Karla Marenco [email protected]
“No me regalen una flor en este día, regálenme su amor todos los días”, expresó doña Lilliam Sánchez, una víctima de VIH/SIDA, que ayer rompió el silencio y decidió contar el ultraje al que fue sometida cuando se enteró que ella y la niña que llevaba en su vientre estaban enfermas, dejando una lección de fortaleza pocas veces vista.
Hace varios años, cuando doña Lilliam se enteró que portaba el virus del SIDA, tenía tres meses de embarazo de su hija menor y en uno de los chequeos prenatales en un centro de salud, sin su consentimiento, la enviaron a hacerse la prueba de la enfermedad porque le detectaron una infección rara.
“A los ocho días me dieron el resultado positivo de golpe, sin ningún tipo de consejería ni apoyo emocional”. Aún no recuperada de la noticia, dos enfermeras se presentaron a su casa para hacerle otros exámenes y tampoco fueron amables con ella.
“Lo que necesitaba era apoyo emocional y no me lo dieron ni al nacer mi niña”, expresó.
Lo que angustiaba a doña Lilliam era el rosario de discriminaciones al que se vio expuesta en su barrio cuando todo el mundo se enteró que portaba la enfermedad.
Luego fue remitida como embarazo de alto riesgo al Hospital Bertha Calderón, donde una de las enfermeras que atendió su caso se encargó de divulgar su condición en el barrio donde doña Lilliam habita, “esto me ocasionó discriminación, desprecio, insensibilidad de las personas del barrio para conmigo y mi familia a tal grado que discriminaron a mis hijos”.
LETRERO ULTRAJANTE
Pero lo más rudo de su experiencia fue en el momento del parto, no quisieron practicarle cesárea como está indicado en estos casos.
“Me extrajeron a mi niña a la fuerza provocándome una fractura en la pelvis, casi me la rompieron. A mi hija la pusieron en una cuna con un rótulo que en letras grandes y de color rojo decía: “Aislada por ser nacida de madre VIH positivo”.
Cuando le entregaron a su hija, la chiquita presentaba un cuadro de pulmonía y hongos “porque no había un cuido especial para ella, porque podía transmitirle el virus a las enfermeras”.
Luego de tantas humillaciones, doña Lilliam se puso en contacto con el doctor Ernesto Salmerón, quien fue uno de los que le dio su apoyo en los momentos difíciles, así como la ayuda de dos doctoras del Hospital “La Mascota”, que atendieron a su pequeña cuando estaba enferma.