Los cuatro lobos del mar que asolaron a Nicaragua

Reportaje - 04.09.2022
El,Castillo,Fort

Entre los años 1500 y 1700, el mar Caribe estaba infestado de piratas. Muchos de ellos atacaron a Nicaragua. MAGAZINE les presenta a los cuatro más famosos

Por Redacción Magazine

Después del descubrimiento de América, Inglaterra y Francia estaban celosas porque España estaba sacando oro de las tierras americanas.

Dispuestos a disputarle esa hegemonía a los españoles, esas otras dos naciones europeas lanzaron a la mar a los piratas y estos se ensañaron con los barcos españoles, pero también con las ciudades de tierra firme.

Nicaragua fue uno de los lugares que sufrieron a esos atracadores del mar.

Muchos de ellos eran temerarios. El Lolonés, por ejemplo, no tenía otro ideal que el del crimen y el robo.

La Revista MAGAZINE les presenta a los cuatro piratas más famosos que asolaron Nicaragua, la mayoría de los cuales ansiaba a Granada, la rica ciudad colonial a orillas del lago Cocibolca.

La ciudad de Granada era muy apetecida por los piratas. FOTO/ ÓSCAR NAVARRETE

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Le llamaron “el padre de la piratería moderna”. A los 21 años de edad, ya era famoso por sus saqueos en el Caribe, al punto que al mismo le llamaban el mar de Drake. Los españoles lo llamaron “El Draque” (el dragón).

Nacido en 1540, fue uno de los marinos más famosos de Inglaterra, e idolatrado en vida. Drake era a la vez ingenioso y astuto, generoso y cruel, audaz y temerario, apasionadamente patriótico y casi siempre afortunado.

Parte de los tesoros que robaba los compartía con la reina de Inglaterra, Isabel I, quien lo nombró caballero, pasando a llamarse sir Francis Drake.

Al dirigirse a él, la reina lo llamaba “mi querido pirata” y le obsequió una espada con una inscripción que decía: “Quien te hiera, Drake, nos hiere”. Drake a su vez le regaló un prendedor de esmeraldas, que lo había robado en el Caribe, indica la Revista Conservadora en su edición de febrero de 1962.

Sir Francis Drake. FOTO/ TOMADA DE INTERNET

Debido al terror que imponía en el Atlántico, los comerciantes de Centroamérica comenzaron a usar el Pacífico para mover la mercancía. Drake se dedicaba a asaltar barcos españoles cargados de oro, así como también atracaba ciudades cuyos pobladores se negaban a rescates.

En ese afán, hubo una ciudad que le llamó mucho la atención: Granada. La aspiración de Drake era “obsequiarle” la ciudad nicaragüense a la reina.

Según el historiador Jorge Eduardo Arellano, a Drake lo que le atraía de Granada era su “ventajosa situación geográfica”, por lo cual la consideraba la joya “más preciada para la Corona de Inglaterra”. Granada gozaba, a finales de los años 1500, de un relativo auge comercial. Además, se ubicaba a mitad de camino entre los virreinatos de México y de Perú, las dos mayores fuentes de la riqueza colonial de España.

Al final, Drake es atraído por ciudades que él considera más ricas que Granada, como Santo Domingo, Cartagena, Nombre de Dios, Veracruz, a las cuales les cae con saña y furia.

Como buen marinero muere en el mar, y allí tiene su tumba, explica la Revista Conservadora, frente a las costas de Nicaragua, tras enfermar de disentería, la cual le quita la vida.

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Si Drake era temido, quien le sucedió fue peor. El cetro de la piratería pasó a las manos “de una bestia en forma humana: Jean-David Nau, “L'OIIonais”, mejor conocido como El Lolonés.

Aunque Drake odiaba a los españoles, todavía se comportaba como caballero al discutir con las autoridades españolas. En cambio, el Lolonés no entendía de cortesías. A todo el que se rendía lo asesinaba. Tenía sed de sangre española, explica la Revista Conservadora, y hubo una vez en que realmente, sin eufemismos, se bebió la sangre de su víctima.

Su muerte en Nicaragua fue como su vida, violenta y trágica. Capturado por los caribes, fue desmembrado y comido crudo.

Originario de Francia, en su juventud fue llevado como esclavo a las islas del Caribe. Cuando cumplió su tiempo de servidumbre, obtuvo la libertad y se trasladó a la Isla Española, donde como marinero de un barco pesquero mostró gran coraje y habilidad, al punto de merecer la protección y estima del gobernador de la Isla de Tortugas, Monsieur de la Place, quien le dio un barco del que lo hizo capitán y lo envió a buscar fortuna.

Pronto se conoció de las piraterías y crueldades que hicieron famoso al Lolonés por todas las Indias. Cuando los españoles eran sorprendidos por este pirata, preferían luchar hasta la muerte antes que rendirse, pues sabían que no había merced en el corazón de aquella fiera.

El Lolonés. FOTO/ TOMADA DE INTERNET

Sin embargo, la fortuna que lo acompañaba en sus crueles hazañas, le volvió la espalda, cuando en una tormenta frente a las costas de Campeche, perdió su barco. La tripulación logró salvarse, pero al llegar a tierra firme, los españoles les persiguieron, mataron a gran parte de ellos e hirieron al Lolonés, su capitán.

El Lolonés se curó las heridas con cortezas de árboles y pronto volvió al mar. Entonces dirigió su mirada hacia Nicaragua. Se fue a Cuba para despojar de sus canoas a los pescadores y utilizarlas en la invasión a la ciudad de Granada, en las orillas del lago Cocibolca.

Partió con 700 hombres y seis navíos, el último de ellos un gran navío español que había apresado, en el que se embarcó con 300 hombres.
En Granada, al escuchar que el Lolonés pretendía incursionar en el río San Juan, y como no tenían fuerza pública, según el historiador Ricardo Páiz Castillo, comenzaron a llamar a los hombres al servicio militar.

Las intenciones del Lolonés no salieron bien, porque, en vez de ir al río San Juan, las aguas del Atlántico llevaron sus naves hacia el límite entre Honduras y Nicaragua, cerca de Cabo Gracias a Dios.

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El tercer pirata que dejó huellas en el Caribe, frente a las costas de Nicaragua, fue sir Henry Morgan.

Torturador como el Lolonés. Colgaba de los pulgares a los prisioneros, les prendía fósforos entre los dedos, y como Drake, obraba en complicidad con las autoridades inglesas, al punto que fue nombrado gobernador de Jamaica y murió con muchas honras como caballero de la Corte inglesa.

Fue hijo de Robert Morgan, un pequeño terrateniente de Gales en Inglaterra. No se sabe cómo llegó a las Antillas, aunque algunas versiones indican que fue vendido como siervo o esclavo. Otros dicen que fue vendido por sus padres a unos negreros.

Por el valor que mostraba en los combates, los “hermanos de la costa”, a los que pertenecía, lo eligieron su Almirante.

Jamaica se vuelve el centro de las operaciones abiertamente piráticas de Inglaterra, explica la Revista Conservadora. De allí salen tres “almirantes” a asaltar las ciudades de tierra firme: Jackman, Morris y Morgan. Este último fue el más famoso.

Sir Henry Morgan. FOTO/ TOMADA DE INTERNET

Morgan cruza el Golfo de Honduras, saquea Trujillo, y pasa luego a Nicaragua, entrando por la costa de los Mosquitos, donde los indios se entienden muy bien con los ingleses.

El pirata lleva la intención de asaltar la ciudad de Granada con ayuda de ingleses y miskitos y regresa a Jamaica como un héroe.
La autenticidad del asalto de Morgan a Granada, explica el historiador Jorge Eduardo Arellano, está respaldada los escritos de Exquemeling.

Morgan con sus piratas llegaron a Granada, a la cual marcharon sin ser notados, en sigilo, hasta el mismo centro de la ciudad y se apoderaron de la plaza principal derribando 18 cañones que allí había. Luego se apoderaron de los almacenes reales y de la iglesia y encarcelaron a 300 habitantes.

“Granada es espléndida”, escribiría después Morgan, “tan grande como Portomouth. Tiene siete iglesias y una catedral y muchos colegios y monasterios”.

Morgan fue arrestado tiempo después en Jamaica y enviado a Inglaterra para ser juzgado como pirata. Por el contrario, fue recibido como un héroe popular, y, una vez absuelto de los cargos, Carlos II lo nombró sir y lo envió de vuelta a Jamaica como gobernador de la isla.

Renegando de su antigua condición, empleó el resto de su vida en luchar sin cuartel contra la piratería.

Morgan murió en la serenidad de su hogar. Rara muerte para quien es considerado el mayor de los bucaneros.

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A William Dampier se le conoce como el representante de la piratería científica. Sin estudios pero con una curiosidad insaciable, las observaciones de este aventurero británico sobre el mundo constituyen uno de los pilares de la ciencia moderna

Durante su larga vida, Dampier navegó los más distantes mares, realizó notables descubrimientos y como era un hombre de mediana educación, hizo notas y guardó diarios de todas sus aventuras. La Revista Conservadora explica que escribió con tesón infatigable, en medio de grandes dificultades, y sus narraciones de los viajes alrededor del mundo poseen extraordinario interés.

Aunque nació en una familia sencilla pero honrada, no tuvo reparos en hacerse pirata.

Administraba pacíficamente una plantación en Jamaica, cuando se casó, pero el matrimonio no tuvo buen fin. Pronto abandonó el hogar y se fue a cortar madera a la costa Mosquitia, en Nicaragua.

El corte de madera le dejaba jugosas ganancias a Dampier, pero una tormenta arrasó con su campamento y lo perdió todo, hachas, maderas, menos la vida.

William Dampier. FOTO/ TOMADA DE INTERNET

Con todo perdido, Dampier se encontró con unos piratas con quienes se juntó en una expedición, y así fue como se convirtió en pirata, lo cual le acarrearía dinero y fama.

En 1685, Dampier desembarcó con sus hombres en Escalante, hoy San Juan del Sur, y avanzó hacia Granada, a la cual tomó y saqueó. Como las autoridades granadinas no le pudieron pagar un rescate que pedía por la ciudad, quemó el convento de San Francisco y algunas casas importantes.

En ese mismo año, Dampier regresó a Granada y, a pesar de que los granadinos se defendieron, los piratas se posesionaron otra vez de la ciudad fácilmente.

La saquearon, la incendiaron y huyeron con un rico botín por la vía de El Realejo, donde se embarcaron no sin antes incendiar también el puerto.

Dampier murió en 1715, en Londres, Además de pirata, fue considerado uno de los navegantes más importantes de la historia británica y uno de los piratas más particulares de la historia del mundo. Se le admiraba como hombre culto, lo cual no negaba su lado sanguinario, necesario en cualquier pirata exitoso.

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