“Mi mamá estaba muy mal, no dormía, me dijo que yo me tenía que ir”

“Mi mamá estaba muy mal, no dormía, me dijo que yo me tenía que ir”

Jenderlym Zeas era estudiante de Medicina y atendió heridos en el puesto médico de Jinotega. Ahora vive en Estocolmo, donde limpia casas y aprende sueco

El 8 de junio del 2018, a sus 23 años, Jenderlym Zeas vivió el día más terrible de su vida. Las balas pegaban a unos cuantos metros de donde ella se encontraba, mientras veía entrar a un herido tras otro en el puesto médico que se improvisó en el barrio Sandino, en Jinotega.

Su primera vez en ese puesto médico había sido el 18 de mayo. La ciudad estaba llena de barricadas y el alcalde orteguista, Leónidas Centeno, había desplegado a la Policía y a paramilitares a la casa del Frente Sandinista en la ciudad.

Ese día hubo un enfrentamiento cerca de su casa, entre la policía del régimen y los manifestantes azul y blanco. “Logré observar a un muchacho que lo llevaban desmayado (hacia el puesto médico). Yo corrí tras él. Yo no conocía dónde era el puesto médico. Me encontré con tres estudiantes de medicina, estudiantes de enfermería y otras personas”, relata. Permaneció ahí desde la mañana hasta eso de las 7:00 de la noche.

Abraham Antonio Castro Jarquín, de 17 años, se encontraba en la zona de enfrentamientos donde los paramilitares simpatizantes del FSLN disparaban con armas de fuego. LA PRENSA/Sara Ruiz

Cuando la dictadura bañó de sangre el Día de las Madres

Regresó nuevamente al puesto médico el 30 de mayo, día en que se realizó la Marcha de las Madres en Managua, la que fue atacada por paramilitares del régimen y la policía orteguista, con un saldo de once muertos y decenas de heridos.

Ese día también hubo un ataque en Jinotega. El resultado fue al menos cinco heridos. “Habían heridos menores, por intoxicación por las bombas lacrimógenas, pero también habían personas heridas por arma de fuego. Ese día me quedé en el puesto hasta el 31 de mayo”, dice. Después volvió a su casa.

Zeas estaba en su ciudad desde suspendieron las clases en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN – León), debido a las protestas. Ella cursaba la carrera de Medicina.

Meses antes de reprimir la protesta, la Policía Orteguista acompañaba las marchas en Jinotega. LA PRENSA/CORTESÍA/RADIO ABC ESTELÍ

“Bajábamos a un herido de la camilla y subíamos al más grave”

En el puesto médico improvisado, según Zeas, estaba a cargo de un médico general. Tenían dos camillas, una cama y varias sillas. Los medicamentos eran donados por la población y los movimientos sociales que se organizaron en Jinotega.

Tenían solución salina, antiinflamatorios, pinzas, hilos de sutura, yodo, guantes y gasas. El personal del puesto médico rotaba los horarios para curar a los manifestantes heridos, que preferían ser atendidos en el puesto, que en el hospital de ciudad, Victoria Motta, por temor a ser detenidos. Cuando el responsable del puesto no estaba, era Zeas, a quien le faltaban dos años para graduarse como médico, quien se quedaba a cargo.

El día de más trabajo para Zeas fue la noche del 8 de junio. Fue cuando llegaron la mayor cantidad de heridos. Las fuerzas policiales y paramilitares en Jinotega atacaron a los manifestantes que resguardaban el tranque en la salida norte de la ciudad. Fueron alrededor de treinta heridos; y los médicos y estudiantes trataban de atenderlos con los pocos medios médicos disponibles.

“Ese día fue el más terrible, yo jamás había visto tantas personas heridas (Respira profundo). Fue una masacre la que hicieron esa noche contra el pueblo jinotegano”, asegura.

“El ataque ocurrió aproximadamente a eso las nueve de la noche. Ese día empezaron a llegar muchos heridos, entraba uno, entraba el otro y así sucesivamente. Bajábamos a un herido de la camilla y subíamos al más grave”, relata.

Pasada la medianoche del 9 de junio, tuvieron que apagar las luces de la casa donde estaban porque las balas llegaban cerca del lugar y les pidieron a los heridos que no se quejaran para que los paramilitares del régimen no los encontraran. A pesar de ello, continuaron suturando las heridas de los manifestantes, apoyándose con la luz de un teléfono celular.

Policías desmontaron una de las barricadas del barrio Sandino en Jinotega en julio de 2018. LAPRENSA/Cortesía

La Operación Limpieza en el barrio Sandino

Zeas se atrincheró 15 días más en el puesto médico sin poder ver a sus familiares y amigos. Cuando logró salir, regresaba todas las mañanas para seguir apoyando. Su último día en el puesto médico fue el 23 de julio, cuando la policía orteguista junto con los paramilitares ejecutó la “Operación Limpieza” en el barrio Sandino de Jinotega. Quiso regresar a su casa, pero no pudo.

Tras la operación que dejó tres muertos y varios heridos, Zeas tuvo que buscar refugio fuera de la ciudad, ya que el orteguismo empezó a levantar listas y secuestrar a todos los que apoyaron las protestas sociales en Jinotega.

Mientras estaba en una casa de seguridad, Zeas vislumbró que su única alternativa era el exilio forzado. “Fue complicado, difícil de tomar una decisión así tan grande. Yo no quería dejar lo que habíamos comenzado (la lucha cívica). Mi mamá estaba muy mal, no dormía, me dijo que yo me tenía que ir”.

Pese a estar fuera del país, el asedio contra Zeas ha continuado. Lo último que supo es que en el mes de febrero, los orteguistas llegaron al último refugio donde estuvo a preguntar por ella.

La casa comunal del barrio Sandino se ha convirtió en un comando policial.
LAPRENSA/O.Navarrete

Su salida del país

Como si hubiera cometido un crimen, Zeas salió del país la madrugada del 4 octubre para evitar que la policía la arrestará. Tuvo que atravesar tres países: El Salvador, Colombia e Inglaterra hasta que finalmente pudo llegar al sitio que le pudo brindar esa seguridad que tanto anhelaba: Estocolmo, Suecia.

Tras llegar a su destino acudió a las autoridades en busca de asilo. Esperó cuatro días para que le realizarán una entrevista que duró una hora, para solicitar formalmente el estatus migratorio. Las autoridades suecas le asignaron una abogada para que diera trámite a su solicitud.

Dos meses después de la primera entrevista, finalmente le fue aprobada otra entrevista, que sería decisiva. Esta duró tres horas. Ahí presentó las pruebas de que su vida corría peligro en Nicaragua.

Sueños de libertad

Su asilo por tres años finalmente lo obtuvo en febrero de este año. A pesar de la seguridad que tiene Suecia, para ella sigue siendo difícil estar lejos de Nicaragua . “Tu familia está allá, aunque estés seguro aquí”, sostiene.

Zeas trabaja en una empresa de limpieza de casas y apartamentos. Estudia el idioma sueco tres veces a la semana para encontrar mejores oportunidades laborales y vive con una tía. Siempre que puede participa en las manifestaciones que realizan los residentes y exiliados en Suecia demandando justicia y democracia en Nicaragua. En una de esas actividades, relató a lo que se había enfrentado por apoyar a los azul y blanco desde un puesto médico.

“Lo que siempre hemos querido y lo que queremos es que haya diálogo, que haya elecciones libres y transparentes. Es lo que soñamos y por lo que hemos luchado”, asegura.


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“Uno no se espera que el Gobierno de tu país va a tratar de arruinarte la vida”

“Uno no se espera que el Gobierno de tu país va a tratar de arruinarte la vida”

Un día de julio, un grupo de paramilitares llegaron a la casa de Julio Vannini para secuestrarlo. Él logró huir con toda su familia. Se exilió en Perú

El régimen orteguista obligó a Julio Vannini a huir junto a su familia a Lima, Perú. El exilio, dice, “no es un viaje de placer”, pero al menos tiene la garantía de que él y su familia están a salvo de los paramilitares que llegaron a buscarlo a su vivienda en Granada para secuestrarlo.

Como miles de nicaragüenses, Vannini, expresidente de la Asociación de Nicaragüense de Astrónomos Aficionados, se unió a las protestas contra el régimen de Daniel Ortega en abril de 2018. Salió a las calles de su ciudad natal a documentar con fotografías y videos las manifestaciones autoconvocadas que primero rechazaban las reformas a la Seguridad Social y luego demandaban la salida del poder del dictador Daniel Ortega y exigían justicia por los manifestantes asesinados por el régimen.

“En cierto modo me frustraba la aparente apatía de las nuevas generaciones, claro se miraba las protestas de #SOSINSS y de los ambientalistas, pero no se miraba aquel empuje, hasta el momento que reventó todo el 18 de abril y nos lanzamos a la calle el 19”, asegura Vannini, quien siempre ha sido crítico del actuar del orteguismo desde los años 80. “Me tocó vivir la década de los 80, así que supe de primera mano lo que son capaces, quiénes son en realidad”, dice. “Una vez que ellos quedaron como oposición en los 90 y mostraron la cara, prácticamente, de terroristas tratando de sabotear cada una de las actividades del gobierno que estaba en ese momento, mi actitud crítica fue subiendo”, recuerda.

El 18 de abril de 2018 cientos de universitarios y pobladores de todo el país se unieron a protestar en contra de las reformas al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social. Fueron reprimidos. Al día siguiente, los estudiantes se levantaron, hubo más manifestaciones y se empezaron a contar los primeros asesinados de la represión orteguista. El 19 de abril hubo tres muertos decenas de heridos y detenidos. El descontento solo crecía.

Esta fue la manifestación que realizaron los granadinos el 20 de abril de 2018. LA PRENSA/Cortesía/Julio Vannini

El material que Vanni producía era publicado en las redes sociales. “Muchas de ellas (las fotografías) fueron tomadas por algunas agencias noticiosas y fueron publicadas en el exterior”, dice. “La idea mía no era que tomo fotos para que todo el mundo las vea, (y diga) que bonitas que son. Simplemente es registrar la voluntad ciudadana, la voluntad cívica del pueblo que lucha por sus derechos”, afirma. Vannini también hacía transmisiones en vivo en Facebook de las marchas y tranques que se realizaron en la ciudad para denunciar la represión que ejerció el régimen, a través de las fuerzas policiales y paramilitares.

Su participación en la lucha cívica fue motivo para que los simpatizantes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) iniciaran una campaña de desprestigio en su contra y lo acusaran de vender terrenos ilegalmente. Los señalamientos, asegura, fueron de de forma verbal y anónimos en las redes sociales y, aunque “uno reconoce a las personas del barrio, pero la idea no es decir ah sos vos, te tengo en la lista”, sostiene.

Julio Vannini documentó las manifestaciones que se realizaron en la ciudad. Esta fue la movilización que realizaron los autoconvocados el 28 de abril de 2018. LA PRENSA/Cortesía/Julio Vannini

“Duele mucho el darte cuenta que tus propios hermanos nicaragüenses ponen más en alto un ideal político, un estandarte político que no es para nada nacional, que no es para nada relacionado con nuestra Constitución y ponen al caudillismo como su más alta bandera”, dice. Vannini denunció el asedio ante la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH) y a la Organización de Estados Americanos (OEA) del que era víctima él y su esposa, que también participaba en las manifestaciones azul y blanco.

Pretendían secuestrarlo

El 15 de julio, paramilitares y agentes policiales ejecutaron la llamada “Operación Limpieza” en Granada para desmontar los tranques que se levantaron como una forma de presionar al régimen. La operación dejó, además de varios secuestrados, al menos nueve muertos entre Granada y Masaya, según reportó la Asociación Nicaragüense de Derechos Humanos (ANPDH).

Vannini estaba en la lista de los paramilitares por haber sido uno de los rostros visibles de las manifestaciones en la ciudad. Llegaron a su vivienda, donde se encontraba junto a su familia. Querían secuestrarlo. “Esa noche cortaron el servicio eléctrico en el barrio donde estábamos nosotros. Los paramilitares se metieron a la casa. Se saltaron el porche y trataron de buscarnos con lámparas en mano, logramos tener a toda la familia en silencio, hasta la perrita se mantuvo en silencio, por suerte”, relata. La persecución, cuenta, duró entre dos y tres horas. “Nosotros nos mantuvimos en silencio y, obviamente, estábamos con miedo en qué momento iban a entrar, pero también estábamos con la disposición de defender a la familia, cueste lo que cueste”, agrega.

La última manifestación que Vanni cubrió fue el 13 de julio de 2018. LA PRENSA/Cortesía/Julio Vannini

Vannini dice que los paramilitares desistieron de la búsqueda y se retiraron a eso de la 1:00 de la madrugada, ya que ellos no dieron señales de que estaban en la vivienda. Aprovechó ese momento para salir y se refugió en una casa de seguridad ubicada en otra ciudad.

Tras refugiarse, el asedio incrementó contra su esposa. “A ella la amenazaban en la calle cuando iba a la escuela de los muchachos”. Le decían, cuenta Vannini, “que se preparara, que ella iba para la cárcel”. Incluso la llegaron a buscar en varias ocasiones a su trabajo, sin saber que ya había abandonado el país.

Vannini salió del país en julio y el resto de su familia lo hizo en septiembre. Su destino era Lima, en Perú, donde las autoridades ya les concedieron el estatus de refugiados.

“Con todos nosotros han sido cordiales. Nos han brindado su apoyo, mientras el trámite de refugio estaba en su proceso nos brindaron información de las cosas que podíamos hacer, como podíamos registrar a los chicos en la escuela, inclusive en la parte laboral se extienden permisos temporales de trabajo y otras documentaciones que le permiten a uno empezar a buscar trabajo”, asegura.

Tras llegar a Lima, Vannini supo a través de sus amigos, que él y su esposa son acusados de liderar tranques en Granada y la Policía los tiene como prófugos de la justicia.

“No es un viaje de placer”

Vannini trabaja como maestro de ciencias en una escuela privada y en una universidad, misma actividad que desarrollaba en Nicaragua. Sus hijos están estudiando y se están adaptando a su nueva vida; y su esposa cuida de ellos y realiza trabajos temporales.

“El exilio no es un viaje de placer, un viaje programado, no es algo que uno se espera, que de la noche a la mañana el Gobierno de tu país va a tratar de arruinarte la vida, a vos y junto con todos los demás. Tantos que hay, tantos que han tenido que salir del país forzosamente”.

“No ha sido fácil, hemos tenido nuestras crisis económicas, nuestras crisis emocionales, crisis psicológicas”, afirma. A pesar de ello reconoce el apoyo que han recibido de amigos y familiares durante todo el proceso.

Evidencia para solicitudes migratorias

Vannini dice sentirse satisfecho ya que las fotografías que tomó durante las manifestaciones les han servido a los granadinos que solicitan protección migratoria en otro país. “La voluntad popular simple y sencillamente está reflejada, está registrada; y ha servido como evidencia, junto con la de otros fotógrafos, para demostrar pues la voluntad popular y lo malo que es el Gobierno de Ortega”.

Él sigue manifestándose contra el régimen de Ortega en Perú y ha participado en actividades frente a la embajada de Nicaragua en ese país. “No nos hemos quedado callado, no lo vamos a hacer”, dice.


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