De enemigos a hermanos

Reportaje - 30.05.2010
Luis-Enrique-Rodríguez-y-Víctor-Manuel-Gallegos

Durante años dos hombres se odiaron a muerte. Se buscaban, se colocaban explosivos, hacían emboscadas y se tiroteaban en una rivalidad personal que iba más allá de la propia guerra en la que participaban.
Hoy, se abrazan y dicen ser hermanos…

Dora Luz Romero

21 de marzo, 1993. En el Club Campestre de Estelí, las autoridades municipales y los pobladores se habían desbordado para darle la bienvenida a Luis Enrique Rodríguez, quien había sido nombrado Jefe de la Policía de Estelí. Con una cena especial y al son de los mariachis los estelianos recibieron a su nuevo jefe. Esa noche, a Rodríguez le acompañaban su esposa y sus hijos.

Los invitados bailaban, se echaban sus tragos de ron en aquel ambiente donde lo primordial era hacer sentir a Rodríguez como en casa.

No fue la única bienvenida aquella noche. Mientras Rodríguez disfrutaba del festejo, un grupo de unos veinte hombres armados entró al Club Campestre y comenzó a volar tiros. Investigaciones posteriores llegaron a la conclusión que pertenecían a los grupos llamados Frente Armado de Liberación Popular Antisomocista (FALPA) y Frente Revolucionario Obrero Campesino (FROC), considerada una de las bandas armadas más fuertes y la cual era liderada por Víctor Manuel Gallegos, un ex Mayor del Ejército, mejor conocido como “Pedrito el Hondureño”.

Esa noche se escuchaban los gritos de terror de los invitados. Algunos se tiraron al suelo y hubo otros que salieron corriendo. Mientras tanto, los hombres armados, sin compasión alguna, siguieron el tiroteo.

Así recibieron a Luis Enrique Rodríguez, quien había llegado a Estelí precisamente con la misión de luchar en contra de las 17 bandas armadas que merodeaban la ciudad. Ésa fue la primera vez que “Pedrito El Hondureño” intentaría matarlo. Pero no la única.

Hubo una ocasión que quisieron meter cinco kilos de explosivos en su casa para hacerlo volar en pedazos a él y a toda su familia. Esa vez –relata Rodríguez– el Ejército capturó el paquete a tiempo. En el 2003, en una entrevista que ofreció a La Prensa Víctor Manuel Gallegos “Pedrito El Hondureño”, reconoció haber mandado a poner explosivos a la casa de Rodríguez.

El clima se tornaba cada vez más hostil. Víctor Manuel Gallegos –moreno, regordete y malencarado– no era un hombre que se daba por vencido. Así que sus intentos por hacer desaparecer a Rodríguez continuaron. Un día mientras Rodríguez se tomaba una sopa con unos amigos en un lugar llamado El Regadío, Gallegos planeó una emboscada, pero al final tampoco tuvo éxito.

El último intento de este hombre que gustaba vestir de botas, camisas mangas largas y sombrero, como esos del viejo Oeste, fue el 21 de julio de 1993 durante la toma de Estelí, exactamente a los cuatro meses de la bienvenida de Rodríguez.

Desde ese día –cuando Gallegos junto a sus hombres con rifle cargado rafagueó la casa de Rodríguez– estos dos hombres se convirtieron en enemigos a muerte. Y así como Gallegos lo había hecho en varias ocasiones, después de la toma de Estelí, Rodríguez también planeó con premeditación –en más de una ocasión– la muerte de su peor enemigo.

Nada ocurrió como lo planearon. Años más tarde estos dos enemigos se encontraron en la Fraternidad Hombres de Negocios y entre lágrimas y abrazos se perdonaron. Ahora dicen amarse en Cristo y aseguran que de aquellos intentos de asesinato sólo quedan los testimonios de dos hombres redimidos.

Fotos de Uriel Molina/Archivo
En 1993, mismo año de la toma de Estelí, pese a los delitos cometidos, Víctor Manuel Gallegos fue amnistiado.

***

Era miércoles. Corría el mes de julio de 1993. Era un tarde soleada cuando un grupo de 120 hombres armados y vestidos de camufle irrumpió a balazos en la ciudad de Estelí. Los pobladores se mostraban desconcertados, pero cuando escucharon las ráfagas de ametralladoras huyeron despavoridos para refugiarse en sus casas.

Un grupo de rebeldes cobijados bajo el nombre de Frente Revolucionario Obrero Campesino (FROC) y liderados por Víctor Manuel Gallegos, alias “Pedrito El Hondureño”, había entrado por el lado norte de Estelí. El FROC estaba formado por ex militares del Ejército Popular Sandinista (EPS) y por simpatizantes campesinos. Ellos, decían haberse alzado en armas para que el Gobierno de la época cumpliera con algunos acuerdos como la creación de fuentes de empleo, medicinas para retirados del ejército, entre otros. Aunque en realidad sus acciones eran las de cualquier otra banda de delincuentes.

Ese centenar de hombres, con fusiles en ristre, se tomaron la Policía de la ciudad. Asaltaron bancos, comercios, la Alcaldía, y muchos otros sitios. Cortaron las líneas telefónicas y dejaron incomunicados a los habitantes de Estelí con los del resto del país. Cuentan los diarios de la época que hubo pobladores que por temor decidieron abandonar la ciudad en horas de la noche de aquel miércoles 21 de julio. Los resultados de aquel episodio fueron aproximadamente veinte muertos y un centenar de heridos.

Aunque eran tiempos de paz, la situación era de esperarse. Desde inicios de 1993, grupos armados que habían sido partícipes de la guerra en la década de los ochenta merodeaban Estelí.

Ese 21 de julio, uno de los objetivos claros de esta banda era capturar, vivo o muerto, al jefe de la Policía, Luis Enrique Rodríguez. En esa acción, participaría el propio líder, Víctor Manuel Gallegos.

Tieso como una varilla, acostado sobre el techo de su casa, con un rifle en mano y haciendo un esfuerzo sobrehumano para ni siquiera respirar. Así se encontraba Luis Enrique Rodríguez la tarde del 21 de julio de 1993. Dentro de su casa y en los alrededores como leones en busca de su presa se encontraban Víctor Manuel Gallegos y sus hombres.

Minutos antes de que Rodríguez subiera al techo, un grupo de hombres había llegado a su casa con la intención de capturarlo. Él recién terminaba de almorzar cuando escuchó que su casa estaba siendo molida a tiros. De inmediato corrió a uno de los cuartos a buscar un arma. Su escolta y su chofer murieron a balazos.

Ante semejante tiroteo, Rodríguez decidió subirse al techo de su casa para esconderse de quienes lo buscaban. Ese día –reconoce– sintió que era el último de su vida. Estaba paralizado, el cuerpo le temblaba y abajo, en su casa, su esposa Aura Rosa, era rehén de los hombres del FROC. Sus hijos, milagrosamente, no estaban en casa. Y ocurrió una coincidencia que él prefiere llamar milagro.

Hacía unos años su hermano había muerto mientras intentaba salvar a unos niños de las garras de una fuerte corriente provocada por un huracán. Rodríguez no hacía más que renegar y blasfemar contra Dios, pero luego entendió “cómo trabaja Dios”.

El día de la toma de Estelí, la mamá de los niños que su hermano salvó, había llegado a la ciudad para realizarse unos exámenes. Al escuchar la balacera en la casa de Rodríguez, esta mujer corrió para ver qué había pasado. Al entrar, la esposa de Rodríguez estaba de rodillas, y uno de los hombres de “Pedrito” le apuntaba con un fusil. Cuando escucharon bulla, los hombres –dice– creyendo que era él, soltaron a su esposa y ella logró escapar. “Esa mujer salvó la vida de mi esposa”, asegura.
Pasaron varias horas y Rodríguez seguía en el techo de su casa, casi inmóvil.

Y fue en aquel momento de temor que Rodríguez escuchó una voz que le hablaba. “Las trompetas de Jericó”, le susurraron al oído. Rodríguez sacudió su cabeza creyendo que el miedo le hacía escuchar voces. Pero cada vez más fuerte se escuchaba: “Las trompetas de Jericó”. Entonces Rodríguez –un ateo consagrado– recordó el pasaje bíblico donde Josué se iba a tomar las tierras de Canaán y Dios le dice que rodee la ciudad siete veces, que haga sonar las trompetas, y que cuando el pueblo gritare a una sola voz los muros que rodeaban Jericó caerían.

“Señor, si sos vos el que me está hablando, salvá a mi familia y salvame a mí”, suplicó.
Momentos después escuchó la misma voz que le decía: “Pedí que llueva”. Siempre racionalista –como se consideraba– Rodríguez volvió a sacudir su cabeza y se repetía en silencio: “Calmate. Esto es simplemente un estado de shock”. Comenzó a hacer ejercicios respiratorios para calmarse, pero la voz volvió a hablarle. Resulta que justo en ese momento empezó a llover sobre Estelí. Llovió durante 45 minutos y para Rodríguez aquella lluvia fue un milagro divino. “Fue algo que no te puedo describir. Pero fue una sensación profunda de amor en medio de un momento tan horrible”, narra con la voz entrecortada.
Ese día, cuando el sol estaba a punto de ocultarse, en la casa del frente de Rodríguez había quienes le decían con señas que había hombres abajo. Rodríguez se tiró del segundo piso, le pasaron una boina, unas botas y una camisa de la Brigada de Desarme (BED). “Dios me salvó a mí y a mi familia”, dice en tono jubiloso.

Después de ese día, Rodríguez planificó el asesinato de Víctor Manuel Gallegos. “Yo tenía pensamientos de venganza. Quería desquitarme. Hasta mencionar el nombre me molestaba”, confiesa. En los dos o tres intentos de terminar con la vida de su enemigo, Rodríguez falló. Para muchos pueden ser simples errores de cálculo, para él fue un plan de Dios.

Fotos de Uriel Molina/Archivo
En la toma de Estelí el 21 de julio de 1993 hubo aproximadamente 20 muertos y un centenar de heridos.

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En 1998, Luis Enrique Rodríguez asistió a una de las reuniones de la Fraternidad Hombres de Negocios. Ese día, no supo parar de llorar, al escuchar el testimonio de un hombre arrepentido. Ese mismo año, Rodríguez comenzó a frecuentar la Fraternidad y pronto ese lugar se había convertido en el espacio donde este hombre en medio de lágrimas contaba sus historias cargadas de arrepentimiento.

De Víctor Manuel Gallegos sabía muy poco. Sabía que tenía un negocio de camaroneras del lado de Chinandega. “Yo quería invitarlo para un capítulo de la Fraternidad que inauguramos en Estelí para decirle: ‘Yo te perdono’. Pero no se dio”, recuerda. Su esposa –cuenta entre risas– le decía: “Perdonalo, pero aquí no lo traigás que le tiro las pailas”.

Pero en el 2000, un amigo de Rodríguez le comentó que Gallegos estaba llegando a la Fraternidad. Y sin planearlo, en uno de esos eventos que organiza Hombres de Negocios, se encontraron. Habían pasado seis años desde la toma de Estelí.

Ese día, Víctor Manuel Gallegos se acercó a Luis Enrique Rodríguez, a quien había intentado matar y lo abrazó con fuerza. Las lágrimas brotaron de sus ojos. “Perdóneme Comisionado, yo lo quise matar a usted y a su familia”, le dijo Gallegos. Rodríguez contestó aquel abrazo y con una voz cándida le dijo: “Yo te perdono en el nombre de Jesús”.

Desde ese día, para Rodríguez, “Pedrito El Hondureño” había desaparecido y le dio cabida al hombre llamado Víctor Manuel Gallegos. “Para mí dejó de ser un alias”, asegura.

Ahora se autoproclaman hermanos en Cristo. Víctor Manuel Gallegos prefiere no remover aquellos episodios. Sólo asegura que gracias a Dios ahora puede hacerse llamar amigo de Luis Enrique Rodríguez.

Rodríguez, por su parte, al hablar de Gallegos sus labios dibujan una sonrisa. “Mi casa es su casa. Él es mi hermano y mi decisión fue perdonarlo y amarlo”, confiesa.

Fotos de Uriel Molina/Archivo
Seis años después de la toma de Estelí, Luis Enrique Rodríguez y Víctor Manuel Gallegos se abrazaban como grandes amigos, cuando antes habían sido enemigos a muerte.

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