- Una mujer de 67 años fue violada y asesinada en las afueras de Managua el primero de agosto de 1950
- Desde Matagalpa, adonde el asesino huyó en su intento de evadir la justicia, envió una carta al jefe de Policía de Managua para pedirle que pusiera en libertad a su madre.
La carta decía textualmente: ¨Mi estimado director: Me dirijo a usted para decirle que yo puñalié a una mujer mía. Que me acusan de robarle, pero que no la maté por eso. Yo quiero que ponga en libertad a mi madre. No puedo regresar porque voy a El Salvador. Agradeciéndole a usted dé libertad a mi madre. Adiós, señor director¨.
Anuar Hassan y Emiliano Chamorro [email protected]
A mediados del siglo, Managua era todavía un esbozo de ciudad. El centro ¨moderno¨ lo constituían unas cuantas decenas de manzanas en las que se asentaban el comercio y los poderes del Estado. El resto o sean los suburbios, era pura montaña.
Los coches tirados por caballos en los que los capitalinos se desplazaban en sus diarias actividades fueron suprimidos en vista de que por su lentitud entorpecían el flujo de los automotores, cuyo número comenzaba a incrementarse.
Por el occidente la ciudad se alargaba hasta el pequeño templo al Corazón de Jesús que sería más conocido con el nombre de Monseñor Lezcano, en homenaje a este prelado que llegó a ser obispo de Managua.
El leprocomio, en donde por razones de salubridad pública se mantenía aisladas a las victimas de la enfermedad de Hansen, levantaba sus lúgubres instalaciones al oeste del templo. Tomando hacia el norte por estrechos caminos de tierra se llegaba a la hacienda de los Martínez, una hermosa propiedad junto al lago Xolotlán.
El primero de agosto de 1950 mientras gran parte de la ciudad daba la bienvenida a Santo Domingo de Guzmán, la señora Cruz Moreira, de 67 años de edad, tenía algo más importante que hacer. Un buey de la yunta que tiraba la carreta de su pequeña finca en el occidente de Managua se había extraviado y la buena señora salió en su busca.
Un vecino la encontró esa misma tarde entre unos matorrales, atraído por sus quejidos. Había sido violada y acuchillada y al ser llevada al hospital se descubrió que en la espalda tenía metida la hoja de un cuchillo que su agresor no pudo sacar. En el pecho mostraba otra gran herida por la que se escapó abundante sangre. Horas después, debido a la gravedad de las lesiones y la pérdida de sangre, la señora Moreira falleció.
Pero antes de expirar tuvo la suficiente fuerza para contar a sus hijos lo que le había ocurrido. Dijo que un hombre, al que identificó como José de la Cruz Mena (el ¨divino leproso¨ se debe haber revolcado de ira en su tumba contra tan nefasto homónimo) le encontró mientras buscaba al buey y se ofreció a ayudarla en su tarea. Ella aceptó el generoso ofrecimiento y se internó con el hombre en la espesura del monte. Pero no tardó en descubrir sus verdaderas intenciones cuando el sujeto se abalanzó sobre ella con non sanctas intenciones. A pesar de que opuso gran resistencia, al final fue doblegada por el agresor, más fuerte y de menor edad que ella.
Posiblemente para evitarse futuras complicaciones, el hombre la apuñaló y sólo dejó de hacerlo al quebrarse la hoja del arma dentro de la espalda de su víctima.
Con los datos suministrados por la señora Moreira antes de morir, la Policía procedió a buscar al asesino pero al no encontrarlo arrestó a sus padres, práctica policial muy socorrida en aquellos tiempos.
El padre admitió que anduvo con su hijo hasta poco antes de los hechos y la madre dijo que lo vio llegar a casa con la ropa desgarrada y manchada en sangre.
¨Le pregunté en qué problemas andaba pero no me contestó nada. Se marchó después de ponerse ropa limpia¨, dijo la madre.
La Policía hizo circular por todo el país carteles con la fotografía del criminal al que calificó como un tipo peligroso con antecedentes por asalto, homicidio, violación y cuatrerismo.
Apenas mes y medio antes se había escapado de las cárceles de La 21 en León.
Una semana después de cometido el crimen, el asesino fue capturado en la ciudad de Matagalpa a la que llegó después de pedalear durante varios días en su bicicleta hasta arribar a Sébaco, en donde vendió el vehículo y tomó un bus hacia aquella ciudad.
No fue fácil trasladarlo a Managua. En tres ocasiones rompió los mecates con que lo ataron hasta que fue esposado y encadenado.
Por esos días fue también detenido un sujeto llamado Julio Dávila, a quien la Policía consideraba como encubridor de Mena quien desde su escondite en Matagalpa le hizo varias llamadas telefónicas pero nunca denunció su paradero.
En su defensa Dávila dijo que no sabía que aquél era el asesino de la señora Moreira y que creía que la madre de Mena estaba detenida por ¨algún pleito entre vecinas¨..
Al comparecer ante el juez Alceo Tablada, Mena dijo que no era su intención dar muerte a la señora Moreira.
¨Ella me amenazó con denunciar que la había violado. Entonces se me metió el diablo y la ataqué con mi cuchillo. En una de esas veces el fierro se le quedó pegado en la espalda¨, confesó.
En una carta enviada desde Matagalpa, antes de su captura, al jefe de la Policía de Managua, coronel Julio Morales para pedir la excarcelación de su madre, el criminal admitió haber apuñalado a ¨una mujer mía¨ y rechazaba la acusación de robo formulada al parecer por los hijos de la víctima.
Ningún abogado, ni siquiera el defensor de oficio nombrado por el Estado, quiso asumir la defensa de Mena.
¨Prefiero pagar la multa pero no voy a actuar contra mis principios¨, dijo el designado defensor de oficio Leonte Valle López al negarse a desempeñar su cargo.
En la prisión, Mena se vio acometido por un súbito acceso piadoso y pedía con vehemencia la presencia de un sacerdote en quien descargar el peso de su conciencia.
En otros momentos se sumía en reflexiones acerca de su futuro y decía tener la seguridad de que no sería absuelto.
¨Cumpliré la condena que me impongan y de hoy en adelante seré un preso modelo. Cuando salga seré un hombre honrado, una persona de bien. No volveré a echarme un trago. Lo que sí extraño son mis cigarros y aquí ni mis familiares me los traen¨, se quejaba con amargura.
El juez Serapio Ocampo, que un año antes se había hecho famoso al llevar el proceso en el confuso caso de Milagritos Cuaresma, supuestamente asesinada durante un ritual lleno de truculencias, fulminó a Mena por el delito de homicidio, contra la general opinión de muchos abogados de que se trataba de un asesinato atroz.
Mena fue sentenciado a 15 años de prisión. No encontramos información posterior en los diarios de la época acerca de su comportamiento en la cárcel.
UN IRREDENTO
– José de la Cruz Mena estuvo en las filas de la Guardia Nacional, que lo expulsó por indeseable.
– Un guardia que lo conoció de joven dijo que a los once años de edad Mena se fugó de la cárcel donde estaba detenido por carterista en compañía de otros reos.
– ¨Desde muchacho ha sido muy peligroso¨, dijo el militar.
– Ante la insistencia del criminal que pedía ser visitado por un sacerdote, fray Melchor, de la Congregación Franciscana se hizo cristiano eco del llamado del reo y lo visitó en la cárcel.
– Durante 45 minutos el sacerdote y el pecador estuvieron encerrados en un cubículo en la prisión de El Hormiguero.
– Al salir, el sacerdote declaró que Mena le dijo que estaba arrepentido de su crimen y que esperaba que Dios se apiadara de su alma. ¨Pobre muchacho¨, fue el único comentario del sacerdote.
– Aunque el asesino se identificaba con el apellido Mena, su padre se llamaba Benjamín Bermúdez y su madre Pastora López por lo que se presume que Bermúdez era su padrastro.