Vida en tinta roja

Perfil - 08.05.2005
Anuar Hassan

Anuar Hassan escribió las crónicas rojas más trepidantes de la Managua de hace 40 años.
Eran aquellos tiempos de peripecias, donde la parranda, el crimen y el periodismo bien podían ser uno solo

Amalia Morales

La mañana del 7 de agosto de 1949 varios niños que jugaban en la costa del lago de Managua frente al barrio La Tejera hicieron un macabro hallazgo: cerdos y perros del vecindario se disputaban los huesos, cubiertos con alguna carne aún, de un niño, a juzgar por el tamaño de los mismos. Anuar Hassan tenía 7 años cuando La Prensa publicó el trágico crimen de una niña, de un año menos que él, y del barrio Santo Domingo, donde también vivía Hassan. La menor había desaparecido, una mañana muy temprano en el trayecto de su casa a la pulpería. Días después fue encontrada hecha jirones en las costas del lago. El atroz asesinato de Milagros Cuarezma estremeció a la sociedad capitalina.

Hasta el embajador estadounidense radicado en el país ofreció los servicios del FBI (Oficina Federal de Investigación) para ayudar a esclarecer el caso. Hassan estaba muy pequeño para recordar el episodio que se siguió como una novela por entrega en la Managua sin televisión de entonces. Sin embargo, cinco décadas más tarde, ya en el ocaso de su carrera como periodista de crónica roja, buscaría al cronista, Agustín Fuentes, su antiguo colega, para saber su versión sobre el homicidio.

No sería la primera vez que Hassan veía a Fuentes. Se conocieron años atrás en las instalaciones del diario La Prensa, que quedaba en la calle El Triunfo, en el centro de la vieja Managua. En 1961, Hassan era el pupilo que había reclutado Horacio Ruiz, en los talleres de escritores que auspiciaba la Embajada norteamericana, y que era lo más cercano a una escuela de periodismo. Mientras que Fuentes era el sólido periodista de sucesos que venía de cubrir famosos crímenes como el de la Milagritos Cuarezma.

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"Entré al periodismo por casualidad", dice Hassan, quien está sentado en una mecedora en el porche de su casa, en chinelas, y con un ejemplar de La Prensa al lado. Detrás suyo, está la puerta de entrada a la casa, en la que se adivinan los pasos domésticos de su actual compañera y de su hija, quienes durante hora y media no le hablan para nada.

Horacio Ruiz le preguntó si quería entrar a La Prensa, oferta en la que no titubeó, mas no si quería cubrir sucesos, a lo que de todos modos tampoco se negó. De lector voraz, que a los 20 años había leído cuanto clásico cayó en sus manos, quería pasar a escritor compulsivo. Ya había comenzado a hacerlo sobre el mostrador de la tienda de telas que le había heredado su papá de origen palestino, y que se halla en la avenida Centenario, en el Mercado Central.Anuar Hassan

Eran tan amigos de los policías, que de vez en cuando salían a emborracharse juntos. Aunque había "oficiales que por el hecho de trabajar en un diario opositor se volvían enemigos tuyos"

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Cuando entró a La Prensa, lejos estaba de imaginar que, ayudado por todo lo leído y nutrido por la cotidianidad trágica de Managua, su imaginación fluiría con rabia por las teclas de alguna de las máquinas Olympia o Remington de las que máximo, había 10 en el diario.

Le encargaron las fuentes habituales de un periodista de sucesos: hospitales, juzgados y Policía. Le asignaron al fotógrafo Francisco Rivas, el famoso Rivitas, con quien salía a reportear a pie o en moto. Todo quedaba cerca. La estación central de Policía, a la que tenía acceso irrestricto, le quedaba a 15 o 20 minutos. "Tenías libre acceso a la Policía, vos podías registrar los informes como un oficial, si no hallabas nada ahí, agarrabas el libro de denuncias".

Eran tan amigos de los policías, que de vez en cuando salían a emborracharse juntos. Aunque había "oficiales que por el hecho de trabajar en un diario opositor se volvían enemigos tuyos", dice sin lentes y con los codos apoyados en los brazos de las mecedoras. Su pelo plateado echado hacia atrás contrasta con su piel morena, y sus ojos se achican al pie de unas bolsas pronunciadas.

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Los periodistas de sucesos podían adelantarse a la Policía en algunos casos y hacer las veces de sabuesos, aunque reconoce que no era esa su función. "Era bonito, era divertido", dice. Se metían a la escena del crimen con libertad. En el oficio de husmear, acepta, que sin quererlo hasta podían terminar alterando detalles del asesinato.

Uno de los sitios más violentos era el Mercado Oriental. Al pie de un canasto se resolvían muchas rencillas entre agricultores. Pero, el suceso que más lo apasionaba era el que tenía un velo de misterio, muchos de los cuales no llegaban a esclarecerse nunca. En parte, porque la Policía era muy rudimentaria.

Entre los crímenes famosos que cubrió, y que ahora son parte de dos volúmenes, recuerda el caso de la Payina, un homosexual que amaneció muerto. "Me acuerdo que cuando entrevisté a la vecina me dijo que ella solo escuchaba los quejidos". Otra historia, a la que también se pegó como perro a su hueso, fue el caso de un francés que murió en el hotel Lido Palace.

Un poco sonriente, Hassan reconoce que la bohemia era algo inherente para el reportero de esos años. Debían reportear de ocho a once de la mañana, porque el diario era vespertino. Muchas veces antes de reportear, él y Rivitas iban a echarse sus tragos. Luego, seguían en el Malecón, donde había un "bacanal del infierno".

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Muchas veces el alba los sorprendía en plena farra. Al día siguiente se repetía la rutina: primero en el café La India, donde se juntaban con poetas, y la noche se les iba en cualquier cantina de mala muerte.

En una ocasión, dice que se fue a beber al Malecón con alguien que ahora es un alto dirigente sandinista. Algo hicieron que fueron a parar al Hormiguero, como le decían a la central de Policía. Puestos ahí, "nos quisieron obligar a lavar el inodoro con la mano. Yo todavía con el valor de los tragos me opuse, y algo los impresioné", dice mientras que su amigo a la par le temblaba al cabo de celda. "El colmo fue que salimos y seguimos bebiendo". Al verlo con su gesto reposado y su manera pausada de hablar, pareciera que habla de otra persona, de un personaje que vio o leyó en alguna novela, pero sus bolsas debajo de los ojos parecen las únicas cicatrices de sus años de juerga.

Entre los crímenes famosos que cubrió, recuerda el caso de la Payina, un homosexual que amaneció muerto. “Cuando entrevisté a la vecina me dijo que ella solo escuchó los quejidos”

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En medio de esa vida bohemia y las crónicas policíacas, Hassan se casó tres veces. Una de sus tres esposas fue Rosario Murillo, la actual consorte del secretario general del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), Daniel Ortega. La conoció en 1968 en el diario. Ella había entrado a trabajar como secretaria del director del diario, Pedro Joaquín Chamorro. Se enamoraron y se casaron. Vivieron juntos tres años. Procrearon un hijo, que falleció en el terremoto.

La Murillo que Hassan conoció era bien distinta de la que parece ser hoy. Nunca había leído la teoría marxista, no sabía nada de comunismo. "Yo la inicié, pero no me contagié. Ella se volvió loca", dice.

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A comienzos de los setenta Hassan salió de La Prensa, a la que tres décadas después volvió a entrar, pero ya no era la misma. Como tampoco volvió a ser él después de esos años que trazó con tinta roja su paso por La Prensa.

Anuar Hassan
En sus buenos tiempos Hassan llegó a tener 2,000 libros, que perdió en uno de sus divorcios.

Una de sus tres esposas fue Rosario Murillo, la actual esposa del secretario general del Frente Sandinista de Liberación Nacional, Daniel Ortega

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