos de Rodrigo Caro (1573-1647) “A las ruinas de Itálica” que aparecía en la Preceptiva Literaria de Jesús María Ruano de obligado estudio para los alumnos del III Año del Rubén Darío:
“Estos Fabio ¡Ay dolor!, que ves ahora, campo de soledad, mustio collado fueron un tiempo la Itálica famosa”.
Esos tres versos golpeaban mi cerebro mientras contemplaba aquella silente desolación. De la hermosa y bulliciosa Novia del Xolotlán apenas sí quedaban unos pocos edificios aislados, derruidos, albergues de precaristas harapientos que recelosos nos miraban pasar, mientras los niños asomaban entre tablones y fisuras sus rostros macilentos.
NI RUINAS DONDE LLORAR
En una extensión aproximada de cincuenta kilómetros cuadrados, la otrora populosa ciudad se había convertido en una árida pampa recalentada y cuarteada por el sol, donde sólo eran visibles algunos matorrales, basuras y rastrojos. La fragilidad del aire caliente al rozar contra aquel terreno infernal lograba levantar remolinos o “diablillos” de polvo que jugaban a ser duendes, corriendo aquí, desapareciendo allá y reapareciendo acullá.
Miraba el rostro demudado de Sancho y a través de él, como en un espejo, contemplaba mi propio dolor, era una tristeza lacerante, una impotencia desoladora incapaz de sacarnos el llanto, pues éste estaba arrinconado más allá de las lágrimas.
“El tirano contribuyó a borrar nuestra ciudad con métodos de barbarie”, murmuró al fin mi amigo ¿Tiene usted idea don Alonso de lo que perdimos los managuas con la desaparición de la capital?
“Carentes de un núcleo urbano vital, nosotros, amantes de las referencias, nos quedamos huérfanos de ellas. De la noche a la mañana las direcciones quedaron en la perecedera memoria, ajenas a la realidad “De la Sala Evangélica tres cuadras al sur… o, del Teatro González cien varas al este, o bien de la Farmacia Carrión media arriba…, “Contiguo a la Ferretería Bunge”… o, “Frente al Cine Colón… Sólo añoranzas”.
“En un cerrar y abrir de ojos desaparecieron aquellas arterias comerciales luminosas por las que caminaron lentamente o con mucha prisa amores e ilusiones, donde vimos florecer capitales de toda laya y apagarse sin lágrimas la vida de los miserables.
“Dentro de aquellos lujosos almacenes ya comenzaba a refocilarse la avaricia y por este tiempo navideño el viejo bueno de Melico Maldonado, disfrazado de anciano nevado, ganaba algunas monedas para hacer que los infantes pidieran a sus padres los juguetes que vendían en determinada tienda.
“El terremoto paralizó el palpitante corazón de la ciudad que quedó enterrado en una tumba anónima. Después sin duelos ni miramientos humanos nos obligaron a existir en la periferia y ya en esas rondas quedamos como zombis, convertidos de la noche a la mañana en adoradores de añoranzas. Caminantes sin senderos, sombras que forman parte de sus propios espejismos.
“En aquella ciudad hoy potrero de bestias, tuve el maravilloso placer infantil de ser pasajero del bus de dos pisos, de la mano de mi padre fui al Colón para saber, por primera vez, qué cosa era el cine. En la Esquina de los Coyotes contemplé con éxtasis las bellas piernas de las chavalas de La Asunción, cuando el viento erótico que por allí jugaba les subía las faldas cuadriculadas… y en un rinconcito del Parque Frixione di mi primer beso a una novia etérea que se fue del país para morir en otras tierras… quizá de amor”.
VALORES QUE NO SEPULTÓ EL TERREMOTO
“Son dolorosos los recuerdos –le digo a mi caro amigo-, sin embargo, para nosotros constituyen el testimonio de lo vivido, y lo patentizamos ante nuestros hijos y ante los que no vivieron la tragedia. Terrible es la amnesia que como patrón de cultura nos quieren imponer los que en la onda de la globalización pretenden que privaticemos todo, que convirtamos en mercancía la Patria, el Gobierno, la libre determinación y la justicia, y que nos olvidemos de la historia, del amor y de otros valores inapreciables, como la ternura, la fraternidad y la solidaridad”.
“Mejor marchémonos caro amigo-, y volvamos otro día. Presiento que en el tiempo que nos queda de vida pasaremos nuevamente por estos parajes y veremos surgir otra ciudad que será descarnada, fragmentada, fría y desaprensiva… la antítesis de la verdadera Managua. Tal vez para ese tiempo ya vamos a tener confusa la memoria, tal vez ya viejos y provectos casi no vamos a distinguir la verdad y las verdades que hoy nos son tan claras y delimitadas
“Quedaremos para dar testimonio a los que con buena voluntad nos quieran creer y se preocupen por lo que ambiciosamente llamamos el rigor de los hechos.
“Mientras tanto caminemos… ¿Recuerdas?… por aquí supongo que vivió Juan Clava… De estos rumbos era la bella Janina Hansen… Me parece que allá fue donde vivieron las Derbishire,… ¿Y por dónde quedaría la casita de la Lesbia Olivares…? ¿Y la de la Glenda Frixione…?”
El terremoto nos dejó:
Sin personalidad urbana
Sin un centro socio-cultural
Sin lugares de referencia
Sin historia física
Dispersos
Sin centros de reunión
De luto permanente
Viviendo de recuerdos